Si nos asomamos a la realidad circundante nos damos cuenta de una evidencia: el mundo no va a mejor, humanamente hablando. Hay muchos avances tecnológicos y de otros tipos, pero en plano propiamente de la persona humana es obvio que no se está progresando, más bien todo lo contrario, los corazones no han mejorado sino que hay una involución en cuanto a sus virtudes y bienes espirituales, así como en cuanto a la sensibilidad moral.
Esa merma espiritual y moral del ser humano actual coincide —sospechosamente— con el aumento del ateísmo; lo que nos lleva a concluir que hay una clara causa-efecto. Es decir, si Dios no existe el ser humano empeora; lo coherente es ser amoral.
Hay una evidente irresponsabilidad en hacerse cargo de uno mismo moralmente. Con toda evidencia se cumple lo de afirmaban muchos intelectuales, valgan estos tres ejemplos: F. Dostoievski, en Los hermanos Karamazov : «Si Dios no existe, todo está permitido«, Rousseau: «La experiencia demuestra que el hombre no puede ser virtuoso sin religión«, Jacinto Benavente: «Sin espíritu religioso no puede haber honradez«.
Esta es una verdad que no se admite fácilmente; muchos laicistas materialistas anti-Dios se resisten a que sea así. Y en cualquier caso, se vive sin tenerlo en cuenta, sin asumir que existe hoy día ese quebrando moral y ese empobrecimiento del alma humana. Hay mucho fanático de salirse con la suya, mucho soberbio… que no está dispuesto a corregirse, a cambiar, a admitir que Dios —cuanto menos— es un factor de bien.
Esta es la realidad insobornable: la corrupción, el egoísmo, el vicio, la violencia, las agresiones de todo tipo, los abortos, los homicidios, los suicidios, los delitos, las injusticias y toda clase de pecados se dan proporcionalmente en la medida de si se es menos creyente. Y esto es así, se quiera admitir o no; los datos lo corroboran, hablan por si sólo y no hay opinión probatoria que los contradiga.
Joel Marks, filósofo laico —ateo— de la Universidad de New Haven, en su Manifiesto amoral reconoce: «He hecho el sobrecogedor descubrimiento de que los fundamentalistas religiosos tienen razón: sin Dios no hay moralidad. El ateísmo implica amoralidad«.
De modo que, siguiendo una razonamiento elemental, ante el avance del ateísmo ya sabemos lo que nos espera: el porvenir de un ser sin conciencia, inmoral o amoral. Y esto ¿qué supone?, ¿qué significa? ¡Nada bueno!
Si la cosa no va a mayores, más aceleradamente, es porque Dios, pese a todo, no abandona nunca al ser humano, su obra suya creada por amor. Dios en su infinito misericordia, aunque el hombre le niegue, le ignore o renuncie a Él, no hará lo mismo. Estará siempre ahí, cuidándole, para que no se pierda del todo.
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