Dar generosamente

Cathopic. Angie Menes

El evangelio de la liturgia de la misa de hoy, 6 de junio, nos habla de la disposición para dar de corazón, dar desprendidamente, con generosidad y hasta con sacrificio. Santa Teresa de Calcuta decía: «dar hasta que duela».

Y el evangelio de hoy Jesús nos muestra estos dos tipos de dar: el que dar hasta de lo necesario y el que da de lo que le sobra.

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 12, 38-44.

En aquel tiempo, Jesús, instruyendo al gentío, les decía:
«¡Cuidado con los escribas! Les encanta pasearse con amplio ropaje y que les hagan reverencias en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes; y devoran los bienes de las viudas y aparentan hacer largas oraciones. Esos recibirán una condenación más rigurosa».
Estando Jesús sentado enfrente del tesoro del templo, observaba a la gente que iba echando dinero: muchos ricos echaban mucho; se acercó una viuda pobre y echó dos monedillas, es decir, un cuadrante.
Llamando a sus discípulos, les dijo:
«En verdad os digo que esta viuda pobre ha echado en el arca de las ofrendas más que nadie. Porque los demás han echado de lo que les sobra, pero esta, que pasa necesidad, ha echado todo lo que tenía para vivir».

Dios no sólo ve lo que hacemos, sino que también sabe lo que mueve nuestras acciones. Nada escapa a su mirada. Dios sondea nuestros corazones. Nos conoce perfectamente: sabe lo que hay de verdad y nobleza en nuestras intenciones, en qué pensamos, queremos y hacemos.

En todo momento nos puede surgir la oportunidad de ser generosos; no la dejemos escapar, porque ese instante concreto pasará y no volverá; habrá sido tu oportunidad de escribir una línea hermoso en el diario de tu vida. Allá cuando se abra este ante el Juez supremo se podrá ver lo escrito.

Dios es un buen pagador, paga con largueza; Dios no se deja aventajar de nadie; su generosidad es infinita. Así le decía el Salvador a Beata Crescencia Hoss)[1]: «Yo no me dejo vencer en amor ni en generosidad.» «¡Que es muy buen pagador y paga muy sin tasa!» (Santa Teresa de Jesús)[2]. Y Dios «paga» sin medida, sin la lógica humana del «do ut des» («doy para que des»),que se usaba para referirse a la reciprocidad de cualquier trato o pacto; Dios da espléndidamente, sobreabundantemente. Es decir, el ciento por uno. «Aun en esta vida lo paga Su Majestad por unas vías que sólo quien goza de ello lo entiende» (Santa Teresa de Jesús)[3].

«Los antiguos hombres debían consagrarle los diezmos de sus bienes; pero nosotros, que ya hemos alcanzado la libertad, ponemos al servicio del Señor la totalidad de nuestros bienes, dándolos con libertad y alegría aun los de más valor, pues lo que esperamos vale más que todos ellos; echamos en el cepillo de Dios todo nuestro sustento, imitando así el desprendimiento de aquella viuda pobre del Evangelio» (San Irineo)[4] .

Los abuelos de Jesús, Ana y Joaquín, que disponían de ganado, dicen que cada año repartían los ingresos en tres partes: una para el templo, otra para los necesitados y otra para ellos. Y así también se dice que hacía san Isidro Labrador, que repartía su sueldo en tres partes: para la Iglesia, para los pobres y para el sustento de su familia.

 El dar generosamente, caritativamente, con absoluta gratuidad, es el distintivo del cristiano, como no podía ser de otra manera, pues cuanto somos es obra del amor por el que se nos ha dado la vida y la salvación. De modo que es cierta esta anécdota: «Alguien preguntó a un hindú quién era, para él, un cristiano. Y, a la luz de la experiencia con las hermanadas de la Madre Teresa de Calcuta, el hindú contestó: `El cristiano es alguien que se da´».

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PALABRAS DEL PAPA FRANCISCO

(Ángelus, 8 de noviembre de 2015)

 El episodio del Evangelio de este domingo se compone de dos partes: en una se describe cómo no deben ser los seguidores de Cristo; en la otra, se propone un ideal ejemplar de cristiano.

