«La fe es garantía de lo que se espera; la prueba de las realidades que no se ven.» (Hb 11,1)
«Por la fe, sabemos que el universo fue formado por la palabra de Dios, de manera que lo que se ve resultase de lo que no aparece.» (Hb 11,3)
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En una reunión coincidieron un astronauta y un reconocido neurocirujano, y se entabló una discusión sobre la existencia de Dios.
En un momento dado, el astronauta dijo:
—Tengo una convicción, y es que no creo en Dios. He ido al espacio varias veces y nunca he visto huella de la existencia de Dios.
El neurocirujano se sorprendió, pero disimuló y calló por un instante. Luego de pensar, comentó:
—Bueno, pues yo también he “viajado” por el universo del cerebro humano… He operado muchas cabezas… Y nunca he visto un pensamiento.
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Hay gente que tiene el entendimiento «construido» de tal forma que sólo admite lo demostrable, palpable, objetivable, experimentable…; de modo que le resulta imposible concebir algo más allá de esa mentalidad cercada centíficamente.
“Algunas personas están impedidas para volverse a Dios a causa de sus “ilustrados” logros científicos y filosóficos. Su orgullo les bloquea para ver la Verdad”, decía Monseñor Bolobanic.
La vida y la historia poseen una dimensión invisible a los ojos de la carne, un misterioso «más allá interior». Lo mismo que la mirada del artista cuando contempla un cuadro penetra más profundamente que la del hombre de la calle; o el enamorado, cuando mira la flor seca pegada en un extremo de la carta de la amada, va mucho más allá de esos pétalos arrugados sobre un papel; así el cristiano, frente al hombre, frente al mundo y frente a la historia, ve «más allá» que los demás hombres. Es un vidente. El autor de la carta a Tito le llama el hombre del «superconocimiento» (Tit 1, 1).
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El profesor Mereski recordó que “la gran tentación del racionalismo moderno, a partir de la Ilustración, fue dar a la vida cotidiana el fundamento para prescindir de la religión”. Pero fracasó porque lo más razonable es el hecho religioso.
La razón científica o cientifismo no es competente en todo, ha de reconocer que tiene límites, cómo mínimo los que le impone la materia. Tan sólo y de por sí, conocer algo por sus medias, por su apariencia, es pobre; al espíritu humano le parece insuficiente, no le satisface de todo, quiere más, ir más allá, entra en el misterio, en la vida, en la intimidad, etc.
“La última etapa de la razón es reconocer el misterio; es aceptar, de un modo razonable, que hay muchas cosas que superan a la propia razón” (Blas Pascal).
Creer es más, mucho más que conocer; creer es tanto como amar, y amar es confiarse más allá de lo que se conoce. Creer en alguien pase por amarle. Por eso nuestra fe en Cristo pasa por el amor (caritas: amor de entrega gratuita y confiada).