Hoy, 22 de enero, el Evangelio (Mc 3,7-12) nos muestra tres cosas frecuentes en los Evangelios: 1. que a Jesús le seguía, le busca, le perseguía una multitud de gente; 2. la habitual realidad de la presencia de los demonios, los espíritus inmundos, Satanás; 3. que los demonios, en los poseídos, confiesan, dicen verdad, acerca de la presencia ante la que están: Jesús como Dios.
Es evidente que la divinidad de Jesús les resulta insoportable a los seres demoniacos. Lo que no ocurre entre la gente, en general, que le tenían por un profeta, o poco más, con capacidad para hacer milagros, si sucede con los demonios en los poseídos, que, ante la evidente de la autoridad divina ante la que están, no pueden resistir callados y claman a voz en grito: «Tú eres el Hijo de Dios.»
Como ya vimos hace unos días (Mc 1,21-28), en la sinagoga de Cafarnaúm, en la que aquel sábado estaba Jesús predicando con una autoridad nueva que ningún otro rabino poseía, se hallaba también un hombre poseído por el diablo. Ante la excepcional (divina) autoridad de Jesús el espíritu diabólico que habitaba oculto en aquella persona irrefrenablemente –como ocurrirá en otros casos– estalló en gritos, confesando –a pesar suyo– la santidad divina de Jesús: «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios.». Jesús, expeditivo, le manda que abandone a aquella persona: Jesús lo increpó: «Cállate y sal de él.» Y el espíritu inmundo de inmediato salido del poseído; causando la admiración de todos los presentes: no solo enseñaba como nadie sino que además expulsa a los demonios, liberando a las personas.
Esta es una verdad contrastada: Aunque sea el “padre de la mentira”, el diablo puede ser obligado en el exorcismo a decir la verdad, incluso en materia de fe. El Señor Jesús ha transmitido esa capacidad de exorcizar, de expulsar espíritus inmundos, a sus sacerdotes nombrados con autoridad para ello por su Iglesia. (Dicho de paso, es un dato contrastado, los exorcistas de la Iglesia Católica son los que mayor autoridad y capacidad de expulsar demonios tienen. Al igual que el nombre de María es al que más temen).
Lectura del santo evangelio según san Marcos (3,7-12):
En aquel tiempo, Jesús se retiró con sus discípulos a la orilla del lago, y lo siguió una muchedumbre de Galilea. Al enterarse de las cosas que hacía, acudía mucha gente de Judea, de Jerusalén y de Idumea, de la Transjordania, de las cercanías de Tiro y Sidón. Encargó a sus discípulos que le tuviesen preparada una lancha, no lo fuera a estrujar el gentío. Como había curado a muchos, todos los que sufrían de algo se le echaban encima para tocarlo.
Cuando lo veían, hasta los espíritus inmundos se postraban ante él, gritando: «Tú eres el Hijo de Dios.»
Pero él les prohibía severamente que lo diesen a conocer.
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Palabras del papa Francisco
(Homilía de Santa Marta, 19 enero 2017)
El Padre atraía a esta multitud, era el Padre quien atraía a la gente hacia Jesús, hasta el punto de que Jesús no permaneció indiferente, como un maestro estático que decía sus palabras y luego se lavaba las manos. Esta multitud tocó el corazón de Jesús. (…) El Padre, a través del Espíritu Santo, atrae a las personas hacia Jesús. Esta es la verdad, esta es la realidad que cada uno de nosotros siente cuando se acerca a Jesús. Los espíritus impuros tratan de impedirlo, nos hacen la guerra. Una vida cristiana sin tentaciones no es cristiana: es ideológica, es gnóstica, pero no es cristiana. Cuando el Padre atrae a la gente hacia Jesús, hay otro que rema contra ustedes y hace la guerra dentro de ustedes. (…) Pensemos en cómo es nuestro corazón: ¿siento esta lucha en mi corazón entre el consuelo o el servicio a los demás, entre divertirnos un poco u orar y adorar al Padre? ¿Siento la lucha entre el deseo de hacer el bien o algo que me detiene? ¿Creo que mi vida mueve el corazón de Jesús? Si no creo esto, tengo que orar mucho para creerlo, para que me sea dada esta gracia. (…) Pidamos al Señor que seamos cristianos que sepan discernir lo que sucede en el corazón y elegir bien el camino por el que el Padre nos lleva a Jesús.