Comencemos por la primera: qué es lo que no debemos hacer. En la primera parte, Jesús señala tres defectos que se manifiestan en el estilo de vida de los escribas, maestros de la ley: soberbia, avidez e hipocresía. A ellos —dice Jesús— les encanta «que les hagan reverencia en las plazas, buscan los asientos de honor en las sinagogas y los primeros puestos en los banquetes» (Mc 12, 38-39). Pero, bajo apariencias tan solemnes, se esconden la falsedad y la injusticia. Mientras se pavonean en público, usan su autoridad para «devorar los bienes de las viudas» (v. 40), a las que se consideraba, junto con los huérfanos y los extranjeros, las personas más indefensas y desamparadas. Por último, los escribas «aparentan hacer largas oraciones» (v. 40). También hoy existe el riesgo de comportarse de esta forma. Por ejemplo, cuando se separa la oración de la justicia, porque no se puede rendir culto a Dios y causar daño a los pobres. O cuando se dice que se ama a Dios y, sin embargo, se antepone a Él la propia vanagloria, el propio provecho.

También la segunda parte del Evangelio de hoy va en esta línea. La escena se ambienta en el templo de Jerusalén, precisamente en el lugar donde la gente echaba las monedas como limosna. Hay muchos ricos que echan tantas monedas, y una pobre mujer, viuda, que da apenas dos pequeñas monedas. Jesús observa atentamente a esa mujer e indica a los discípulos el fuerte contraste de la escena. Los ricos han dado, con gran ostentación, lo que para ellos era superfluo, mientras que la viuda, con discreción y humildad, ha echado «todo lo que tenía para vivir» (v. 44); por ello —dice Jesús— ella ha dado más que todos. Debido a su extrema pobreza, hubiera podido ofrecer una sola moneda para el templo y quedarse con la otra. Pero ella no quiere ir a la mitad con Dios: se priva de todo. En su pobreza ha comprendido que, teniendo a Dios, lo tiene todo; se siente amada totalmente por Él y, a su vez, lo ama totalmente. ¡Qué bonito ejemplo esa viejecita!

Jesús, hoy, nos dice también a nosotros que el metro para juzgar no es la cantidad, sino la plenitud. Hay una diferencia entre cantidad y plenitud. Tú puedes tener tanto dinero, pero ser una persona vacía. No hay plenitud en tu corazón. Pensad esta semana en la diferencia que hay entre cantidad y plenitud. No es cosa de billetera, sino de corazón. Hay diferencia entre billetera y corazón… Hay enfermedades cardíacas que hacen que el corazón se baje hasta la billetera… ¡Y esto no va bien! Amar a Dios «con todo el corazón» significa confiar en Él, en su providencia, y servirlo en los hermanos más pobres, sin esperar nada a cambio.

Permitidme que cuente una anécdota, que sucedió en mi diócesis anterior. Estaban en la mesa una mamá con sus tres hijos; el papá estaba en el trabajo; estaban comiendo filetes empanados… En ese momento, llaman a la puerta y uno de los hijos —pequeños, 5, 6 años, y 7 años el más grande— viene y dice: «Mamá, hay un mendigo que pide comida». Y la mamá, una buena cristiana, les pregunta: «¿qué hacemos?». —«Démosle mamá…». —«De acuerdo». Toma el tenedor y el cuchillo y les quita la mitad de cada filete. «¡Ah, no, mamá no! ¡Así no! Dáselo del frigo». —«¡No, preparamos tres bocadillos con esto!». Y los hijos aprendieron que la verdadera caridad se hace no con lo que nos sobra, sino con lo que nos es necesario. Estoy seguro que esa tarde tuvieron un poco de hambre… Pero, así se hace.

