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Escribió san Bernardo al papa Eugenio III, llamando de “ocupaciones malditas” a las obras apostólicas, cuando ellas ocupan toda la vida del Papa sin dejarle tiempo para la oración-contemplación.
“Temo que, en medio de vuestras ocupaciones, que son numerosísimas, desesperando de dar cima a todas ellas, venga a endurecerse vuestra alma.
Obraríais con mayor prudencia tratando de sustraeros a esas ocupaciones, aunque fueses por poco tiempo. Al endurecimiento del corazón os podrán conducir esas ocupaciones malditas, si comenzasteis desde el principio, continuáis enteramente aplicado a ellas, no reservando nada de vos para vos mismo.”[1]
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Un hombre rico y emprendedor se horrorizó cuando vio a un pescador tranquilamente recostado junto a su barca, contemplando el mar y fumando apaciblemente su pipa, después de haber vendido el pescado.
—¿Por qué no has salido a pescar? —Le preguntó el hombre emprendedor.
—Porque ya he pescado bastante por hoy —respondió el apacible pescador.
—¿Por qué no pescas más de lo que necesitas? —Insistió el industrial.
—¿Y qué iba a hacer con ello? —Preguntó a su vez el pescador.
—Ganarías más dinero —fue la respuesta— y podrías poner un motor nuevo y más potente a tu barca. Y podrías ir a aguas más profundas y pescar más peces. Ganarías lo suficiente para comprarte unas redes de nylon, con las que sacarías más peces y más dinero. Pronto ganarías para tener dos barcas… Y hasta una verdadera flota. Entonces serías rico y poderoso como yo.
—¿Y que haría entonces? —Preguntó de nuevo el pescador.
—Podrías sentarte y disfrutar de la vida —respondió el hombre emprendedor.
—¿Y qué crees que estoy haciendo en este preciso momento? —Respondió sonriendo el apacible pescador.[2]
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[1] LÓPEZ MELÚS, RAFAEL Mª., Caminos de santidad V, ejemplos que edifican, Edibesa, Madrid 2000, pp.262-3.
[2] LEÓN TOLSTOI.
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