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Catena Aurea
Teofilacto
Se retira además para hacer bien a muchos, abandonando a los ingratos. Muchos sin embargo, lo siguieron, y El los curó. «Y le fue siguiendo mucha gente de Galilea», etc. Los de Tiro y de Sidón, como extranjeros, reciben beneficios de Cristo, en tanto que sus más allegados, a saber, los judíos lo perseguían. Así es que no hay parentesco útil si no hay bondad en los parientes.
Beda
Ellos lo perseguían en vista de sus virtuosas obras y de la bondad de su doctrina, pero los extranjeros atraídos sólo por la fama de sus milagros venían en gran número a oírlo y alcanzar de El la salud. «Y así dijo a sus discípulos que le tuviesen dispuesta una barca», etc.
Teofilacto
Ved, pues, oculta su gloria, porque para que no le ofenda la turba pide una barca en la que subiendo permanecerá ileso. «Todos los que tenían males», etc.
Beda
Unos y otros se arrojaban a los pies del Señor, los que tenían mal de enfermedades corporales, y los que estaban atormentados por los espíritus inmundos; los primeros con la intención de obtener la salud; los últimos, es decir, los poseídos, o mejor, los demonios que en ellos estaban, obligados por el temor a su divinidad no sólo a arrojarse a sus pies, sino también a confesar su majestad. «Y gritaban diciendo: Tú eres el Hijo de Dios». ¡Qué asombrosa es por tanto la ceguedad de los arrianos que después de la gloria de la resurrección niegan al Hijo de Dios, a quien los demonios mismos confiesan Hijo de Dios aun viéndole en carne mortal!
«Mas El los apercibía con graves amenazas para que no le descubriesen». Dios dijo al pecador ( Sal 49,16), «¿Por qué refieres mis justicias?» Se prohíbe al pecador que anuncie al Señor, para que no se sigan oyendo sus errores. Perverso maestro es el diablo, que mezcla muchas veces lo falso con lo verdadero para encubrir con apariencia de verdad el testimonio del engaño. Se prohíbe también anunciar al Señor no sólo a los demonios, sino a los curados por Cristo y los apóstoles, a fin de que no se retardase su pasión por la publicidad de su majestad divina.
El Señor, que sale de la sinagoga para retirarse a la ribera del mar, alegóricamente figura la salvación del mundo, por la que se dignó venir para inspirarle la fe, abandonando la Judea por su insidia. Y son comparadas con mucha propiedad a un mar inestable las naciones lanzadas en las multiplicadas revueltas de los errores. Una gran muchedumbre venida de diversas provincias lo seguía, porque recibió benignamente a muchas naciones que venían a El por la predicación de los apóstoles. Esta barca, que sirve al Señor en el mar, es la Iglesia formada de la congregación de las gentes. Entra en la barca para que no lo sofoque la turba porque, alejándose de la muchedumbre agitada, se complace en ir a los que menosprecian la gloria del siglo y a estar junto a ellos. Hay diferencia, pues, entre estrechar y sofocar al Señor y tocarlo: lo sofocan los que con sus hechos o con sus pensamientos carnales turban la paz en que reside la verdad; lo tocan los que lo reciben en el corazón por la fe y el amor siendo estos últimos de quienes puede asegurarse la salvación.
Teofilacto
Los herodianos, esto es, los hombres carnales son los que quieren matar a Cristo (Herodes se interpreta cosa de piel). Los que salen de su patria, es decir, de sus hábitos carnales son los que siguen a Cristo y son curados sus males que son los pecados que vulneran la conciencia. Porque Jesús en nosotros es la razón que ordena que nuestra barca, o el cuerpo, se ponga a su servicio para que el torbellino de los hechos no sofoque a la razón.

