Un ser humano inconsistente  e inauténtico

La inconsistencia es lo que caracteriza al ser humano de hoy. Nada es estable en él, nada es para siempre (en su existencia), carece de verdad, de palabra, de compromiso, de finalidad…

No le pidas fidelidad, constancia, responsabilidad, sinceridad, integridad, moralidad, principios, etc., porque todo es fugaz, y en definitiva sin consistencia.

A esto hemos llegado. No hay tradición ni pasado, el presente es volátil, todo es relativo, no hay verdad ni mentira, ni bueno ni malo, la tecnología es lo que permanece en su constante cambio, siempre presente, siempre en progreso, en movimiento hacia nueva cosas… Es como el rio de Heráclito, siempre moviéndonos en el agua siempre distinta, “todo fluye, somos y no somos”.

Carecemos de consistencia, por inconsistencia. ¿Existimos, pues? El ser humano se está desfigurando; es un holograma de sí mismo, de fenomenología aparente pero sin substancia real, sin permanencia, sin trascendencia.

Esto habla del cinismo del ser humano actual o la aceptación de una forma de ser inauténtica y banal  

Lo cual se ve palmariamente reflejado -y sirva como ejemplo- en la «res pública» o política:

Antes, en la política se puede ver, la contradicción era penalizada; no podías decir una cosa y pasado un tiempo decir la contraría, porque la sociedad y los votantes te penalizaban, y el grupo político no admitía que ese cambio fuera tal sino que lo aprobara el colectivo; hoy día el grupo apenas si es tenido en cuenta, el líder político impone su criterio sin ser debatido, y por una cuestión de disciplina se secunda la nueva postura del líder, aunque sea incómodamente. Esto se produce de una día para otro. ¿Y esto por qué? Porque en la vida política ha sufrido un contario de los usos sociales y mediáticos. Y se da que la sociedad ya no tiene memoria de un día para otro y no sostiene en cuenta la posible contradicción, y no se penaliza; así el político puede cambiar de criterio día para otro, sin sufrir ningún castigo por los votantes. En esta especie de cinismo o implícito consentimiento de la mentira se convive como si nada.   

En fin, todo es tan superficial, volátil, pasajero, transitorio, inestable…, nada sin consistencia, sin naturaleza, sin convicciones, sin verdad, sin valores ni preceptos, sin peso, sin solidez…; todo es reemplazable y confuso, tendente a la dispersión, al desorden, a lo caótico…, con vocación a no ser, al menos de manera auténtica; sin verdad ni fidelidad, responsabilidad o moralidad. El ser humano de hoy no se valora a sí mismo, está carente de dignidad y se humilla a sí mismo.

El ser humano de hoy vive sin Dios. El hombre sin Dios, está muerto.

ACTUALIDAD CATÓLICA