THOMAS MERTON. Contemplación

Th. Merton durante los 27 años de vida monástica como trapense escribió más de 70 libros, en su mayoría sobre espiritualidad, justicia social, pacifismo cristiano y poesía.  De entre sus muchas obras de carácter contemplativo les ofrecemos brevemente algunos textos extraídos de tres de ellas: La senda de la contemplación, Dirección y contemplación, Acción y Contemplación.

Nació en Prades (Francia) en 1915, y murió en 1968, en Bangkok (Tailandia). De nacionalidad estadounidense; de padre neozelandés y madre estadounidense. Formado en Francia y en Inglaterra, en 1934 se trasladó a EEUU. Estudió en las universidades de Cambridge y de Columbia (Nueva York), antes  de ingresar en la abadía trapense de Getsemaní (Kentucky) en 1941 y fue ordenador sacerdotal en 1949. Además de moje sacerdote y místico fue poeta, abogó por las sacerdote, con causas como el pacifismo, los derechos civiles, la justicia social y los movimientos antirracistas, y promovió por todo el mundo el diálogo interreligioso.

 

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La senda de la contemplación [1]

 

Jesucristo, que exigió a sus discípulos dejar todas las cosas, tomar su cruz y seguirle, insistió en que Él no era de este mundo (Jn 8,23).  La razón es clara. El  “mundo”, en este sentido del NT, significa la sociedad de aquellos que ni quien ni pueden conocer al Dios vivo porque viven según los principios que imposibilitan el crecimiento de la gracia en sus almas. “Porque todo lo que hay en el mundo, concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y orgullo de la vida, no vienen del Padre, sino que procede del mundo” (1 Jn 2,16).  Jesús dijo a sus discípulos que incluso los piadosos profesionales, los fariseos, de vida rígida y austera, se habían hecho, ellos mismos, incapaces de recibir la misión del Espíritu Santo porque “juzgaban según la carne” (Jn 8,15), y Jesús añadió: “El espíritu es el que da vida, la carne no aprovecha para nada” (Jn 6,63).  13-14

Jesús llama al Espíritu de Dios “el espíritu de verdad, que el mundo no pude recibir, porque no le ve ni le conoce” (Jn 14,17).  Por otra parte, aquellos que están dispuestos a vivir una vida divina en Cristo, en este mismo Espíritu, entran en una comunión íntima con la Verdad. Poseen la Verdad. La Verdad vive en sus almas. Y “la Verdad les ha hecho libres”. Cristo mismo es la Verdad. Y para adquirir esta unión con El, esta libertad basada en valores verdaderos y en la firme adhesión a la voluntad de Dios, debemos arrancar de nuestros corazones todo apego a los falsos valores de este mundo y toda confianza en nuestra propia voluntad. Pues no hay libertad en el egoísmos, sino sólo cautividad. Y no hay una visión salvadora en la inteligencia del hombre caído. Las verdades limitadas que aún puede percibir parecen servir sólo para cegarle, puesto que en la práctica nunca las dirige hacia lo único que interesa: la gloria de Dios. 14

Lejos de hacernos desgraciados, la abnegación cristiana ha de ayudarnos a encontrar la felicidad perfecta dirigiéndonos rápidamente al cumplimiento de nuestro destino sobrenatural. Los principios en los que San Juan de la Cruz fundamenta su doctrina en la Subida al Monte Carmelo son, sin duda, un alimento demasiado fuerte, y sugerimos que, en la práctica, no formen parte de la dieta de aquellos para quienes la leche sería todavía un alimento de gran provecho. A pesar de todo, aquellos principios permanecerán claros y verdaderos. Cuando el gran carmelita dice: “Para llegar a alcanzar el placer en todo es necesario no tener placer en nada”, nos está enseñando el camino más rápido para la felicidad. (…) es verdad que las pasiones y deseos de la naturaleza humana caída, por su tendencia a cegar, debilitar y agotar el alma, nos predisponen al incumplimiento de nuestras posibilidades más elevadas, y, por lo tanto, a frustrar la necesidad de felicidad que todos llevamos dentro. La enseñanza constante e ininterrumpida de los Padres y Doctores de la Iglesia, desde los mismos principios del cristianismo, es que una vida sin ascetismo es una vida de ilusión, de irrealidad y de infelicidad. 17

Debemos refrenar y controlar todos aquellos impulsos de aquella otra “ley de nuestros miembros” que —por desgracia es un hecho real— lucha contra la vida de la gracia. 18

El Espíritu Santo nuca nos pide renunciar a algo sin ofrecernos al mismo tiempo a cambio otra cosa más elevada y mucho más perfecta. La mortificación propia, por sí misma, no tiene lugar en el cristianismo. La función de la abnegación nos conduce a un aumento positivo de la vida y energías espirituales. El cristiano muere no sólo para morir, sino también para vivir. 18

No es sólo al mal que hay en nosotros a lo que debemos renunciar. Se nos pide incluso que nos separemos de muchas cosas buenas; pero sólo para obtener algo mejor. 19

