«El cristianismo constituye la raíz de los principales valores que sustentan nuestra civilización, incluidos los de quienes, tal vez por ignorancia, lo combaten. (…) Podría decirse que el olvido de la religiosidad es una de las causas fundamentales de la degradación de la cultura contemporánea, y que el cristianismo constituye un poderoso instrumento para mejorar el mundo. Impedir la difusión social de los principios cristianos es privarnos no solo de una esperanza de salvación, sino también de todo un arsenal de principios que nos permiten ganar en excelencia y en dignidad», escribía Ignacio Sánchez Cámara.
El examen de la realidad de la sociedad occidental no deja lugar a dudas de su decadencia:
El orden natural creado por Dios está siendo demolido.
La conducta ya no se rige por la conciencia. Las fronteras entre el bien y el mal ya se han difuminado. Se carecen de los códigos morales y responsabilidad moral.
El principio motor del hombre de hoy día cada vez está más claro que es el bien material propio. Es la razón fundamental que anima todo principio de conducta.
Todo se reduce ya a “interés”, a la lucha por los bienes materiales propios, sin límite ni subordinación a criterios morales. No hay freno, dominio ni autocontrol de deseos y necesidades.
La lógica economicista informa -da forma- hoy más que nunca a la sociedad. Mercantilización: “Te doy para que me des”. Todo se compra y vende; intercambia afecto, placer.
Se crece del “sentido, la finalidad”, de la existencia. El vacío espiritual existente empieza a ser aterrador.
Aumento de consumo de drogas, alcoholismo, ludopatías…, de la corrupción, el vandalismo, la delincuencia, la violencia(hogares, hijos-padres, colegio, etc.).
Las consultas de psiquiatría y medicación registran ya un alarmante incremento de pacientes juveniles e incluso infantiles.
Aumento extraordinario de la depresión psicológica y de los suicidios.
La familia está desapareciendo, por desestructuración, por sustitución de sucedáneos…
Exacerbación de la sexualización, y a edades cada vez más jóvenes.
Confusión sexual, imposición de la ideología de género y promoción de la homosexualidad.
Frivolización de la intimidad, la falta de decencia, la infidelidad,.
La cultura del descarte se impone cada vez más. A los «inútiles» e inmigrantes se les excluye del banquete del Occidente acomodado.
Avanza la eutanasia y se universalización del aborto.
Hay un retroceder en valores como la solidaridad, la compasión, la generosidad, etc. Según información que poseemos de otras ONGs, se advierte de que han disminuido los voluntarios y la recaudación. Se ha llegado a una situación de “agotamiento del donante”.
Aumento de la irreligiosidad, especialmente en jóvenes.
Y nadie parece dar la voz de alarma, de preguntarse no vamos por buen camino o algo estamos haciendo mal. A nadie se le pide cuentas, ni se responsabiliza.
No nos cabe la menor duda que Occidente está en crisis porque ha perdido sus raíces cristianas. Que estamos frente a una de las crisis más graves por las que ha pasado la humanidad es una evidencia que no necesita demostración. La deshumanización del hombre no sólo ha continuado, sino que se acentúa trágicamente día a día.
Decía, en 2008, José Luis Sampedro, catedrático de Economía y pensador: “Occidente está en decadencia y lo que estamos viviendo es una época de barbarie, de transición hacia otra cosa. A mí me parece que esta sociedad está en decadencia y en declive. (…) No se puede continuar así”. Por eso, cree que este tipo de sociedad se acabará desmoronando”.
«Ha llegado el fin de todo lo humano, cuando no queda otra cosa que la fe en los interese materiales» (Quintiliano).
Cuando las civilizaciones se entregan a una falsa religación, es decir, a las fuerzas de muerte, perecen; perecen porque el mal es autodestructivo en sí; es decir, Satanás produce tierra quemada, como resultado de su esencial maligna.