Ante las necesidades del prójimo, estamos llamados a privarnos —como esos niños, de la mitad del filete— de algo indispensable, no sólo de lo superfluo; estamos llamados a dar el tiempo necesario, no sólo el que nos sobra; estamos llamados a dar enseguida sin reservas algún talento nuestro, no después de haberlo utilizado para nuestros objetivos personales o de grupo.

Pidamos al Señor que nos admita en la escuela de esta pobre viuda, que Jesús, con el desconcierto de los discípulos, hace subir a la cátedra y presenta como maestra de Evangelio vivo. Por intercesión de María, la mujer pobre que ha dado toda su vida a Dios por nosotros, pidamos el don de un corazón pobre, pero rico de una generosidad alegre y gratuita.

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Catena Aurea

 

Pseudo-Jerónimo

Refutados los escribas y fariseos, quema como con fuego estos áridos modelos: «Y decíales en sus instrucciones: Guardaos de los escribas que hacen gala de pasearse con vestidos rozagantes».
 

Beda, in Marcum 3,42

Con estas palabras los acusa de presentarse en público con ricos vestidos, pecado del que vemos reprochado entre otros a aquel rico que tenía cada día espléndidos banquetes ( Lc 16).
 

Teofilacto

Se paseaban con magníficos vestidos pretendiendo recibir honor por ello, y del mismo modo apetecían otras cosas que llevan a la vanagloria. «Y quieren ser saludados, dice, en la plaza, y ocupar las primeras sillas en las sinagogas y los primeros asientos en los convites».
 

Beda, in Marcum 3,42

Es de notar que no prohíbe que sean saludados en la plaza, ni que ocupen los primeros asientos aquéllos a quienes corresponde por su oficio, sino que previene a los fieles que deben guardarse, como de hombres malos, de los que aman desordenadamente estos honores, séanles o no debidos, condenando, no los honores, sino el que se busquen. Y no carecen de culpa los que desean ser llamados maestros de la sinagoga en la cátedra de Moisés y se mezclan en los pleitos judiciales. Con doble razón, pues, nos manda precavernos contra los que ambicionan la vanagloria, para que no nos seduzca su ejemplo, juzgando bueno lo que hacen, y para que no nos lleve la emulación al deseo de gozar los falsos bienes que ellos ostentan.
 

Teofilacto

Estas palabras son también una enseñanza especial para los Apóstoles, a fin de que no anden en tratos con los escribas, sino que procuren hacer lo que El mismo hace. De este modo los declara maestros de los demás, puesto que los ha hecho maestros de lo que se debe hacer en la vida.
 

Beda, in Marcum 3,42

Pero no sólo buscan la alabanza de los hombres, sino también sus riquezas. Por esto dice: «Que devoran las casas de las viudas con el pretexto de que hacen por ellas largas oraciones». Así, pues, fingiendo ser justos y ofreciendose como sus abogados en el juicio futuro, tales hombres no dudan en recibir el dinero de los que sienten turbada su conciencia por sus pecados. Y como el pobre que suele obtener mayor limosna implorando, más se desvelan y pernoctan rezando, para apoderarse de la limosna destinada al necesitado.
 

Teofilacto

Iban los escribas a estas mujeres, que no tenían maridos que las protegieran, y declarándose sus protectores, las engañaban hipócritamente con el pretexto de la oración y con demostraciones de respeto. De igual modo se conducían en casa de los ricos. «Estos serán castigados con más rigor», es decir, con más rigor que los demás judíos.

Beda, in Marcum 3,42

El Señor, que nos había aconsejado que nos guardásemos del deseo de la primacía y de la vanagloria, somete a cierto examen también a los que llevan ofrendas a la casa de Dios. «Estando Jesús, dice, sentado junto al arca de las ofrendas, estaba mirando cómo la gente echaba dinero en ella». El arca de las ofrendas se dice en griego gazophylacio, palabra compuesta de phylaxae ( fulax ), que significa guardar, y de gaza, que en lengua persa significa riquezas. Por ello que suele llamarse gazo-phylacium el lugar en que se guardan las riquezas, aplicándose este nombre igualmente al arca, en la que se echaba lo destinado para el servicio del templo, y al pórtico, en que ésta estaba ubicada. Un ejemplo de estos pórticos nos ofrece el Evangelio: «Estas palabras dijo Jesús en el gazofylacio, enseñando en el templo» ( Jn 8,20). Y en el libro de los Reyes dice: «Y el Pontífice Joiada llevó un gazofylacio » ( 2Re 12,9).
 

