|
Estos son los primero mártires, anónimos. Fueron asesinados, inocentes, como consecuencia de la primera persecución del Maligno contra Cristo. Jesús vio a proclamar la buena noticia, el evangelio del Reino de Dios, del reinado del espíritu de gracia que había de mover los corazones al ritmo del amor divino. Y ante esta «amenaza» para el rey Herodes, éste decide «cortar por lo sano» y acabar con todos los niños —menores de dos años— entre cuyas edades podría estar incluido Jesús. ¡Tremendo! Pero así de destructora obra la maldad de las tinieblas.
Jesús se salvaría de aquella horrible matanza, que acabó con la vida de entre 10 y 20 niños, según los exegetas. Un ángel le avisó a san José los propósitos de Herodes… De modo que el padre adoptivo de Jesús tomó medidas y puso «pies en polvorosa», poniéndose a buen recaudo, en dirección a Egipto según le había indicado en sueño un ángel. Amén de lo que hoy sucede, en cuanto a la muerte de inocentes (abortos), de lo que en otro momento entraremos, y que obedece a una lógica también de seguir pensando en uno mismo y evitar cualquier amenaza para los intereses propios; nos vamos a centrar en una particularidad distinta: Aunque Dios es el protagonista al que el Mal persigue…, las dificultades y los peligros no le son evitados, por «arte de magia». Es decir, que no hubo ningún milagrito o actuación sobre humana, para evitar que las tropas de Herodes (cegadas, o algo semejante) no encontraran a la familia de José y degollaran a Jesús. San José, María y a Jesús, sobre una mula, perdieron hacia Egipto. Dios se despojó de su omnipotencia, para parecerse a nosotros y someterse a las «reglas de juego» de este mundo. No se le ahorró ningún esfuerzo humano (como a todo hijo de vecino) de hacer todo cuanto estaba a su mano para llevar a cabo la voluntad divina dentro de los parámetros y contingencias de la vida humana. Dios quiso hacerse uno de tantos y en esas mismas circunstancias. A lo largo de su vida humana, no se ahorro por pasar por lo que pasamos los demás: experimentó la pobreza, sufrió, lloró, durmió a la intemperie, etc. No tuvo privilegios. El dueño de todo careció de todo. Imagínense por un instante: llegando a un pueblo que no es el suyo, donde la gente no les acoge ni les brinda sito, que tengan que ocupar una cueva que hace de establo, para guarecerse y pasar la noche. Y una chica joven, primeriza, dando a luz, en esas condiciones. Luego, el recién nacido alojado entre pajas en un pesebre que hace de cuna… En fin, ese era Dios. Increíble. Pero es verdad. Sólo Dios sería digno de creérsele por una cosa así. Y lo creemos. |
Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

