Tabor

Templo edificado en el lugar de las transfiruaciones en el monte Tabor

En el Evangelio de la liturgia de la misa de hoy, 18 de febrero, se narra la experiencia contemplativa de la transfiguración del monte Tabor. (Abajo puede leer el Evangelio según san Marcos 9,2-13).     

        Su cara era como el sol que brilla en todos su esplendor (Ap 16b).

     Mientras El oraba cambió el aspecto de su rostro, y sus vestidos se tornaron de una blancura resplandeciente (Lc 9,29).

       “El fuego es por naturaleza incorpóreo e invisible; pero cuando se aplica a algún cuerpo, asume un color distinto según los materiales que quema. De la misma manera, el Espíritu Santo no puede ser visto, si no es por medio de las criaturas en las cuales El opera” (San Antonio de Padua) (1).

 *****

           Domingo, por lo general poco expansivo, me vio pasar por delante de su casa, me saludó y me invitó a sentarme a su lado. Domingo dio una orden dentro del rancho:

           Negra, el hermano va a quedarse a cenar con nosotros.

           La «negra» se asomó sonriente a la puerta y dijo:

           Domingo, hay poco para cenar: ¿no sería mejor invitarlo otro día?

           Pero Domingo insistió, y yo sentí que tenía que quedarme, precisamente porque no tenían nada para darme. Al poco rato; llegó a la mesa un plato de pastas hervidas, sin condimento, y eso era todo.  Estamos los tres en silencio tranquilo de la noche, pues los niños están todos durmiendo en la única cama, en la que siempre queda lugar. En cierto momento, vi que se iluminó el rostro de Domingo:

          Negra, somos verdaderamente felices, nos queremos, tenemos buena salud, Dios está con nosotros esta noche por la presencia del hermano, todo lo tenemos.

           La negra hacia el comentario musical con su sonrisa. Hubiera deseado fijar ese momento… No, no era «fatalismo».

           Domingo era un buen trabajador, pues gozaba de buena resistencia muscular y habilidad en el corte, pero era fácil a incomodarse, enojoso, contestatario, «nunca está contento», decía de él el capataz. En aquel momento, tenía Domingo su éxtasis contemplativo: descubría en su «nada» una mirada que se posaba en él con amor. Domingo me regaló aquella noche esa perla preciosa de que habla el Evangelio.

 

           El resplandor de aquella noche en la mesa de Domingo, ilumina para siempre, definitivamente, esa profundidad del alma que no puede ser invadida por tinieblas.

           Yo pienso que Domingo tuvo este Tabor porque no estaba satisfecho, porque su pobreza no había calmado en él el «hambre y la sed de justicia», y precisamente por esto no me comunicó la pasión estática y estúpida al fin de cuentas burguesa por llevar pantalones remendados y comer lo más desagradable, sino la alegría de compartir, y sobre todo la esperanza  y la esperanza es esencialmente movimiento hacia las cosas que hoy no se tienten. Lo que hoy no se tiene es, sobre todo, lo que es esencial, la igualdad y la fraternidad. Domingo me comunicó para siempre la energía para luchar por un día más justo y más humano. (1)

 *****

Somos ya transfigurados, santificados, «divinizados», por la gracia de Dios que opera en nosotros, los bautizados. El proceso ya se ha originado aunque todavía no culminado (beatificado).

Nosotros los bautizados somos los responsables de las transfiguraciones. No es Dios el que nos las niega, sino nosotros los que no nos prestamos a ellas.

Un cristiano que transfigure su imagen según la Imagen, Cristo, ha de irradiar los frutos de su Espíritu: amistad, paz, alegría, disponibilidad, fraternidad, bondad, gratuidad…

De quien dice ser cristiano necesariamente tiene que emanar una luz especial. Luz mística que, por otra parte, no todos captan: un corazón endurecido, superficial, en pecado o no gracia…, es incapaz de apreciarla. Quien es inocente, sencillo, sensible, quien tiene su interior lo suficientemente puro…, detecta no necesariamente en el consciente la iluminación transfigurativa de ciertas personas invadidas por lo divino.      

