Estos son tiempos donde el mal parece avanzar a zancadas de gigante. Corren malos tiempos para la lírica… Y todo parece embocarse en lenguajes maleables, pretendiendo exorcizar cualquier discrepancia de la «nueva normalidad».
«A rio revuelto, ganancias de pescadores», o es decir, aprovechando el revuelo y descoloque que está produciendo la pandemia, hay quien aprovecha para sacar indebido provecho de su fanático pensamiento.
Las ideologías, sin conciencia moral, son un peligro total. Nada las detiene y, como dijera Dostoyevski, «si Dios no existe, todo está permitido». Y si ya, por si fuera poco, se autojustifica ante cualquier atisbo de reproche subjetivo con «lo que yo pienso y hago es lo que se debe hacer, pues es la verdad» -o, lo que es lo mismo, la verdad de quien ha alcanzado el poder-; la ideología mejor a imponerse pues mira por el interés general.
De modo que esto -esta manera de pensar y ser- se convierte en un arma poderosa para arrasar cualquier oposición o punto de vista diferente. Y en esta estamos; ya no se respeta nada.
Vean si no:
La ONU y personajes del NOM se dedican a pronunciarse en favor de los abortos en el propios domicilios.
59 países firman declaración conjunta para promover aborto en medio de la pandemia.
El FMI presiona a Argentina para que siga sus indicaciones sobre el aborto y las ideologías de género, si quiere recibir ayudas económicas.
El gobierno español, como otros, abusa del estado de alarma, convirtiéndolo de facto en de excepción para hacer política sin parlamentarios y para restringir derechos y libertades, a base de amenazas policiales y de una vigilancia y control de la población como nunca antes se había visto.
Esta es la opinión cada vez más extendida en el mundo cristiano: «Hay una auténtica campaña de persecución a los cristianos», «El Gobierno está aprovechando el estado de alarma para imponer su ideología» (son declaraciones de la Asociación de Abogados Cristianos).
Todo esto con la aquiescencia acrítica de unos medios de comunicación que o bien están también ideologizados hasta la náusea, por encima de la profesión periodista, o que han optado por simplemente servir al señor que mejor paga.
Así de tremenda es la situación en que nos encontramos en estos tiempos malditos.
De modo que ya no sirven las palabras ni los argumentos ni la fuerza de la verdad; tan solo cabe la denuncia ante la Justicia -y aún así está complicado, pues los tentáculos del poder político ha alcanzado cualquier ámbito de independencia-. Ese misma organización de Juristas ha interpuesto una querella contra el presidente del gobierno español y contra el ministro del interior, por el delito de prevaricación.
Terminamos estás líneas con la declaración del obispo Schneider: “Los gobiernos de todo el mundo están usando COVID-19 como pretexto para “perseguir implícitamente” a los cristianos obligando a las iglesias a cerrar”.
La «nueva normalidad», ¿qué encerrará este término?
¡Qué tiempos estos en los que nos ha tocado vivir!; tienen algo de malditos
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