Solzhenitsyn

Hace un siglo, el día 11 de este mes de diciembre de 1918, nació Aleksandr Solzhenitsyn, y moría en agosto de 2008. Como homenaje a esta figura extraordinaria, queremos exponer algunos de sus sabios pensamientos, que hemos escogido de algunos artículos suyos en la revista Blanco y Negro[1].

 

La acumulación constante de bienes no aporta nada a la realización personal.

Mentes preclaras han comprendido que la posesión no era un fin en sí misma, que debería estar subordinada a principios superiores, tener una justificación espiritual, una misión precisa.

Ante el ritmo espasmódico de este Progreso centrado en la técnica, ante la información  superficial, los espectáculos fáciles que nos inundan el alma no se desarrolla en absoluto (…). Nuestra cultura se empobrece poco a poco.

La sobreabundancia deja en el corazón una lacerante tristeza.

Imposible confiar todas las esperanzas a la ciencia, a la tecnología, al crecimiento económico.

Sus dones nos enriquecen, pero nos someten también a la esclavitud. Todo  se reduce ya a «interés», nos conminan a velar por los nuestros, todo es lucha por los bienes materiales; pero una voz interior nos dice que nos dejamos en ello algo puro, superior y frágil. Ya no discernimos siquiera «el sentido, la finalidad», de nuestra existencia.

Atrapados en ese movimientos vertiginoso, ¿para qué vivimos? Las cuestiones eternas permanecen. 

Apatía muy marcada con respecto al prójimo. 

 Intentar ponerlo (el progreso) al servicio de los intereses del espíritu humano. 

Hemos perdido la armonía con la que fuimos creados, la armonía interior entre nuestro ser físico y nuestro ser espiritual. Hemos perdido esa claridad de espíritu que nos era propia, cuando los conceptos del Bien y del Mal no se habían convertido aún en motivo de escarnio, descalificados con el pretexto de que son supuestamente equivalentes.

Nada expresa con mas elocuencia nuestra impotencia mental, nuestro desasosiego intelectual, que la imposibilidad actual para hacer frente a la «muerte» con serenidad.

Existencia agitada, insaciable y trepidante.

(El hombres) se ha tomado por el centro de todo, adaptando el mundo a él más que adaptándose él al mundo.

Al negarnos a aceptar un Poder superior inmutable que nos supera, hemos colmado el vacío a golpes de imperativos personales y, súbitamente, nuestra vida se ha vuelto espeluznante.

¿Por qué no vivir como queremos? Y esta gran amenaza (el peligro nuclear) sirvió a la vez para poner un freno al desarrollo del espíritu humano y para aplazar todo reflexión sobre el sentido de la vida.

Aunque  el ideal terrenal del socialcomunismo se haya hundido, los problemas que pretendí resolver permanecen: la utilización cínica de las posiciones sociales y el poder desmesurado del dinero que, a menudo, dirige el verdadero curso de los acontecimientos.

  ..ooOoo..

 

 Ha llegado la hora de limitar nuestros deseos. Es difícil que uno llegue por sí mismo al sacrificio y a la renuncia ya que, tanto en nuestra vida privada como en nuestra vida, pública y política, hace mucho que hemos arrojado al fondo del océano la llave de oro de la moderación. pero el autocontrol es la actitud primordial y la más sabia para todo hombre que ha accedido a su libertad. 

Si no aprendemos a limitar rigurosamente nuestros deseos y nuestras exigencias a subordinar nuestros intereses a los criterios morales, la Humanidad entera se desgarrará entre sí, ya que los peores aspectos de la naturaleza humana enseñarán los dientes.

No hay más que una manera de experimentar una verdadera satisfacción espiritual  -y  no es cogiendo, sino negándose a coger-. Dicho de otro modo, con autolimitación.

 Ante las condiciones cada vez más complejas de la modernidad, limitarnos a nosotros mismos es el único camino para preservar la Humanidad. Lo cual nos ayudará a recuperar la conciencia del Altísimo que está ahí, por encima de nosotros, sí como un sentimiento totalmente perdido: el de la humanidad ante El.

 No puede haber más que un verdadero Progreso: la suma de los progresos espirituales ignorados por los individuos, el grado de perfeccionamiento moral alcanzado a lo largo de su vidas.

 ..ooOoo..

