Dar permiso para que Dios intervenga y haga

Dios nos quiere santos. Si ésta es su voluntad, ¿por qué no lo somos? Es necesario e imprescindible permitir —porque no lo va a hacer sin nuestro consentimiento— que el Espíritu Santo intervenga y haga en nosotros; nos haga.

Para ello, les invito a leer esta líneas[1] magistrales, que superarán cuando les podamos decir y las cuales hay que tener muy presentes todos nuestros días -volver a ellas cuantas veces nos hagan falta releerlas, para no desviarnos de camino…-.

Si quiere verdaderamente ser liberado, tiene que aceptar sufrir una pequeña intervención…

La purificación pasiva es sencillamente Dios que “interviene”… en el sentido quirúrgico de la palabra. Cuando se ha comprendido eso, la práctica cristiana no plantea más que un solo problema: ¿Acepto que El intervenga, sí o no? Yo os prometo de su parte que no os pide nada más. Pero es preciso ser lúcido y sincero: es necesario saber que va a ocurrir algo (y aceptarlo). Y no basta con dar un consentimiento en general, con someterse en general a la voluntad de Dios: Dios es tímido con nosotros, como todas las personas que aman. Hay que darle autorización para eso, para esta operación. Me diréis: Puesto que estoy dispuesto a someterme, eso debería bastar; ¿por qué es necesario todavía que se decida uno mismo? Ved la santísima Virgen: ella había dado su libertad desde siempre; sin embargo, El sintió la necesidad de pedirle autorización para encarnarse: fue necesario que ella dijera sí a eso, que ella dijera fiat con esta idea precisa.

Esta intervención de Dios es un asunto baste importante. ¿Cómo nos pide El la autorización? Esos varía mucho a veces es violento y rápido, a veces lento e insidioso. Nosotros hemos recibido la fe para oír esta demanda. Es, a fin y al cabo, la única meta. Tener fe no es un fi, es el comienzo de las sorpresas, tanto en el sentido de la miseria como en el sentido del esplendor. Es mucho más hermosos de lo que se cree, pero de ninguna manera como selo imagina.

Si hay tantos cristianos que no avanzan (…) es porque no han comprendido que para franquear ciertos pasos hay que aceptar una intervención nueva de Dios y, si es preciso, hay que pedírsela. Podemos temer que Dios no encuentre suficiente generosidad en nosotros sobre ese punto: ¿cómo comprender, si no, que no seamos todos santos? Es necesario consentir, es necesario entregarse en las manos de Otro.

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[1] MOLINIE, M.-D., El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid, 1979, pp.127-8.

 

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