La inteligencia espiritual

La inteligencia espiritual

Lo más importante del hombre es la inteligencia del corazón, decía Fëdor M. Dostoyevski. Y comentaba: existe la inteligencia principal y la inteligencia secundaria. La inteligencia secundaria es la riqueza de las ideas con el arte de manipularlas; sobre ese terreno, los ordenadores son mejores que el hombre. Pero la verdadera inteligencia, la inteligencia principal, es el “candor de una mirada que penetra en el fondo de las cosas”.

Se habla de la inteligencia artificial, emocional, lógica, musical, verbal, etc., pero no se habla de la inteligencia espiritual, que sería la capacidad de captar y aprehender las esencias o realidades que trascienden lo meramente sensible y material, y que conectar con la Trascendencia, con la que interactúa, traduciéndose y manifestándose en la realidad presente a la que tiñe de una tonalidad propia y singular.

Simone Weil afirmaba: “Por medio de la inteligencia sabemos que lo que la inteligencia no capta es más real que lo que capta. Y Saint-Exupéry, en el Principito: “No se ve bien más que con el corazón; lo esencial es invisible a los ojos”.

Esa inteligencia es aprehensión, intuición, vibración, penetración, captación, de los afectos, los estados de ánimo, la nobleza del alma que tiene enfrente, con sus intereses y deseos más íntimos y elevados.

Esta inteligencia, dada por el Creador a toda criatura humana, predispone o inclina a la escucha de la conciencia y a la apertura del corazón confiadamente a Aquel existente de quien tiene su origen, es decir, fe. Es la inteligencia que nos hace “religados”, que diría el filosofo Zubiri, a Dios. Es decir, que nos hace seres religiosos.

Esta inteligencia requiere de una pureza nativa, que ya ha sido empañada por el pecado original, por la contaminación pecaminosa de las circunstancias de cada cual y por los propios pecados y vicios adquiridos. Lo cual endurece el corazón, esclerotiza la mirada espiritual (es decir, su inteligencia, haciendo “imposible” percibir, “ver”, las verdades eternas.

      “Le has cegado sus ojos

      y has endurecido su corazón

      para que no vean con los ojos

      ni entiendan con el corazón,

      y se conviertan y yo los sane”.

      Dijo esto Isaías, porque vio su gloria y habló de Él. (Jn 12,40-41)

 

Según Orígenes, “puesto que nuestra vida es una noche, tenemos necesidad de una lámpara, que no es sino la inteligencia, el ojo del alma”.

Esta inteligencia de origen divino, que tiene el sabor de lo celeste, al plasmarse en la realidad en que se desenvuelve, se deja percibir con un sabor y luz especial, aporta una tonalidad que se trasmite…

Todo cristiano coherente con su fe debe reflejar en él con toda sencillez un no sé qué de divino, de misterio, que lleva el escalofrío de Dios en torno suyo, siendo testigo para quienes le rodean de que Dios no ha muerto, sino que habita en medio de nosotros con la plenitud de la divinidad.

“Bienaventurados aquellos en cuyas manos brillan las antorchas de las buenas obras –escribe San Pedro Crisólogo-. Porque se lee: ‘Brille vuestra luz delante de los hombres, de suerte que viendo vuestras buenas obras, den gloria a vuestro Padre que está en los cielos’ (Mt 5, 16) La lámpara no sólo ilumina al que la lleva en sus manos, sino a muchos, y la buena obra, al tiempo que ilumina al que la hace, ilumina a muchos con el ejemplo. La lámpara aleja las oscuridades de la noche, la obra buena ahuyenta las tinieblas de la maldad.

Esta inteligencia es la que participa de la Sabiduría divina, derramada por el Espíritu Santo en nuestras almas. Es la inteligencia del amor, como decía Sto. Tomás de Aquino: “El amor que ilumina el corazón”, “amor es más unitivo que el conocimiento”. Iluminado por tal conocimiento amoroso de la realidad divina, el cristiano adquiere una sensibilidad nueva que le descubre el misterio de las cosas, vistas en su verdadera esencia.

Es la sabiduría, que le hace intimar con Dios, que entiende y comprende Su voluntad, Sus designios y libera de los engaños del Maligno. Es la inteligencia que salva. Aquel que se salva, sabe, y el que no se salva, no sabe nada.

Luis M. Mata