No hay un manual mejor o más completo de teología ascética que el Misal. Además de ofrecernos una enseñanza en las epístolas y evangelios, que son la palabra real de Dios. La Iglesia nos ofrece en sus colectas y otras oraciones la más exhaustiva y monumental teología de la renuncia y de la vida sobrenatural. Vivir  la Mira que todos ofrecemos, leyendo y comprendiendo las oraciones de la Misa e incorporándolas a nuestra vida, es el mejor camino para adquirir el verdadero sentido cristiano de la abnegación. 20

El ascetismo cristiano se caracteriza, sobre todo, por su equilibrio, por su sentido de la proporción. No exagera el lado negativo de la vida ascética, no tiende a rebajar la naturaleza humana disminuyendo las responsabilidades o desgastando la verdad. Nos enseña claramente que, como no podemos hacer nada sin la gracia, debemos, por tanto, cooperar con ella. Nos advierte que debemos romper sin compromisos con el mundo y con todo lo que está a su alrededor, pero nos anima con la felicidad que está allí, al lado. Pero, sobre todo, lo que es característico del Misal es que coloca el cielo, pero así decirlo, en nuestros corazones, aquí, ahora. 20

¿Qué es la Misa? Es una participación en la muerte de Cristo (por la que todos nuestros pecados son expiados), en su gloriosa Resurrección (por la que participamos de su vida divina) y en su Ascensión (por la que entramos con El en el cielo y nos sentamos a la diestra del Padre).  21

“La virtud del Don celestial, Señor, se adueñe de nuestras almas y nuestros cuerpos: para que, no nuestro propio sentir, sino tu gracia, dirija constantemente nuestras acciones” domingo XV después de Pentecostés).  21-22

Dios ha colocado en sus manos los instrumentos divinos para nuestra santificación: los sacramentos. En realidad, es El mismo el que, a través de la Iglesia, opera en nosotros por medio de estos sacramentos. ¿Qué es lo que El está haciendo en nuestras almas? Se está posesionando, poco a poco, de todo lo que tenemos y de todo lo que somos para lograr un dominio completo de nuestras almas, cuerpos y facultades todas, elevándolas sobre el nivel natural y transformándolas en El mismo. En otras palabras: está sustituyendo nuestra vida por la suya, nuestros pensamientos por los suyos, nuestras voluntades por la suya. Este proceso de transformación nos conduce al fin para el que hemos sido creados: la unión perfecta con Dios. Sólo cuando estamos perfectamente unidos a El llegamos a poseer la verdadera plenitud humana. Solamente en El podemos encontrar nuestra verdadera felicidad. Sólo en El podemos, finalmente, apreciar el valor verdadero de su creación. Si parece quizá que nos priva de los bienes naturales, los iremos a encontrar todos ellos restaurados en un ciento por uno en El. 22-23

La Iglesia, a lo largo del ciclo del año litúrgico, se duele, en nuestro favor, de que estemos aplastados bajo el peso de nuestra propia actividad. (…) A medida que entramos en la vida ascética y avanzamos por los caminos de la renuncia encontramos que nuestro mayor obstáculo y nuestro mayor lastre es este hombre viejo, este cuerpo de muerte, este inseparable yo  que llevamos siempre encima. De ninguna manera es nuestro verdadero yo. Es la caricatura de lo que deberíamos ser, Pero nos trata sin piedad, y sin la ayuda todopoderosa sin piedad, y sin la ayuda todopoderosa de Dios no seremos nunca capaces de quitárnoslo de encima. Y es que el nos hace actuar según “el apetito de la carne”. El es el padre de toda nuestra mundanidad. Es el único que obstruye nuestra liberación del “mundo” y nuestra transformación en Cristo. 23-24

Y así demos recordar que nuestro ascetismo no se dirige contra las cosas creadas en cuanto tales. <Nuestro enemigo está dentro de nuestra propia fortaleza. Unicamente porque nuestro enemigo se rodea de las imágenes, sensaciones y placeres de las cosas creadas, fortificándose así contra todos los esfuerzos que la gracia hace por desalojarle, es por lo que debemos combatir contra las criaturas para así poder combatir contra él. Cuando la Iglesia reza, como frecuentemente lo hace, para que Dios pueda concedernos la gracia la despreciar las cosas mundanas y desear las celestiales, no significa ello que la creación sea mala, sino que lo malo es el amor desordenado de las cosas creadas. 24

Para sacar la creación del poder del mal la Iglesia necesita únicamente asociar todas las cosas a la amistad del hombre con el Creador. 25

Hay dos extremos que deben ser evitados. Por una parte está el error de aquellos que creen que la creación es mala y que, por tanto, buscan la salvación y la santidad en un ascetismo exagerado que trata de separar el alma, de una manera absoluta, del resto de la creación. Este es el error espiritual llamado “angelismo”. Pero, por otra parte, hay un error, el de los que actúan como si la caridad divina no hiciera exigencias prácticas a la conducta humana; como si la gracia fuera meramente una cualidad inyectada en nuestras vidas naturales, haciéndolas automáticamente agradables y meritorias a los ojos de Dios, sin ninguna obligación por nuestra parte de vivir en un plano sobrenatural de fe y de virtudes cristianas. 26