  

La utilización desvergonzada de la posición social y el inmenso poder del dinero, que frecuentemente han dirigido el curso de los acontecimientos.

Muchos saludaron el siglo XX como una era de elevado racionalismo, sin imaginar en absoluto los horrores antropófagos que traería. Parece que sólo Dostoievski previno la llegada del totalitarismo. El siglo XX  no asistió a un aumento de la moral de la humanidad. Por el contrario, se llevaron a cabo exterminios a una escala sin precedentes, la cultura cayó y el espíritu humano entró en declive (por supuesto, el siglo XIX contribuyó en gran medida a urdir este desenlace).

(El Tercer Mundo) representa unas cuanto quintas partes de la Humanidad y pronto representará cinco sextas partes, con lo que se convertirá en el componente más determinante del siglo XXI. Ahogado en la pobreza y en la miseria, sin duda pronto presentará a las naciones avanzadas una lista de reivindicaciones en constante aumento.

Occidente no se sienta como una especie de fortaleza, que de momento está segura, pero claramente asediada.

Occidente no puede perder de vista sus propios valores ni la estabilidad, históricamente única, de la vida cívica bajo el imperio de la ley: una estabilidad ganada con esfuerzo que proporciona independencia y espacio a todos los individuos.

Ha llegado el momento de que limitemos con urgencia nuestras necesidades. Nos resulta difícil acostumbramos al sacrificio y a la abnegación porque por hace mucho que en la vida política, pública y privada hemos tirado al mar la llave de oro del autodominio. Pero el control es la decisión más sabia de un hombre que ha obtenido su libertad. También es el camino más seguro para lograrla. No debemos esperar a que los acontecimientos externos nos presionen con intensidad e incluso acaben derribándonos. Debemos aprender a aceptar la inevitable evolución de los acontecimiento gracias a un prudente autodominio.

Inmersos en una carrera económica, nos vamos envenenando.

 Si no aprendemos a refrenar con firmeza nuestros deseos y exigencias; a subordinar nuestros intereses criterios morales, nosotros, la Humanidad, terminaremos destrozados.

El autodominio nos parece inaceptable, incluso repulsivo, porque a lo largo de los siglos hemos perdido una costumbre que para nuestros antepasado era un hábito surgido de la necesidad. Ellos vivían con limitaciones externas, mucho mayores y tenían muchas menos oportunidades. Hasta este siglo no se ha planteado la necesidad del autodominio.

Pero todos vemos y notamos que se avecina algo muy diferente, algo nuevo y tal vez bastante siniestro.

 ..ooOoo..

  

Entre los hombres de Estado, las aspiraciones morales siempre han cedido el paso a los objetivos políticos pero, hoy, sus decisiones tienen consecuencias de una envergadura completamente diferente.

 Si la gestión de un  Estado, de un partido, de una política no se apoyara sobre ninguna base moral, sería inútil hablar de un futuro de la Humanidad.

Si un Esta do regula su política y un individuo su comportamiento según su brújula un individuo su comportamiento según su brújula moral, su actitud no sólo se convierte en la más humana posible, sino que representa además la mejor garantía, a largo plazo, de sus respectivos futuros.

¿No corremos el riegos de perder algo en esta carrera de progreso? Se pensaba con entusiasmo que todos los aspectos de la existencia y la humanidad misma se verían con ello profundamente transformados. Esta interpretación de intenso optimismo indujo a Marx, por ejemplo, a concluir que la Historia nos llevaría directamente a la justicia, y sin la ayuda de Dios.

La naturaleza humana no se ha civilizado nada al entrar en contacto con él (el progreso). Sólo se había olvidado una cosa: el alma humana. Hemos dejado que nuestras necesidades crezcan sin trabas. En la actualidad, en el estado de confusión que nos es propio, ya no sabemos ni siquiera hacia qué orientarlas.

Todo acontecimiento, toda acción, toda intención, en último análisis, no vale más que en términos de conformidad con la ley. 

..ooOoo..

 

ACTUALIDAD CATÓLICA

 

[1] «Fin de Siglo», Rev. Blanco y Negro, 7-11-1993; pp. 5s.; «El siglo de la crisis», Blanco y Negro, 12-12-1993, pp.7-8; «El final del final de la historia», Rev. Blanco y Negro, 24-3-1994, pp.6-8; «Etica y política», Blanco y Negro.

 

 


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.