Teofilacto

Era, pues, laudable costumbre entre los judíos que los que tenían y querían hacer alguna ofrenda la depositasen en el gazophylacio, y esto servía para el sustento de los sacerdotes, de los pobres y las viudas. «Y muchos ricos echaban grandes cantidades». Mientras que muchos hacían esto, llegó una viuda. Esta manifestó su piedad con una ofrenda proporcionada a sus fuerzas. «Vino también, prosigue, una viuda pobre, la cual metió dos pequeñas piezas del valor de un cuadrante».
 

Beda, in Marcum 3,42

En el cálculo se llama le cuadrante a la cuarta parte de una cosa, sea un espacio, tiempo o moneda. Aquí tal vez se expresa con esa palabra la cuarta parte de un siclo, es decir, cinco óbolos. «Entonces convocando a sus discípulos, les dijo: En verdad os digo que esta pobre viuda ha echado más en el arca que todos los otros». Porque Dios no valora la ofrenda en sí, sino la intención del que la hace. Tampoco considera tanto la cantidad que se da, sino la parte que de todo lo poseído se separa. Por eso sigue: «Por cuanto los demás han echado algo de lo que les sobraba; pero ésta», etc.
 

Pseudo-Jerónimo

En sentido místico, los ricos son aquéllos que sacan del tesoro de su corazón lo nuevo y lo viejo, es decir, los secretos y recónditos misterios de la divina sabiduría de uno y otro Testamento. Y ¿quién es esa pobrecita sino yo mismo y mis semejantes, que damos lo que podemos, y deseamos explicaros lo que no podemos? Porque Dios no considera qué es lo que habéis entendido, sino vuestro ánimo de entenderlo. Todos podemos ofrecer un cuadrante, que es la buena voluntad, la cual se llama cuadrante porque existe con otras tres cosas, a saber: pensamiento, palabra y obra. Cuando dice: «Pero ésta ha dado todo lo que tenía», expresa que todos los placeres del cuerpo consisten en el alimento. Por esto se dice: «Todo el trabajo del hombre está en su boca» ( Ecle 6,7).
 

Teofilacto

O de otro modo: esta viuda es el espíritu del hombre que abandona a Satanás, a quien estaba unido, y que echa en el tesoro del templo dos monedas, la de la carne y la del espíritu; la primera por la abstinencia y la última por la humildad. De este modo podrá oír que ha dado todo lo que tenía y que hizo un sacrificio, no dejando nada de lo suyo al mundo.
 

Beda, in Marcum, 3,42

Alegóricamente, los ricos que echaban sus ofrendas en el arca representan a los judíos orgullosos de la justicia de la ley; la viuda pobre representa la sencillez de la Iglesia, siendo pobre porque se ha despojado del espíritu de la soberbia o de las concupiscencias de lo temporal, y viuda porque aquél a quien estaba unido ha sufrido la muerte por ella. Y pone dos moneditas en el arca, porque lleva las ofrendas del amor a Dios y al prójimo, o de la fe y la oración. Estas monedas valen poco, pero tienen el mérito de la piadosa intención, por lo cual son aceptadas y más estimadas que todo lo ofrecido por los soberbios judíos. Estos hacen ofrendas al Señor de lo que les sobra, en tanto que la Iglesia le da todo lo que tiene, porque entiende que todo lo que es vida en ella no es mérito suyo, sino don de Dios.

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[1] «Vida», 1. 2, c. 7. En ARINTERO, J. G.,  «Cuestiones místicas», BAC, Madrid, 1956, p.201.

[2] «Camino de perfección«, 37, 3.

[3] Vida, 4, 2

[4] Trat. contra las herejías, 4, 18.

 

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