La verdadera santidad no consiste en intentar vivir sin las  criaturas. Consiste en usar de las criaturas para hacer la voluntad de Dios. 27

Santo es el que está en contacto con Dos en toda circunstancia posible y en todo momento. El que está unido a Dos en las profundidades de su propia alma y ve y palpa a Dios en todas las cosas y en todos los hombres que le rodean. 27

Este orden exige que el cuerpo del hombre, y todo lo que este cuerpo usa, esté sujeto a su alma, y que el alma del hombre esté sujeta a Dios. Ahora bien, este orden es absolutamente imposible conservarlo, en nuestro estado presente, sin la generosa e incluso severa práctica de la mortificación. Este orden ha sido completamente trastornado por el pecado original. El alma que está fuera de la órbita de la gracia de Dios no es, normalmente, gobernada por al razón, sino por la pasión. El simple hecho de poseer la gracia no nos libra por completo de este triste estado. Sólo nos coloca en las manos de las armas con las que debemos conquistar nuestra libertad, ayudados por el poder de Dios, a través de los méritos de la Cruz de Cristo, y de su Espíritu Santo. 28

No podemos usar las cosas creadas para gloria de Dios a menos que seamos capaces de controlarnos a nosotros mismos. No podemos controlarnos si estamos bajo el poder de los apetitos, concupiscencias y pasiones de la carne. No nos podemos dar a Dios si no nos pertenecemos, si pertenecemos a las criaturas. 29

La función verdadera del ascetismo es, entonces, liberarnos de la concupiscencia que ata y esclaviza nuestra alma creada, impidiendo la unión con Dios por el amor puro y por la contemplación. El verdadero fin de la renuncia es entregar nuestras facultades al Espíritu Santo para que El pueda realizar en nosotros la obra de transformación que es u obra maestra. 29

Las mortificación no sirve tan sólo para dominar progresivamente nuestra vitalidad natural. Esto sería una visión demasiado pobre. Es, más bien, como la vieja de una cuerda de violín. No la giramos una y otra vez hasta que se rompe la cuerda. Esto no sería santidad, sino locura. No; lo que debemos hacer es colocar las cuerdas del delicado instrumento que es nuestra alma en el punto exacto que desea el Espíritu Santo, para que pueda producir en nosotras la melodía exquisita del amor divino que debemos tocar en la presencia de nuestro Padre celestial, pues para ello fuimos creados. Olvidarse de eta verdad nos llevaría a un ascetismo falso y meramente cuantitativo, que pondría demasiado esfuerzo en el mero atletismo espiritual y no haría nada para desarrollar los profundas posibilidades espirituales del alma 30

Muchos de los que van por el camino de la renuncia de un modo frío y humano son a menudo orgullosos,  irritables y egoístas. Por eso, hombres que podían haber sido santos se han hecho fanáticos y han perseguido a los santos, llevándoles hasta la hoguera. 31

La finalidad de la renuncia es dar la paz al alma que está turbada por los cuidados, preocupaciones, dolores y fatigas que siguen inevitablemente al apegamiento de las cosas creadas. El ascetismo es el principal enemigo de todas las preocupaciones, porque arranca toda planta de la cual crecen frutos de angustia. El asceta será, entonces, un hombre tranquilo y feliz. Será un alma sencilla y pura. 31

Cuanto más dirige el Espíritu Santo aquellas almas a Dios, tanto más se dan cuenta de que la santidad no es tan sólo un problema de “prácticas ascéticas”. Ayuno y penitencia adquieren una importancia verdadera cuando son considerados como medios para un fin. Este fin es nuestra donación total a Dios en una abnegación que penetra hasta lo más profundo y substancial del alma, un holocausto que no deja nada que nuestro orgullo pueda todavía contemplar con satisfacción. Escasas son las almas que llegan tan lejos. Pero ellas poseen una felicidad que es sublime. 34-35

El objeto supremo de la oración es el cumplimiento de la voluntad de Dios. 41

¿Por qué hay hombres que no llegan a santos? No porque Dios no les dé la gracia necesaria, sino porque descuidan la gracia que El les ha concedido. Para ser santos sólo tiene que desear la santidad con un deseo eficaz que abarque los medios dados por Dios a este fin. La expresión primera y mas fundamental de este deseo es la  oración.  42

Su Santidad el Papa Pío XII, Menti Nostrae (23 de septiembre de 1950).  Una importante sección de esta cara del Santo Padre condena un a vez más la “herejía de la acción”, que es uno de los característicos males de nuestro tiempo. Su Santidad define la “herejía de la acción” como una actividad “que no se fundamenta sobre la ayuda de la gracia  y que no hace uso constante de los medios necesarios, puestos por Cristo, para conseguir la santidad”. 43

