Sobre la oración

         “La oración dirigida a Dios es necesaria por causa del mismo hombre que ora, a fin (…) de que se haga idóneo para recibir”. (Santo Tomás de Aquino[1]).

 

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           Habíamos dejado Pekín temprano. La víspera había dicho a mi guía:

           —Ojalá que mañana haga buen tiempo.

           Pues bien, aquella mañana fue de nieve y de niebla. Con mirada maliciosa me pregunté:

           —Entonces, no has rezado?

           —Si, pero no para pedir sol. La lluvia es quizás mejor para los arrozales. He rezado para que tú y yo tengamos buen humor sea cual sea el tiempo; por lo demás es sobre nuestra libertad, en primer lugar sobre lo que debe actuar nuestra oración.

          —¡Ah! ¿Hay cosas escritas allá arriba?.

          —Si.

           —¿Puede usted enviármelas?

           —Sí, por supuesto.

           Luego nos internamos en la montaña.[2]          

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La oración es para el ser humano, que es quien la necesita…; Dios no necesita nada.

La oración es para el bien del ser humano, pero ha de hacer desde la generosidad y no egoístamente.

Dios oye la oración, a veces tarda, pero siempre la oye, y los resultandos se ven, se verán… porque la oración no cae en saco roto y el algún lugar y en alguien la gracia a la que Dios vincula.

La oración tiene efectos en el plano espiritualmente, fundamentalmente; puede haberlos también en lo material, pues Dios quiere la felicidad de sus hijos. Pero lo que Dios tiene un designo de santidad, para el bien del alma, para su salvación.  

En la oración, entre otras cosas y muy especialmente, cabría decir que más que hablar a Dios hay que escucharle, saber lo que quiere, cual es su voluntad… y aceptarla y asumirla como nuestra.

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         La oración de Abrahán intercediendo ante Dios a favor de Sodoma y Gomorra (Ge 18,23-32) es una preciosa ilustración de lo que dice santo Tomás.

         “…¿no perdonarás a aquel lugar por los 50 justos que hubiera dentro..?

         …¿y si faltaran cinco para los 50…?

          …¿y si fueran solamente 40…?

          …¿y treinta?

           …¿veinte?

           …¿diez?”

          ¿No sirvió para nada la oración de Abrahán? Sí, para mucho: para que, cuando se cumplió la voluntad de Dios, comprendiera que era justo y pudiera aceptarla. La oración no es para cambiar a Dios, sino a nosotros. No es para adaptar la voluntad  de Dios a la nuestra, sino la nuestra a la de Dios. “Padre mío, si es posible que pase de mi esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tu” (M 26,39).[3]

 

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[1] Compendio de teología, lib. II, cap. 2, Rialp, Madrid, 1980, pp.340-341.

[2] BRO, B., La rueda de molino y la cítara, Sígueme, Salamanca, 1986, p.103.

[3] GONZALEZ-CARVAJAL, L., Esta es nuestra fe, Sal Terrae, Santander, 1984, pp.146-147.

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