Cada vez hay menos jóvenes creyentes en nuestras sociedades occidentales. ¿Cuál es el futuro de la religión? ¿Acabará desapareciendo? ¿Se puede vivir plenamente y en todo tiempo ignorando su realidad?
La religión, pese a ser asediada y combatida y a todos los cambios sociales y culturales habidos, seguirá siendo de capital importancia para la humanidad. “Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna”, dijo Pedro” (Jn 6,68). Mientras los humanos nos preguntemos si merece la pena vivir, seguirá habiendo religiones. Dios está en el origen mismo de la pregunta existencial del hombre. El mundo carece de sentido sin Él. Los carecen de fe y religión ante la evidencia de esa constante en el ser humano como es la figura de Dios, su imposible expulsión y la realidad de la espiritualidad humana, afirman que es posible que siempre exista la religión, pero no como ustedes creen, sino como algo estético… Al igual que habrá siempre arte, habrá religión. Pero, en definitiva, nada serio y de importancia. Las preguntas comprometedoras sobre el sentido y el origen de la vida, sobre el enigma del mal y de la muerte, sobre el más allá, son interrogantes que jamás se han podido eludir. No se trata de una pose estética. El miedo por la propia existencia es una experiencia central del hombre como ser limitado y amenazado por la muerte. Ésta es el máximo enigma de la vida humana. Los partidario de la increencia tiran de Epicuro, “mientras yo esté, la muerte no está; cuando ella esté, ya no estaré yo”. No entra, en el horizonte mental de los que no creemos, el ser liberarnos o recatados de la muerte. Así, pues, mejor obviarla. Pero eso no resuelve gran cosa… Yo me niego a resignarme a que la muerte, la nada, tenga la última palabra. La existencia estaría ensombrecida por un amargo sentimiento de absurdo. A pesar de lo que usted dice, la gente en general, aun no creyente, siente pavor a la muerte. Hoy se la trata de ocultar y de no pensar en ella, ni en el sentido de la vida. Se ha convertido en un tabú. Pero algo, por no hablar de ello, no va a dejar de existir ni de ser una realidad que nos deje tranquilos. La muerte nos sitúa cara a cara ante la realidad insobornable. El misterio anónimo de nuestra existencia volverá una y otra vez a circundarnos en las horas decisivas de la vida. Los escépticos se resignan a capear con una realidad insobornable, y piensan así: Si se piensa despacio, intelectualmente no hay ninguna razón de peso para vivir… La vida es dolorosa, sin sentido… Es cuestión de asumir con valentía nuestra nada, nuestra insignificancia, el absurdo de estar aquí por azar. Simplemente. Si aceptáramos que el mundo es fruto del azar, si éste estuviera al principio y la nada al final…, entonces queda en entredicho la dignidad humana. Decía un paisano suyo, Albert Camus: “La muerte exalta la injusticia. Ella es el abuso supremo”[1]. Sin resurrección no hay ninguna antropología aceptable para la dignidad de la persona humana. Toda concepción del mundo que no incluya la muerte, que pretenda olvidarla, no puede ser más que ilusión. Sólo si Dios existe nos liberamos del absurdo y de la humillación de haber sido para nada. Que Dios exista es la única respuesta digna y satisfactoria a la muerte. Sin resurrección no hay justicia. En ser humano se da una ferviente e implacable nostalgia de la justicia completa. Dios como la posibilidad de justicia a los desheredados y a las víctimas. Decía Platón: “tengo la firme esperanza de que existe alguna cosa después de la muerte, algo que es mucho mejor para los buenos que para los malos”[2]. Ha habido a lo largo de la historia maravillosos gestos de heroísmo, de amor, de generosidad, de sacrificio, de ternura…, extremos, que no quedarán defraudados.
[1] El mito de Sísifo; “Obras completas”, Aguilar, México, 3ª ed., 1973, t.2, p.189. [2] Fedón, c. 63. |
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