Uno de los medios más importantes es la oración. 43

El Papa Pío XII dice explícitamente en su encíclica Mediator Dei que: “El ideal de la vida cristiana es que cada uno se una a Dios de la forma más profunda y más íntima”. 43

Nuestro trabajo, nuestras obligacions y nuestros intereses deben transfigurarse por una intención sobrenatural, divinizarse por la caridad de tal forma que nuestra acción más común y rutinaria pueda convertirse en un sacrificio de alabanza a Dios. 45

Sólo hay un camino por el que pueda conseguirse esto:  por una vida de oración. 45

Cuanto más oración hagamos, más s fortalecerán los facultades y recuperarán el control que habían perdido sobre las pasiones, raíces de todo perjuicio y error. 48

Una de las obras más importantes que el hombre puede realizar es entregar su vida a una purificación constante de pensamiento y amor que hace elevar su vida interior 48

La misión de la Iglesia en la tierra es llevar a todos los hombres y a toda la sociedad humana a una vida centrada en Dios. 62

Nuestra inmolación es, sobre todo, un sacrificio de nuestra  voluntad. No es una ciega renuncia a la libertad, sino una luminosa y gloriosa obediencia dirigida por la humildad y conforme, por tanto, con la Verdad. 67

Pío XII manifiesta con insistencia que sin oración mental no podemos adquirir un perfecto dominio sobre nosotros mismos y sobre nuestros sentidos, ni purificar nuestros corazones. 74

San Alberto Magno señala “que la contemplación de los filósofos sólo busca la perfección del contemplante y no va más allá del intelecto. Pero la contemplación de los santos  está encendida por el que es contemplado, Dios.  Por tanto, no finaliza en un acto de la inteligencia, sino que pasa a la voluntad por el amor”. 77

La única función de la oración mental para un católico es la unión con Dios a través de Jesucristo. 77

Este es el fin próximo que hemos de buscar decididamente en la oración mental: una amorosa y vital conciencia de la presencia de Dios. 79

¿Por qué creemos que el don de la contemplación, contemplación infusa, contemplación mística, es algo esencialmente extraño y esotérico, reservado a una pequeña clase de seres casi inhumanos y prohibido a los demás? 85

Es verdad que Dios a menudo mide sus dones por el deseo nuestro de recibirlos y por nuestra cooperación a su gracia. 86

Sería una gran equivocación pensar que la contemplación mística trae necesariamente con ella toda una letanía de fenómenos sobrenaturales: éxtasis, raptos, estigmas, etc. Pertenecen a un orden de cosas bien diferente. Son “carismas”, dones  gratiae gratis datae, y no están directamente ordenados a la santificación de quien los recibe. Por el contrario, la contemplación es un poderoso medio de santificación. Es la obra del amor, y nada más efectivo para aumenta nuestro amor de Dios. 86-87

Sólo hay una condición. El que desee una unión íntima con Dios debe estar dispuesto a pagar su precio. El precio es bien pequeño. En realidad, no es ni siquiera un precio: sólo nos lo parece a nosotros; porque encontramos difícil dejar nuestro deseo de las cosas que nunca pueden satisfacernos para comprar el único Bien. 87

Puede suceder que la contemplación no se conceda a los que permanecen voluntariamente distanciados de Dios, a los que limitan su vida interior a unos rutinarios ejercicios de piedad y a unos pequeños actos de culto realizados por obligación. Esta gente pone cuidado en evitar el pecado. Respetan a Dios como a un Dueño. Pero su corazón no Le pertenece. No están realmente interesados por El, a no ser que se trate de asegurarse contra la pérdida del cielo o la caída en el infierno. En la práctica sus mentes y sus corazones están cobijados en sus propias ambiciones, problemas, comodidades, placeres, y en todos sus intereses mundanos, ansiedades y temores. 87-88

En su discurso de la Ultima Cena Jesús prometió el Espíritu Santo con su dones contemplativos. Pero la promesa iba acompañada de una condición. El Espíritu Santo sería enviado a aquellos que Le recibieran. 92

La contemplación será negada a un hombre en la misma medida en que pertenece al mundo.

La expresión “el mundo” significa aquellos que aman desordenadamente las cosas de este mundo. Estos no pueden recibir el Espíritu Santo que es el amor de Dios. Como dice San Juan de la Cruz, “dos contrarios no pueden coexistir al mismo tiempo en el mismo sujeto”. 92

Si un hombre desea prepararse para recibir el Espíritu Santo y su Amor, debe despegar sus deseos de todas las satisfacciones e intereses que el mundo pueda ofrecer, pues las cosas espirituales no pueden ser apreciadas por la inteligencia ocupada en satisfacciones temporales y humanas. 92-93

El Doctor Angélico explica que el Espíritu Santo no se manifiesta a los hombres mundanos porque  ellos no desean conocerle. Están satisfechos empleando sus inteligencias en cosas más bajas. Pero el deseo es la cosa más importante en la vida contemplativa. Sin desearlo nunca recibiremos los maravillosos dones del Espíritu Santo.93

Santo Tomás dice que los hombres mundanos han perdido el sentido del gusto por las cosas espirituales. 94