Si el hombre de fe -habitado por el Espíritu Santo- representa un cierto grado de misterio por la bondad de su talante para los demás, entonces la luz de Dios está próxima, como la aurora, a iluminar los corazones presentes.

El ejercicio de la bondad propicia una personalidad amable y tierna. Del hondón de este alma surge suave pero nítido el resplandor de su belleza, de su paz, de su dicha…, que se trasluce en su persona. Posee un «aura» propia, que lo imanta todo, su mundo se torna de alguna forma ininteligible bondadoso. Esa luz llegará a todo y a todos. 

Hay gente a cuyo lado todos se sienten bien. Un cristiano, que sea capaz de decir «ya no soy yo sino que es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20) tiene que producir esa sensación que producía Cristo al que se le aproxima, sobre todo con fe, con confianza, porque salía de él una virtud que curaba a todos (Lc 8,46).

Hay personas que transmiten buenas sensaciones, con las que uno contacta fácilmente, que da gusto estar con ellos, irradian paz, calidez, suavidad, dulzura… Rostros de una serena alegría que iluminan otros rostros, que contagian su amabilidad, su bondad, la santidad; un no sé qué cargado de afecto y amor, atmósfera cálida y envolvente. Dan testimonio de la presencia mística de la gracia del Espíritu de Cristo, que les habita.     

Si el Espíritu de Cristo glorioso está presente en nosotros, templos, entonces hemos de ser transparentes a El y ser signos del El en medio del mundo. El cristiano allí donde esté es un signo de paz, de serenidad, de armonía, de comunión…, gozo interior que sólo pueden provenir de una vida sustentada en el amor que comunica Cristo al entrar en íntima comunión con su Espíritu. Cuando hacemos sonreír de corazón a alguien; cuanto un rostro oscuro, apagado, lo iluminamos transformándolo en un semblante amable; cuando acogemos a alguien que se encuentra solo; cuando nos mostramos abiertos, confiados, haciendo nacer la confianza en alguien; cuando tratamos con respeto y cariño a alguien humillado; cuando a nuestro lado expandimos un clima de «buenas vibraciones», de afecto, de amor, de benevolencia, de mansedumbre, de misericordia, de justicia, de buena voluntad, de alegría…, estamos transfigurando el mundo, encarnando el Reino de Dios, según es espíritu de las Bienaventuranzas.

Los creyentes, coherentes con nuestra fe, hemos de irradiar con humildad y naturalidad un algo de divino, un misterio de gracia…  Somos portadores del glorioso Reino de Dios.

    

Transfiguración en el monte Tabor, Marcos (9,2-13):

En aquel tiempo, Jesús se llevó a Pedro, a Santiago y a Juan, subió con ellos solos a una montaña alta, y se transfiguró delante de ellos. Sus vestidos se volvieron de un blanco deslumbrador, como no puede dejarlos ningún batanero del mundo. Se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Entonces Pedro tomó la palabra y le dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien se está aquí! Vamos a hacer tres tiendas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.» Estaban asustados, y no sabía lo que decía.
Se formó una nube que los cubrió, y salió una voz de la nube: «Este es mi Hijo amado; escuchadlo.»
De pronto, al mirar alrededor, no vieron a nadie más que a Jesús, solo con ellos.
Cuando bajaban de la montaña, Jesús les mandó: «No contéis a nadie lo que habéis visto, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos.»
Esto se les quedó grabado, y discutían qué querría decir aquello de «resucitar de entre los muertos».
Le preguntaron: «¿Por qué dicen los escribas que primero tiene que venir Elías?»
Les contestó él: «Elías vendrá primero y lo restablecerá todo. Ahora, ¿por qué está escrito que el Hijo del hombre tiene que padecer mucho y ser despreciado? Os digo que Elías ya ha venido, y han hecho con él lo que han querido, como estaba escrito.»

 

………………………………………

1.- PAOLI, A.: «La Contemplación», Paulinas, Bogotá 1983, pp.66-68.

 

 

ACTUALIDAD CATÓLICA