Vosotros sois la luz del mundo. (…) y alumbra a todos los que están en casa. Brille de tal modo vuestra luz delante de los hombres, que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos (Mt 5,14-16). «Que todos sepan que yo soy cristiano, para que todo el mundo juzgue al cristianismo por todos mis actos» (Mounier)[1].
Esta es la voluntad de Dios que reduzcamos al silencio la ignorancia de los insensatos con nuestra conducta ejemplar (1 Pe 2,15). ***** En su recorrido, la Madre Teresa había tropezado con un moribundo abandonado por todos al borde de un camino. Se detuvo para atenderlo con todo el amor que pudo. Al poco tiempo, el moribundo recobró el conocimiento, la miró y le dijo, sonriendo agradecido: —Tú no eres de aquí; la gente de aquí no hace esto. La madre Teresa siguió prestándole sus cuidados. El moribundo le sonrió de nuevo y le preguntó: —¿Por qué lo haces? El moribundo murmuró quedamente: —Salve, forastera. Cerró los ojos, y ya no los volvió a abrir. [2] *****
Los apologistas del s. II repiten un argumento: los cristianos son dignos de crédito porque entre ellos se da una solidaridad que no se da en ninguna otra parte. «Entre nosotros fácilmente podréis encontrar gentes sencillas, artesanos y viejezuelas, que si de palabra no son las obras que han hecho una elección buena. Porque no se dedican a aprender discursos de memoria, sin que manifiestan buenas acciones: no hieren al que los hiere, no llevan a los tribunales al que les despoja, dan a todo el que pide y aman al prójimo como a sí mismos. Ahora bien, si no creyéramos que Dios está por encima del género humano, ¿podríamos llevar una vida tan pura?»[3] ..ooOoo.. «Cuando había un pobre, uno que sufría, un enfermo que sabía sonreír, era precisamente la señal de que existía Dios y que ayudaba al pobre en su dolor»[4]. Quien es capaz de hacer sonreír a alguien que está en el dolor, produce un milagro. Sonreír en medio del sufrimiento va contra toda lógica. Si en lugar de teorizar y dar a conocer a Dios con elevadas nociones sobre El, creyéramos los cristianos real, afectiva y efectivamente, seríamos kerygma vivo de la existencia de Dios, seríamos anuncio de salvación para cuantos nos rodean. El cristiano ha de proclamar la Buena Noticia con su propio ser. Con asiduidad decimos a los demás lo que han de hacer; pero sería mucho más honesto decir únicamente lo que hacemos. «Dar testimonio de Dios no es precisamente enunciar esa palabra extra-ordinaria, como si la gloria pudiese alojarse en un tema, ponerse como tesis y convertirse en esencia del ser. Signo dado al otro de esta misma significación, el «heme aquí» me significa en nombre de Dios al servicio de los hombres que me miran»[5]. La palabra verdadera ha de ser nuestra propia vida. Hemos de encarnar un testimonio, para ser como el «Verbo» o palabra de Dios, mensaje para le mundo en que vivimos. Dios se hace presente como signo visible en el rostro del hombre que ama. Esta es la revelación de su gloria: la vida del hombre que se presta a que aflore en su conducta la gracia que lleva dentro, a que la vida de la que vive fluya, a que su ser sea. El hombre que se atreve a ser lo que es, se convierte en testigo de la Verdad eterna. La única señal visible de los seguidores de Cristo es el amor efectivo a los demás al estilo de Jesús. Ni la obediencia, ni la castidad, ni la pobreza, ni la humildad, ni las cuatro virtudes cardinales, ni siquiera la fe y la esperanza caracterizan al cristiano. Sólo el amor-caridad. Todos los fieles cristianos estamos “llamados por Dios, para que, desempeñando su propia profesión guiados por el espíritu evangélico, contribuyan a la santificación del mundo como desde dentro, a modo de fermento”[6]. Los paganos decían de los cristianos: «Mirad cómo se aman»; el amor era la señal de que allí había cristianos: «La caridad para con Dios y para con el prójimo sea el signo distintivo del verdadero discípulo de Cristo»[7]; “en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis caridad unos con otros” (Jn 13,35).
………………………………………. [1] «Oeuvres», IV, p.635. [2] GONZALEZ-BALADO, J. L., Madre Teresa de Calcuta, Acento Ed., Madrid, 1998, p.12. [3] ATENAGORAS, «Súplica en favor de los cristianos», cap. 8-10. [4] CARRETO, C.: «Yo, Francisco», Paulinas, Madrid 1981, p. 45. [5] LEVINAS, E.: «De otro modo que ser, o más allá de la esencia», Sígueme, Salamanca 1987, p.226. [6] VATICANO II Lumen gentium, n. 31- [7] VATICANO II, LG, n.42.
|
Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