Hay muchos cristianos que sirven a Dios con una gran pureza de alma y con una perfecta vida sacrificada en su vida activa. Su vocación no les permite encontrar la soledad y el silencio y sosiego en donde poder vaciar sus inteligencias y por completo de todas las cosas creadas y quedarse así ellos solos con _Dios. Están demasiado ocupados sirviéndole a través de sus hijos en esta tierra. (…) Saben cómo encontrar a Dios entregándose a El en unos trabajos sacrificados, en donde pueden permanecer bajo su presencia a lo largo de todo el día. Viven y trabajan en su compañía. Se dan cuenta de que El está dentro de ellos y gustan de un goce profundo y pacifico al estar con El. Viven vidas de una gran simplicidad, sin necesitar elevarse sobre los niveles ordinarios de oración vocal y afectiva. Sin darse cuenta, su humilde oración es para ellos tan profunda e interior que les lleva a los umbrales de la contemplación. Nunca entrarán profundamente en al vida contemplativa, pero las gracias afines a la contemplación les so familiares. Aunque son trabajadores cautivos, son  cuasi-contemplativso, por la gran pureza de corazón a que han guardado a través de la obediencia, la caridad fraterna, el sacrificio y propio abandono a la voluntad de Dios en todo lo que hacen y sufren. Están mucho más cerca de Dios de o que pudieran imaginar. Gozan de una especie de contemplación “enmascarada”. 99-100

No puede comprender el sufrimiento producido por la luz de Dios. Había formado su idea propia de Dios: idea basada en un conocimiento natural y que inconscientemente era favorable a su amor propio. Pero Dios contradice esta idea. Su luz niega y destruye todas las nociones naturales y humanas que el alma había formado sobre El. La experiencia de Dios en la contemplación infusa es una contradicción clara de todo lo que el alma había imaginado. El fuego de su amor infuso lanza un despiadado ataque sobre el amor propio del alma adherido a las consolaciones humanas y a aquellas luces y sentimientos que precisaba como principiante, pero que falsamente había imaginado ser las gracias de la oración. 104-105.

Los principios generales son útiles sólo cuando se aplican a casos particulares. La sequedad en la meditación, la incapacidad para la lucha por la virtud no son indicaciones ciertas, por si solas, de que la contemplación ha empezado. Cada caso individual debe decidirse por sus propios méritos a la luz de las circunstancias. La aridez e incapacidad en la vida interior pueden ser el resultado del pecado o de la infidelidad, o simplemente una expresión de la pereza. 107

“Adviertan, pues, aquí los que son muy activos, que piensan ceñir al mundo con sus predicaciones y obras externas, que mucho más provecho harían a la Iglesia y mucho más agradarían a Dios, dejando aparte el buen ejemplo que de si darían, si gastasen siquiera la mitad de ese tiempo en estarse con Dios en oración… Cierto, entonces harían más y con menos trabajo, y con una obra que con mil” (Cántico espiritual, 29,3).

“…es más preciso delante de El un poquito de ese amor puro y más provecho hace a la Iglesia… que todas esas obras juntas” (Cántico espiritual, 29,3).

El contemplativo se vacía a sí mismo de todo amor creado para poder llenarse solamente del amor de Dios, y desnuda su inteligencia de todas las imágenes y fantasmas creados para recibir la luz para y sencilla de Dios directamente en el centro del alma. 121

Hay muchos más “contemplativos” fuera, en el mundo. Muchos se pueden encontrar en Harlem (Barrio negro de Nueva York) y en todos los sitios donde la gente sufre. Y quizá muchos de ellos o han oído nunca la palabra “contemplación”. Y, por otra parte, no todos los que están en las Ordenes contemplativas lo son. 129-130

Lo primero que ha de ser subrayado es la dignidad esencial de la experiencia estética. Es, en sí misma, un don muy elevado, aunque sólo en el orden natural. 143

Una experiencia genuinamente estética es algo que trasciende no sólo el orden sensible (en el cual ha empezado), sino también el de la razón. Es una intuición suprarracional de la perfección latente en las cosas. Su proximidad excede a la velocidad del razonamiento y deja muy atrás todo análisis. En el orden natural, como ha insistido a menudo Jacques Maritain, es algo análogo a la experiencia mística, a la que se asemeja e imita desde lejos. Su modo de aprehensión es el de la “connaturalidad”; penetra hasta alcanzar la realidad más íntima, la substancia vital de su objeto, por medio de su identificación afectiva con él. Descansa en la perfección de las cosas por una especie de unión que se asemeja a veces al descanso afectivo e inmediato del alma en Dios a través de la obscuridad de la oración mística. Un verdadero artista puede mirar un cuadro durante horas, y esto también es contemplación. 144

