Reflexiones sobre vivencias de fe (II)

Continuamos anotando algunas interpretaciones, actitudes o comportamientos imperfectos en cuanto a la vivencia de la fe, y que sin duda, sin que esas personas sean conscientes de ellos, porque estiman que están en lo correcto, son un obstáculo para desarrollar una fe madura que conduzca a lo que Dios desea para todos: la santidad.

Miren, estos son casos ciertos, que nos hemos encontrado en nuestras vidas:

Conocemos a varias personas todas ellas entorno a los 80 años, con plena lucidez, y que siempre ha tenido por cierto a lo largo de toda su vida cosas como los siguientes:

  • Hablando sobre el fraude fiscal y la obligación de pagar las gabelas al Estado,… y la responsabilidad moral del asunto; una persona, después de todo una vida de creyente y asistiendo periódicamente, emitió la siguiente opinión: «Dios en esas cosas no se mete».
  • Otra persona, también de misa dominical e incluso alguna otra de diario, a la salida de misa habiendo un pobre en la puerta -como siempre había alguno-, para justificar su aptitud de no dar una limosna, solía decir: ¡Bah, para qué darles, si se acostumbran a vivir así, viven así porque quieren, les ofreces trabajar no lo quieren, y si les das dinero, se lo gastan en vino!…
  • Otra persona, que nunca supimos ni preguntamos el porqué, aunque parecía muy piadosa y disponía de medios económicos, nunca echaba dinero al cepillo. ¿Por qué? ¿Acaso no sabe el mudamiento que obliga a ayudar a la Iglesia en sus necesidades? Viene a la Iglesia a recibir sus sacramentos y sus enseñanzas -que, claro, son gratis-, pero que tienen unos costes crematísticos elementales del templo (luz, limpieza, mantenimiento, etc.) y otros. ¿Quién los costea? Cuando va a cualquier sitio (cine, teatro, cafetería, etc.) paga lógicamente…; en cambio, cuando viene a la Iglesia, nada. Y ni se inmuta.
  • Otra persona, de misa y comunión frecuentes, nunca -sorprendentemente- le vimos y no nos consta que fuere a confesarse. De este caso referido a una persona, desgraciadamente, nos consta, es más habitual de lo que pensamos. Y es una pena; pues el recibirlo -cada, por ejemplo, 3 ó 4 semanas- hace mucho bien: es una fuente de gracia, la misericordia de vida se manifiesta, nos purifica y «exorciza»…, amén de la toma de conciencia de nuestros pecados, vicios y faltas, de la gratitud para con Dios y su Iglesia, de los consejos y orientaciones, de las penitencias por nuestras culpas, etc.

 

Hasta aquí, por hoy,  esta colección de hechos o cuestiones reales de la vivencia de la fe de gente cercana, que conocemos. Continuaremos exponiendo más casos; los cuales como ven no necesitan mayor comentario, pues se comentan por sí solos.

 

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