Así dice la primera lectura de la liturgia de la misa de hoy, 8 de noviembre, en Fil 3,20. Que empalma muy bien con el Evangelio de hoy, que termina diciendo “los hijos del mundo son más astutos que los hijos de la luz” (Lc 16,8 ).
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses 3, 17 – 4,1
Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros.
Porque —como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos— hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; solo aspiran a cosas terrenas.
Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo.
Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo.
Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.
Esta precisa carta de san Pablo, como todas ellas, es de una precisión impactante, de una concreción indubitable, Los que caminan como enemigos de la cruz Cristo, los que contrarían su voluntad, su doctrina, los que viven engolfados en apetencias materialistas, enfocados exclusivamente en las cosas del mundo, esos se encuentran en camino de perdición; arrastrados por el apego a las cosas de la tierra, despreciando las del cielo, se hallan en el grave riesgo de acabar pereciendo, condenados, por el alejamiento del Salvador.
Nuestro existir como cristianos no es otro que adquirir el estilo de Cristo, es decir, vivir conectados con el Padre del cielo, desapegados de las cosas que aquí abajo, como sobrevolando esta realidad temporal, flotando sobre lo mundano, pues nuestro destino en su destino: ascender al cielo para estar con el Padre.
Muy a propósito, el evangelio según san Lucas 16,1-8) de también hoy dice conectando con esto:
En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «Había una vez un hombre rico que tenía un administrador, el cual fue acusado ante él de haberle malgastado sus bienes. Lo llamó y le dijo: «¿Es cierto lo que me han dicho de ti? Dame cuenta de tu trabajo, porque en adelante ya no serás administrador.» Entonces el administrador se puso a pensar: «¿Qué voy a hacer ahora que me quitan el trabajo? No tengo fuerzas para trabajar la tierra y me da vergüenza pedir limosna. Ya sé lo que voy a hacer, para tener a alguien que me reciba en su casa, cuando me despidan.» Entonces fue llamando uno por uno a los deudores de su amo. Al primero le preguntó: «¿Cuánto le debes a mi amo?» El hombre respondió: «Cien barriles de aceite.» El administrador le dijo: «Toma tu recibo, date prisa y haz otro por cincuenta.» Luego preguntó al siguiente: «Y tú, ¿cuánto debes?» Éste respondió: «Cien sacos de trigo.» El administrador le dijo: «Toma tu recibo y haz otro por ochenta.» Y el amo alabó al administrador injusto, porque había actuado con astucia. Ciertamente, los hijos de este mundo son más astutos con su propia gente que los hijos de la luz».
La gente que se conduce según los criterios de la lógica mundana, a hora de obtener mejores réditos materiales, son más eficaces, obviamente, de los que viven embelesados en las cosas del cielo. Es decir, que es normal que los hijos de la luz o del cielo, lleven la de perder en los negocios de la vida de tejas para abajo; pues no actúan con la astucia o zorrería de los que apasionadamente enfocan todos sus esfuerzos en estos objetivos mundanos, y e incluso, en los que pueden, como en el caso del protagonista del Evangelio, jugar sucio, es decir, en la actualidad: escaquearse de pegar impuesto, no dar facturas o darlas sin IVA, etc., es decir, sacar ventaja en un competencia desleal, en detrimento del honrado.
Nota:
Sobre el Evangelio pueden leer más AQUí.
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