La fidelidad de Dios es más fuerte que la infidelidad del hombre (Rom 11,28-29).
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Hace tiempo y en unas lejanas tierras, un monarca, para evitar la mendicidad en su reino, puso en práctica una singular y atroz medida: aquel que diera limosna a un pobre le sería amputada la mano que la de.
La medida fue eficacísima.
Sin embargo hubo quien obedeciendo a su conciencia transgredió la prohibición. En cierta ocasión, una joven llena de conmiseración ante la solicitud de un pordiosero moribundo ofreció una pequeña limosna, y consecuentemente, al ser sorprendida por la guardia real, le fue seccionada la mano.
Por aquel entonces, el monarca que había enviudado, buscaba esposa. Después de mucho transitar por todo el reino sin encontrar a la deseada futura reina, cierto día se fijó inesperadamente en el rostro bellísimo de una joven, quedándose prendado de su semblante noble y bondadoso.
Pero… ¡Oh!… A aquella doncella le faltaba una mano. Cuando el joven monarca se enteró, montó en cólera y juró aplicar “el ojo por ojo” y cortar al responsable aquello no solo una mano sino las dos.
La muchacha, al saberlo, se ocultó. Durante mucho tiempo la buscaron por todo el reino; cuando por fin dieron con ella, la condujeron a presencia del rey. La joven se negó, rotunda, a decir cuál era la causa y quién el responsable de la amputación.
—¡Dime quién te ha hecho eso, y ahora mismo ejecutaré el juramento que hice!
Ella se negó una y otra vez, y por fin dijo:
—¿Y si fuera Vuestra Majestad… lo haríais?
—Sí, lo haría —dijo categórico.
La muchacha se echo a llorar; pero no dijo nada. Y se retiró, tan sólo con la promesa de hacérselo saber.
La joven angustiada, desapareció. Por muchos años la buscaron inútilmente. En aquel tiempo el monarca supo la razón de su huida, y que en definitiva el mismo era el responsable último…
En cierta ocasión, el rey, que jamás había podido olvidar los ojos de aquella joven, como un relámpago los descubrió tras el velo de cubría un rostro en medio de la multitud. Se acercó con su comitiva, y le mandó descubrirse…
—¿Por qué os habéis ocultado de mí? ¿No deseabais ser la reina? O ¿Acaso no soy de vuestro agrado…; no me amáis, tal vez?
Ella, mirando las manos del monarca, se echó a llorar descansadamente… Se mantuvo en silencio un instante, y enjugándose los ojos, dijo digna, con palabras que, como un sable, atravesaron el pecho del monarca:
—Veo, Majestad, que poseéis las manos. No habéis sido fiel a vuestro juramento… Mi corazón no os puede amar.
Se cubrió de nuevo el rostro, y se alejó perdiéndose entre la multitud.
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David falló a Dios, «el niño bonito de Yahve», al quien le había ungido como rey y le había hecho triunfar sobre todos los enemigos, y, además, le prometió: » Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí, y tu trono será estable eternamente» (Cf. 2 Samuel 7). David fue infiel a Dios: Se acostó con la hermosa Betsabé, esposa de Urías, a la que dejó embarazada, y luego, procuró eliminar a éste, dando está orden al comandante de su ejército, cuando iba a entrar en batalla: “Pon a Urías en el sitio más peligroso de la batalla y déjalo solo para que lo maten”. (Cf. 2 Samuel 11)
David montó en cólera contra aquel hombre y dijo a Natán: “Vive Yavé que el que ha hecho tal cosa es digno de muerte, y pagará cuatro veces el valor de la corderilla por haber hecho esto y haber obrado sin piedad.”
Natán dijo entonces a David: “¡Tú eres ese hombre!” (2Sam 12,5-7).
Pese a todo –como ocurre siempre a lo largo de la historia de los hombres– Dios se mantuvo fiel a su compromiso misericordioso: La fidelidad de Dios es más fuerte que la infidelidad del hombre (Rom 11,28-29).
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Que la bondad y la fidelidad no te abandonen; 7 átalas a tu cuello, escríbelas en la tablilla de tu corazón;
Así encontrarás favor y éxito perfecto/ a los ojos de Dios y de los hombres.
Confía en Yavé de todo tu corazón, / y no te apoyes sobre tu propia prudencia. (Prov 3,3-5).
La primera, tanto para con uno mismo como para con los demás, muestra de respeto es el de ser sincero con uno mismo. Ser fiel a sus creencias, verdades y principios fundamentales. No renegar de ellos, pases lo que pase; aunque en ello vaya la vida.
Ser fiel a la conciencia de unos mismo es lo mejor y único importante. Lo peor no es equivocarse sino traicionarse.
Lo que Dios pide es que le seamos fieles.
Siempre fieles, aún cuando azote la dificultad y los temores lo cuestionen todo, y todo parezca venirse abajo. Así será probada la fe; se sabrá su valor y peso.
La fidelidad a Dios sería manifiesta ante la adversidad. «Manténte fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida« (Ap 2,10b).

