El evangelio de la liturgia de la misa de hoy, 19 de febrero, Jesús pone de manifiesto a sus discípulos lo que significa creer en él, lo que conlleva su seguimiento, los riesgos de estar expuestos a un mundo que discrepa y con el que van a chocar; lo cual implica la cruz, el ser rechazados, perseguidos, avergonzados, humillados etc. El Señor no lo impone, sino que lo ofrece a nuestra libertad —»Si alguno quiere…»—, como una invitación a ser salvados.
Lectura del santo evangelio según san Lucas 9, 22-25
En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
Entonces decía a todos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?».
La disyuntiva es esta: seguir a Cristo o seguir al mundo: seguir los dictámenes del mundo, vivir una vida según la mundanidad, por muchos logros y satisfacciones que se consigan, a seguir a Cristo, que implica negación de sí y asumir cruces, como Jesús hizo, supone correr con el riesgo perderse, perdiendo la vida eterna, o la certeza de salvarla, salvándose de la mano de Señor al que sigue.
Jesús se muestra la relevancia del asunto y se manifiesta contúndete algo que vale para todos los que le quieran seguir como cristianos de todo tiempo, sin concesiones, sin dejar margen a la duda: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y me siga.»
Solo una vida centrada en el Evangelio, de seguimiento de Cristo, perteneciendo a su reino; es decir, dedicando su vida a procurar la salvación del alma, olvidándose de las cosas mundanas, de sus pasiones y ambiciones, etc., podrá ser salvo: “el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. Pues ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero y perder su alma?”
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Palabras del papa Francisco
(Ángelus, 30 de agosto de 2020)
Dirigiéndose después a todos, Jesús añade: «Si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, cargue con su cruz, y me siga». De este modo Él indica el camino del verdadero discípulo, mostrando dos actitudes. La primera es «renunciar a sí mismos», que no significa un cambio superficial, sino una conversión, una inversión de mentalidad y de valores. La otra actitud es la de tomar la cruz. No se trata solo de soportar con paciencia las tribulaciones cotidianas, sino de llevar con fe y responsabilidad esa parte de cansancio, esa parte de sufrimiento que la lucha contra el mal conlleva. La vida de los cristianos es siempre una lucha. La Biblia dice que la vida del creyente es una milicia: luchar contra el espíritu malo, luchar contra el Mal.
Así el compromiso de “tomar la cruz” se convierte en participación con Cristo en la salvación del mundo. Pensando en esto, hagamos que la cruz colgada en la pared de casa, o esa pequeña que llevamos al cuello, sea signo de nuestro deseo de unirnos a Cristo en el servir con amor a los hermanos, especialmente a los más pequeños y frágiles. La cruz es signo santo del Amor de Dios, es signo del Sacrificio de Jesús, y no debe ser reducida a objeto supersticioso o joya ornamental. Cada vez que fijemos la mirada en la imagen de Cristo crucificado, pensemos que Él, como verdadero Siervo del Señor, ha cumplido su misión dando la vida, derramando su sangre para la remisión de los pecados. Y no nos dejemos llevar a la otra parte, en la tentación del Maligno. Por consiguiente, si queremos ser sus discípulos, estamos llamados a imitarlo, gastando sin reservas nuestra vida por amor de Dios y del prójimo.
La Virgen María, unida a su Hijo hasta el calvario, nos ayude a no retroceder frente a las pruebas y a los sufrimientos que el testimonio del Evangelio conlleva para todos nosotros.
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Catena Aurea
San Cirilo
Convenía que los discípulos lo predicasen por todas partes. Esta era la misión de los escogidos por el Señor para el ministerio del apostolado. Mas como dice la Sagrada Escritura: «Hay un tiempo para cada cosa» ( Eclo 6), convenía que la cruz y la resurrección se cumpliesen y luego siguiese la predicación de los apóstoles. Y prosigue diciendo: «Porque conviene que el Hijo del Hombre padezca muchas cosas», etc.
San Ambrosio
Acaso porque sabía el Señor que el misterio de la pasión y de la resurrección era difícil de creer, aun para sus discípulos, quiso El mismo ser el anunciador de su pasión y resurrección.
San Cirilo
Los superiores de entre los generales excitan a sus valientes al valor en el manejo de las armas, no ofreciéndoles únicamente los honores de la victoria, sino diciéndoles también que su memoria será gloriosa si sucumben en la pelea. Esto mismo hace y enseña Jesucristo. Había predicho a sus discípulos lo conveniente que era el que El sufriese las calumnias de los judíos, que fuese muerto y que resucitase al tercer día. Para que no creyesen que Jesús padecía todo esto por la salud del mundo y que a ellos les sería permitido pasar una vida cómoda, dice que es necesario que cada uno ascienda por los grados de la perfección, por medio de iguales sufrimientos, cuando desea participar de su gloria. Por ello sigue: «Y decía a todos».
Beda
Dijo muy bien «a todos», porque lo que precede, relativo a la fe del nacimiento y pasión del Señor, lo trató separadamente, sólo entre El y sus discípulos.
Crisóstomo in Mat. hom. 56
Como es bueno y piadoso el Salvador, no quiso tener ninguno que lo sirviese como obligado sino, por el contrario, quienes lo sirviesen espontáneamente y le agradeciesen el poderlo servir. No obligando ni imponiéndose a nadie, sino persuadiendo y haciendo bien, es como atrae a todos los que quieren venir, diciendo: «Si alguno quiere».