La analogía con la experiencia mística es más profunda y más estrecha porque, como él dice, la intuición del artista pone en movimiento el mismo proceso psicológico que acompaña a la contemplación infusa. Eso podría parecer demasiado, pero no lo es. Concuerda con la psicología de San Agustín, de San Buenaventura y con la noción que este último da de la contemplación  per speculum, pasando a través del espejo de las cosas creadas a Dios, incluso en el caso en que este espejo sea nuestra propia alma. Esto coincide también con las ideas de los PADRES Griegos acerca de la  theoria physica, o “contemplación natural”, que llega a Dios a través de la íntima realidad espiritual (el logos) de la cosa creada. 146

La mayoría de la gente, incluso aquella que posee el don de la gracia santificante nunca entra en esta propia interioridad (santuario interior que es la substancia del alma), que es una morada de silencio y paz, donde las diversas actividades del entendimiento y voluntad se unen, por así decirlo, en una intensa, suave y espiritual actividad cuya fertilidad excede en mucho a los agotadores esfuerzos de la razón mientras trabaja en la realidad externa con sus análisis y silogismos. 147

Aquí empieza la contemplación verdadera. Dentro de eta substancia o “centro” del alma, convenientemente purificada de las imágenes y de los apegamientos de las cosas sensibles, la luz obscura de la contemplación infusa será distribuida por Dios, dándonos un contacto experimental con El mismo sin necesidad del medium de las especies sensibles, que son siempre incapaces de aprehenderle. 147

Incluso sin salirnos del orden natural, sin tener a Dios dentro de nosotros, la experiencia estética nos introduce dentro de este santuario interior del alma y en su inexpresable simplicidad, economía, energía y fertilidad. 148

¡Si nos diéramos cuenta de lo mucho que impedimos la obra del Espíritu Santo en nuestras almas por nuestra insaciable vulgaridad emocional! ¾vulgaridad que inocentemente introducimos en la casa de Dos y cultivamos con mimo junto a nuestro corazón a lo largo de la vida, sin reparar en que es algo venenoso y carente de vida. Y lo mas triste de todo es que este enemigo doméstico es a menudo alimentado y animado por el así llamado “arte” piadoso, que infecta la atmósfera de la Iglesia en tantos sectores. 149

Esta es una obra que debe ser hecha por Dios, que actúa como “agente principal” (la expresión es de San Juan de la Cruz).  Si El es el agente principal, hay otro agente: nosotros. Pero nuestra parte está simplemente en consentir y recibir, y todo lo demás que podemos hacer se reduce a la labor más o menos negativa de quitar los obstáculos a la labor de Dios, dejando fuera de su camino nuestro egoísmo y sensualidad. 150

 

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Dirección y contemplación[2]

 

Aquel que verdaderamente medita no sólo piensa sino que ama, y por su amor, o al menos por su comprensiva intuición de la realidad sobre la que él reflexiona, entra en esa realidad y la conoce de manera que puede hablar desde ella por una especie de identificación. 53

En la meditación procuramos incorporar lo que ya hemos aprehendido. Consideramos los principios que hemos conocido y los aplicamos a nuestras propias vidas. En vez de, simplemente, almacenar en nuestra memoria hechos e ideas, procuramos crear por nosotros mismos algún pensamiento original. 54

Quieren entrar en contacto íntimo con la misma verdad, con Dios. Desean experimentar las realidades más profundas de la vida viviéndolas. Y la meditación es el medio para ese fin. 54

Pretende poner en comunicación a todo nuestro ser con una realidad última más allá y por encima de nosotros mismos. 54

En la práctica, la palabra “meditación” se la suele emplear como si tuviera el mismo sentido que “oración mental”. 55

Cuando el pensamiento carece de una intención afectiva o cuando comienza y acaba en la inteligencia, no lleva a la oración ni al amor ni a compartir, y, por tanto, no pertenece al campo de la oración mental; tal pensamiento no es, realmente, meditación y está fuera de la esfera de la religión y de la oración. 55

Cada meditación, cada acto de oración mental, aunque tenga algún propósito práctico y cercano, debe también ponernos en comunión directa con Dios. Este es el auténtico fruto de la meditación. 72

Pongamos un ejemplo. Supongamos que yo medito sobre la paciencia de Nuestro Señor Jesucristo en su Pasión e imaginemos que lo hago por un fin práctico inmediato: ayudarme a mí mismo a practicar la paciencia en una situación difícil que se me presenta. Mi visión interior se concentrará en el Redentor, que sin enojo ni desdén, sin rencor ni turbación, silenciosamente y con una tranquilidad interior absoluta, aceptó la más grave injusticia e ingratitud, sin mencionar lo más penoso de su sufrimiento físico y moral Veré que El fue capaz de sobrellevar todo esto por pura y desinteresada misericordia hacia todo los hombres incluidos aquellos que le llevaron a la muerte. 73.

