¿Para qué sirve creer? (II)

 

Creer sirve:

Para alcanzar lo máximo: la santidad.

Para amar, entregarnos hasta no pertenecernos a nosotros mismos.

Para ser fieles, contra viento y marea, a un compromiso adquirido ante el Altar.

Para perdonar siempre y más allá incluso de lo que parece razonable, setenta veces siete.

Para ser moralmente íntegro, a cualquier precio, y sin buscar autojustificarme.

Para hacer el bien anónimo, sin que nadie sepa quién lo ha hecho, y sin recibir recompensa.

Para callar, aunque podrías defenderte al ser tratado injustamente; todo porque cumples la voluntad de Dios que lo quiere así.

Para tomar una decisión, escuchando puramente por la exigencia más íntima de su conciencia, aún en contra de tus intereses.

Para hacer cualquier sacrificio secreto, que redunde místicamente en bien de los demás, que constituyen la comunión de los santos.

Para tener una actitud de dar más que de tomar en el trascurrir cotidiano.

Para aguantar y no rendirse cuando te sientes solo, acorralado, impotente y vencido por los avatares de la vida: la vejes, la enfermedad, la carencia de recurso, la soledad, el desengaño, la frustración, el dolor,…

Para mantener viva la esperanza frente a la insignificancia y hasta el sentir vacio de una existencia aparentemente inútil.

Para afrontar un vivir diario, que ya no dice nada, con serenidad y constancia hasta el final.

Para no complicar la vida a los próximos, aún cuando podríamos plantear algún tipo de exigencias, como progenitores, pero no quiere resultar una carga.

Para cuando el caer se convierta en un verdadero estar de pie.

Para afrontar el agotarse de la vida y la muerte con serenidad y paz.

Para dedicar la vida a el bien de los demás, en lugar el interés propio, cuando esto hubiera podido suponer haberlo tenido “todo”.

Para ser paciencia y esperar contra toda esperanza a pesar de lo inevitable de las imitaciones, la decrepitud, el sufrimiento o la muerte inminente.

Para estar siempre alegres, con “la alegría que nadie nos podrá quitar”, que dice Jesús,  pese a los sinsabores de la vida y aún cosas mayores, como el ser perseguidos por amor a la Justicia.

Para estar alegres con la felicidad del otro, y no tristes, fruto de la envidia, que se cuela por las grietas de un corazón no santificado por la fe de un continuo vivir en gracia.

Para tener esa tonalidad espiritual que aflora siempre amable, acogedora, servicial, dulce, atenta, comprensiva, bondadosa... para con el otro.

Para no responder el mal con mal, con ánimo de venganza o compensación, sino con bien.

Para ser comprensivo, tolerante y soportar con mansedumbre las deficiencias ajenas y también las propias.       

Para que las críticas, desconsideraciones, desprecios, difamaciones y las faltas de los demás, no te afecten tanto, y seas capaz de guardar silencio, a imitación de Cristo vilmente ultrajado.

Para establecer, consolidar e incrementar en tu personalidad valores y sentimientos de nobleza, bondad, generosidad, piedad, respeto, fidelidad, solidaridad, mansedumbre, caridad, justicia, humildad, pureza de corazón, sin dobles intenciones, amando la verdad…

Para no sentirse nunca solo, y siempre amado por un Amor que trasciende los límites de nuestra historia.

Para dar gracias  por la vida, y saber a Quién.

Para ser salvo y ganar la vida eterna. Porque“¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? (Mc 8, 36).

¡Todo es gracia!

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