Es tristísimo que sucedan y una desgracia de la Iglesia Católica. Podrán haber disensiones, discrepancias, contrastes de pareceres, opiniones diversas, etc., (que como dijera Chesterton: «en la iglesia uno se ha de quitar el sombrero, no la cabeza»), pero nada justifica la ruptura. Los que provocan la separación se hacen reos de responsabilidad ante el tribunal del Cielo. Una cosa es “doctrinalmente incuestionable” que Cristo, fundador de la Iglesia, su Cuerpo, dio a modo de dogma de fe: “que todos sean uno, como tú, Padre, en mí, y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado.” (Jn 17,21); de modo que cualquier otra o supuesta verdad que contravenga esta, sea anatema; es decir, que toda doctrina que contradiga este dogma divino, queda relativizado y decae ante este de salvaguardar la unidad. Unidad, además, que compromete la fe a evangelizar: «para que el mundo crea que tú me has enviado.”
Por cierto, dada la condición humana, las circunstancias y la mundanidad o pertenencia a un mundo secularizado, habrá “buenas razones” que justifiquen los diferentes puntos de vista sobre la Doctrina y el Magisterio. Siempre sucederá esto –ya en los primeros pasos originales de la Iglesia, surgieron tensiones…-, pero sin que se sucediera la división y ruptura definitivas; ejemplo de esto es el caso de la discrepancia entre Pablo y Pedro, aunque no era una cuestión doctrinal sino pastoral.
Lo repetimos la unidad es un absoluto, y ante cualquier choque esta prevalece; de modo que aquellos que pretendiendo tener la razón la provocan, pecan de soberbia, anteponiendo su verdad (suya, subjetiva) a la verdad que vincula todas las verdades doctrinales; ejemplo hermoso de humildad y de amor a la Iglesia es el de Santa Teresa de Jesús: que por obediencia y fidelidad era capaz de renunciar a cualquier visión verdadera si la Iglesia se lo pedía; este estar dispuesto a cualquier verdad particular por la verdad que sostiene la Iglesia, la hacía sentirse en su pertenencia, en ser miembros del Cuerpo de Cristo; así, en el momento final de su muerte exclamó dichosa: “Al fin, muero hija de la Iglesia.” Esto es amar a la Iglesia, y a Dios mismo.
De modo que cualquiera que provoque el quebranto de la unidad de la Iglesia, se eche a temblar, porque está haciendo –aunque no sea consciente de ello- el juego al Diablo, que significa separador, divisor…
Estamos convencidos que, cada vez más, Satanás denodadamente pretende por cualquier medio y oportunidad para destruir a la Iglesia del Señor Jesucristo.
No nos cabe duda alguna que todo movimiento que se aleja y desgaja del tronco de la Iglesia es obra del Anticristo. Todos los movimientos -políticos, ideológicos, pseudorreligiosos…, tanto fuera como dentro de la Iglesia- que desde que Jesucristo fundó la Iglesia la han atacado y perseguido, llevan el marchamo diabólico del Príncipe de la tinieblas.
En este momento histórico también se están dando persecuciones violentas y de todo tipo, y también está siendo atacado el Cuerpo de Cristo en su unidad: los más explícitos, concretos o inmediatos son el Camino Sinodal Alemán y la Fraternidad Sacerdotal San Pio X (FSSPX).
Sobre esta última, FSSPX o lefebvrianos, dada la inmediatez de su grave desenlace pueden informarse en prufundidad:
Fraternidad de San Pío X: una profesión de fe íntegra e incoherente
«Debemos responder a los lefebvrianos»: el aviso que ha sacudido el consistorio de León XIV
LA FRATERNIDAD SACERDOTAL SAN PÍO X. Historia de una dolorosa ruptura. P. Javier Olivera Ravasi
Sólo el Papa puede frenar el Cisma | P. Santiago Martín, FM
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