Con esto en mi mente, comenzaré a desear con toda la fuerza de mi voluntad practicar esta misma paciencia de acuerdo con mi capcidad y mi propio juicio, y conociendo al mismo tiempo la debilidad e imperfección de mi propia lama encadena por sus afectos, rezaré con fervor y humildad, sobre todo para obtener la gracia sin la cual podré esperar la conquista de mi impaciencia, irritabilidad, agresividad e impulsos farisaicos para juzgar y castigar a otros hombres. 73

Una meditación así se hace directamente un fin práctico e inmediato, pues tiene la intención de practicar la paciencia. Busca la gracia que me hará lo suficientemente fuerte para volverme dulce, pues hay que saber que la dulzura y la resistencia sin violencia al mal requieren, ambas, la mayor fortaleza, una fortaleza que me puede venir sólo de la Cruz de Cristo. 74

Si la hago bien, mi meditación producirá frutos en forma de aumento de fortaleza y paciencia. La paciencia me ayudará a soportar pruebas, y de tal manera, que mi alma quedará purificada de muchas imperfecciones y obstáculos que se oponían a la gracia. Aprenderé a conoce mejor de dónde procede mi ira, y de este modo aumentará mi caridad, que por se fuente de mérito sobrenatural, me hará merecer un grado más lato de unión con Dios en el cielo. 74

Y seré una persona más caritativa y virtuosa aquí en la Tierra; pero no es esto lo único que quiero señalar como fin último de la meditación, ya que este deberá ser una más íntima comunión con Dios y no sólo en el futuro sino también aquí y ahora. 74

Por esto, para lograr una meditación verdaderamente bien hecha y profunda sobre la Pasión de Cristo, tengo que llegar a  identificarme espiritualmente  con Cristo en su Pasión. 74

Para meditar debo apartar de la mente todo lo que distrae mi atención de dios, presente en mi corazón. Esto no es posible a menos que no recoja mis sentidos, aunque casi es inútil que trate de recogerme en el momento de la oración si he dejado que ellos y mi imaginación divaguen durante todo el día. Por esta razón, el deseo de practicar la meditación supone el esfuerzo de perseverar en un recogimiento moderado a lo largo del día; significa vivir en un ambiente de fe, teniendo algunos momentos de oración y de atención a Dios. El mundo en el que vivimos es una peligrosa seducción  para el que quiere adquirir hábitos de recogimiento. 80

Si queremos comprender incluso los acontecimientos vulgares de nuestras vidas, necesitamos crear una perspectiva religiosa  desde la que podemos ver mejor los hechos. Esta perspectiva requiere ante todo recordar con frecuencia el hecho de que tenemos que morir, y de que nuestra vida va a pasar por las consideraciones inexorables de un juicio. Quien nunca piensa en la hora de su muerte no puede hacer decisiones espirituales importantes en su vida. No será otra cosa que un oportunista miope cuyas resoluciones no tendrán valor duradero. 99

Esto podría ser en forma esquemática, lo esencial de la oración meditativa:

  1. Preliminares: Hacer un esfuerzo sincero por recogerse, dándonos cuenta de lo que vamos a hacer y orando para pedir gracias. Si se hace bien este comienzo, el resto será más fácil.
  2. Visión: Intentar ver, fijarse o comprender lo que se está meditando. Esto supone un esfuerzo de fe. Seguir así hasta que la fe se haga clara y firme en el corazón (no sólo en la mente). 
  3. Aspiración: Como consecuencia de lo que se “ve”, se dan algunos resultados prácticos, deseos o resoluciones para actuar de acuerdo con la fe de cada uno, para vivir la propia fe. 101
  4. Comunión: Ahora la oración se hace sencilla, sin complicaciones. La actualización de la fe es un hecho consistente y la esperanza es firme, pudiendo descansar en la presencia de Dios. 102

Podremos terminar con una breve y sincera acción de gracias. 102

La meditación cumple perfectamente su cometido, para el intelectual, cuando su mente comprende todo el contendido del tema con una mirada profunda y penetrante. Entonces descansa en su intuición, dejando que penetre la verdad y se haga parte de él. 103

Al meditar sobre los Evangelios nos colocamos cuanto podemos en la presencia de Jesús, teniendo en nuestro corazón las disposiciones que esperamos tendríamos si estuviéramos hablando con nuestro divino Redentor. Lo que Jesús dijo hace veinte siglos se nos dice ahora a nosotros. Puede que nos e me haga presente físicamente aquí y ahora como hombre, pero está presente como Dios. Su divinidad, que es el centro y la fuente de mi propio ser, es también el verdadero ser de su humanidad. 105

Sería un gran error creer que la contemplación mística produce, necesariamente, una serie de fenómenos sobrenaturales —éxtasis, arrobamientos, estigmas o cosas por el estilo— que pertenecen a un orden de cosas muy diferente, pues son dones “carismáticos”  gratiae gratis datae  y no están ordenados directamente para la santificación del que los recibe. Por el contrario, la contemplación infusa es un medio poderoso de santificación. 112

Sólo hay una condición: si queremos la unión íntima con Dios, tendremos que pagar su precio; pero es muy pequeño, en realidad no es tal, sólo nos lo parece a nosotros; nos cuesta renunciar a cosas que no nos ayudan a adquirir el único Bien quien está toda nuestra alegría y en quien, además, ¡recibimos todo aquello que renunciamos! 112

