Pedir lo dado

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         “La oración es la omnipotencia del hombre y la debilidad de Dios” (S. Agustín).

          “Nada ni nadie es más fuerte que quien ora” (S. Juan Crisóstomo).

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           Se desató una descomunal tormenta y el río que circunvalaba la aldea empezó a desbordarse. El párroco, un sacerdote de mucha fe, al ver cómo el agua ya inundaba las primeras casas, entró a la iglesia y se puso a orar fervientemente. La lluvia no cejaba, pero él se mantuvo impertérrito, orando, con la firme esperanza de que Dios en el último momento lo salvaría de perecer ahogado. Pero no fue así.

            Cuando subió al cielo y se vio ante Dios le dijo resuelto:

           —Yo confiaba en ti, ¿por qué no me has ayudado, como a santa Teresa, cuando “allá por el mes de mayo, el Arlanzón se salió de su cauce con las lluvias, y hubo inundación general. Los conventos se iban despoblando, pero la Santa no quiso salir del suyo y se recogió en una habitación alta con sus monjas y el Santísimo, porque en las bajas entraba ya el agua. La inundación no se atrevió con la Madre y, después de llegar a la altura de la habitación, fue descendiendo. Fue comentario general —incluido el arzobispo—, que “por estar allí la Madre había Dios dejado de hundir aquel lugar”[1].

           —Bien, si ante Teresa yo detuve la crecida de las aguas al llegar a sus pies; o… si a Pedro le hice andar sobre ellas; y… si hasta a los israelitas les permití pasar a pie enjuto el mar Rojo; …a ti…  —se sonrió entonces el Señor, y le dijo—, a ti te di los pies para que echaras a correr. No seas, pues, injusto reprochándome el no haber hecho algo por ti. Si te pudiste salvar de las aguas, ¿por qué habría yo de suplantarte y hacer lo tu estabas en disposición de hacer? 

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         Dios puede hacerlo, puede hacer aún más, lo puede hacer todo. Pero si lo hace él, ¿qué nosotros?, y ¿qué realmente, pues, seríamos nosotros?  

         La intervención de Dios no viene a sustituir el esfuerzo de los hombres, no suplanta el compromiso humano.

         Pedimos a Dios que haga algo.  Y Dios nos responde que siempre podemos nosotros hacer algo; pues nos ha dado los medios para ello; nos ha posibilitado el hacerlo. Y eso ya es gracia, y su forma de hacer con nosotros.

         Si Dios nos ha dado la posibilidad de hacerlo nosotros, ¿a qué pedir que lo haga El?  Más bien tendríamos que darle gracias por todo ello.

         A Dios le gusta hacer las cosas conjuntamente con nosotros, en mutua colaboración y sintonia. Nuestra participación y esfuerzo son necesarios; aunque El, a la larga, lo haga “todo”.

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               Dios concede todo lo que le pidamos siempre que vaya en dirección a su voluntad de hacernos crecer como personas, es decir, que nos asemeje a El según la imagen en que hemos sido creados.

         Dios concede lo que se pide como bien:

         “Únicamente la oración sabe vencer a Dios. Pero Cristo no la concedió ningún poder para el mal; toda su virtud consiste en alcanzar el bien. Nuestro Señor no se ocupó en esta vida de otra cosa, a no ser en resucitar a los muertos, fortalecer a los débiles, sanar a los enfermos, arrojar a los demonios, abrir las puertas de las cárceles y romper las cadenas de los inocentes”[2].

 

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[1] A. RUIZ, Anécdotas teresianas, Ed. Monte Carmelo, Burgos 1982, p.118.

[2] TERTULIANO, en R. SIERRA BRAVO, Doctrina Social y Económica de los Padres de la Iglesia, Cía. Bibliográfica Española, S.A., Madrid, 1967, n.586.

 

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