San Basilio in cons. mon cap. 4
Cuando dice: «Venir en pos de mí» propone -a los que quieren obedecerlo- su propia vida como modelo de una vida perfecta. No insinuando que lo siguiesen corporalmente -lo que sería imposible a todos estando ya el Señor en el cielo-, sino con una imitación fiel de su vida, según la medida de nuestras fuerzas.
Beda
Si alguno no renuncia a sí mismo, no se acerca al que está sobre él. Por lo que sigue: «Niéguese a sí mismo».
San Basilio in regulis fusius disputatis ad interrog. 6
La abnegación de sí mismo quiere decir el olvido absoluto de lo pasado y la renuncia de la propia voluntad.
Orígenes tract. 2 in Mat
Se niega a sí mismo uno cuando la vida pasada en el mal se convierte en un buen régimen de nuevas costumbres, o en una vida de oración. El que ha vivido la vida del pecado deshonesto se niega a sí mismo cuando se vuelve casto. Del mismo modo, se llama negarse a sí mismo abstenerse de cualquier clase de pecado.
San Basilio ut sup
El deseo de sufrir la muerte por Cristo, la mortificación de los sentidos corporales -mientras se vive en la tierra-, el estar dispuesto a enfrentar cualquier peligro en obsequio del Señor y no aficionarse a las cosas de esta vida, es lo que se llama tomar su cruz. Por lo cual prosigue: «Y tome su cruz cada día».
Teofilacto
Llama cruz a la muerte ignominiosa, advirtiendo que el que quiera seguir a Cristo no debe huir el padecer por El aun la muerte más ignominiosa.
San Gregorio in Evang. hom. 32
La cruz puede llevarse de dos modos: cuando se mortifica el cuerpo por medio de la abstinencia, o cuando se apena el alma por medio de la compasión.
Griego
Con razón reunió estas dos cosas: «Niéguese a sí mismo, y tome su cruz». Porque del mismo modo que el que está dispuesto a subir a la cruz se resigna a la muerte en su alma y marcha no pensando ya en vivir, así el que quiere seguir al Señor debe desde luego renunciar a sí mismo y después llevar su cruz, de suerte que su voluntad esté pronta a sufrir toda clase de penalidades.
San Basilio ut sup, ad interrog. 8
La perfección consiste, pues, en tener el afecto en la indiferencia -aun de la vida-, y en estar siempre dispuesto a sufrir la muerte, no confiando en sus propias fuerzas. La perfección reconoce como fundamento las acciones exteriores. Por ejemplo, la renuncia de lo que se posee y de la vanagloria. También la renuncia de las afecciones a las cosas inútiles.
Beda
Se nos manda tomar todos los días nuestra cruz y, una vez tomada, seguir con ella a Jesucristo, que llevó su propia cruz. De aquí prosigue: «Y sígame».
Orígenes ut sup
Expresa la causa de esto, añadiendo: «Porque el que quisiere salvar su alma, la perderá». Esto es, el que quiere vivir según el mundo y continuar gozando de las cosas sensibles, éste la perderá, porque no la conducirá a los términos de la bienaventuranza. Y por el contrario, añade: «Y quien perdiere su alma por amor de mí, la salvará». Es decir, el que menosprecia las cosas sensibles, prefiriendo la verdad -aun exponiéndose a la muerte-, éste que por decirlo así, pierde su alma por Cristo, más bien la salvará. Por tanto, si es bueno salvar el alma (con relación a la salvación que está en Dios), cierta perdición debe ser buena para el alma, es decir, la que se hace en vista de Cristo. Me parece también que se refiere a lo que precede, de renunciar a sí mismo, el que conviene que cada uno pierda su alma pecadora para tomar aquella que se salva por la virtud.
San Cirilo
Que el ejercicio de la pasión de Cristo supera incomparablemente las delicias y preciosidades del mundo, lo insinúa añadiendo: «¿Qué aprovecha al hombre ganar todo el mundo, si se pierde a sí mismo y perjudica?». Como si dijese: cuando alguno, considerando los placeres y los bienes presentes, rehúsa sufrir y elige vivir de una manera espléndida, si es rico, ¿de qué le aprovechará todo esto, si pierde su alma? Pasan las grandezas de esta vida y sus delicias ( 1Cor 7), como pasa una sombra ( Sab 5). No aprovechan, pues, los tesoros de la impiedad. Pero la justicia libra de la muerte ( Prov 10).
San Gregorio in Evang. hom. 32
Como la Santa Iglesia tiene sus épocas de persecución y sus períodos de paz, el Señor hace mención de estos dos tiempos. Pues en el tiempo de la persecución es cuando quiere que se exponga el alma, esto es, la vida, como lo demuestra cuando dice: «El que perdiere su alma». Mas en tiempo de paz deben domarse los deseos terrenos más dominantes, lo que significó diciendo: «¿Qué aprovecha al hombre?». Ordinariamente despreciamos las cosas pasajeras y, sin embargo, nos abstenemos muchas veces -por los respetos humanos- de expresar con la voz la rectitud que tenemos en el alma. Por eso el Señor añade el oportuno remedio a esta herida, diciendo: «Porque el que se afrentare de mí y de mis palabras, se afrentará de él el Hijo del hombre».
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