En plática de la Ultima Cena, Jesús prometió el Espíritu Santo con sus dones de contemplación. Pero la promesa iba acompañada de una negativa: el Espíritu Santo se daría a los quisieran recibirlo, pero a los que no lo quisieran, les sería negado. 119

La contemplación le será negada al hombre en proporción a su pertenencia al mundo. La expresión “el mundo” significa aquellos que aman las cosas de este mundo. No pueden recibir al Espíritu Santo que es el amor de Dios, pues, como dice san Juan de la Cruz “no pueden coexistir dos contrarios a la vez y en el mismo sujeto. 119

Si un hombre quiere prepararse a recibir el Espíritu Santo y su amor, debe apartarse de todo deseo de compensaciones e intereses que el mundo le ofrece, pues no puede apreciar ni comprender las cosas espirituales la mente que está ocupada en las satisfacciones temporales y meramente humanas. 119

El Doctor Angélico explica que el Espíritu Santo no se manifiesta a sí mismo a los hombres mundanos porque  no desean conocerlo.  Se contentan con ocupar sus mentes en cosas más bajas. El deseo es lo más importante de la vida contemplativa, sin él no podríamos recibir nunca los grandes dones de Dios. 120

Santo Tomás dice que el hombre mundano ha perdido aquel sentido del gusto por las cosas espirituales. “Como la lengua del enfermo no puede saborear cosas sabrosas… lo mismo el alma manchada por la corrupción del mundo no pude gustar las cosas del cielo.”

¿En qué consiste este gusto? En el amor. 120

Realmente, es esta docilidad absoluta e inflexible a la voluntad de Dios la que da al hombre el gusto por  las cosas espirituales. Es este instinto delicado de rendirse a la más leve indicación del amor de Dios lo que hace al auténtico contemplativo. Como afirma santo Tomás: “Es la obediencia la que hace al hombre digno de ver a Dios”. 121

 

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Acción y Contemplación[3]

 

 

La verdadera penitencia es algo más que la rigidez legalista, que una estrechez fanática, observa y compulsiva, que nos ata a ciertas pequeñas reglas arbitrarias, por simple prurito de observarlas. Ya es hora de que nos demos cuenta de los hechos: este insatisfactorio concepto de penitencia, si bien tuvo valor en cierta época, es demasiado limitado y demasiado rígido. En gran parte ha periodo todo significado para las personas de nuestros tiempos, ya sea para bien o para mal. Por lo cierto es que el tipo de disciplina penitente que presuponen una serie de pequeñas observancias formales y rígidas a dejado de tener significado para la gente moderna. 187

Quien aceptaba este concepto de la vida sentía que, al hacer todas esas cosas, era un auténtico “penitente” y se estaba “negando a sí mismo”. Y no obstante, esas cosas eran comparativamente fáciles de hacer. 187.

Eso ya no sirve. La experiencia ha enseñado que ya no funciona. (…) No Se aproxima a las exigencias de la idea de penitencia según el NT. La distinción es la siguiente: la vieja idea de penitencia que he mencionado es muy limitada, muy exigente dentro de un campo muy reducido, pero realmente no llega muy profundo. Es externa y, de cierta manera, más fácil; es una especie de evasión de la verdadera penitencia, que es una entrega de sí mismo. ¿Se trata de u n verdadero autosacrificio o es sólo un adiestramiento de la voluntad? Puede resultar purificadora hasta cierto punto, pero deja intacto al ego interior, y una persona puede ser realmente estricta en este tipo de  penitencia y seguir siendo muy orgullosa, dura y  poco caritativa. Una persona cruel, agresiva y vengativa puede hacer ostentación de este tipo de penitencia. La verdadera penitencia tiene por finalidad arrancar la raíz del orgullo y de la falta de caridad. La verdadera penitencia tiende a acabar con ese deseo de venganza y esa mentalidad persecutoria que tantas personas estrictas exhibieron en tiempos pasados. 188-189

Pero no debemos irnos al otro extremo. …una especie de libertad de espíritu sin ninguna verdadera disciplina. La libertad que buscamos nunca debe limitarse a seguir espontáneamente las tendencias naturales, los sentimientos naturales e inocentes, etc. 189

Básicamente sólo existe una libertad cristiana, que es la libertad de la cruz. Es la libertad que recibe el que se ha entregado completamente con Cristo en la cruz, el que se ha elevado con Cristo y tiene su libertad; no simplemente en la espontaneidad humana ordinaria, sino en la espontaneidad del Espíritu de Dos, que se nos da a cambio de nuestro propio espíritu si morimos en la cruz con Cristo. (…) En respuesta al llamado de Dios, hemos llevado a cabo este verdadero rompimiento y hemos buscado esta verdadera liberación de toda red de necesidades, servidumbre y exigencias que la vida secular impone a la gente. No hay verdadera libertad en nuestra vida sin esta muerte y esta resurrección, sin este claro rompimiento. 190

 

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[1] Patmos, Madrid, 1955.

[2] Sociedad de Educación Atenas, Madrid, 1986.

[3] Kairós, Barcelona, 1982.

 

 


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