La escena del evangelio (Juan 8,1-11) de la misa de hoy, quinto domingo de Cuaresma, nos presenta a Jesús enseñando en el centro del corazón de Israel, en el templo, y a todos los judíos. Todos le consideraban un maestro, y algunos le tenían por un profeta y otros por el Mesías. Jesús enseñaba abiertamente mostrando un rostro de Dios tierno y misericordioso, que contrastaba con el Dios legalista y exigente de los escribas y fariseos.
Estos vivían la religión aferrados a esa ley estricta del tiempo de Moisés; la cual fue así, como en otro lugar dijera Jesús, debido a que se hacía precisa por la dureza del corazón de aquellos tiempos. Pero en estos momentos en que el Hijo de Dios se ha encarnado haciendo presente el Reino y con él relevando el más auténtico rostro de Dios Padre: clemente y misericordioso, dispuesto siempre al perdón y a otorgarnos siempre su gracia y hacernos sus hijitos.
La predicación de Jesús sobre el Reino y la invitación a la conversión, y el que el pueblo judíos le preste atención, considerándole…, los doctores de la ley, escribas y fariseos, no la admiten. Y así, cuando está rodeado por muchos judíos que le escuchan sus enseñanzas, le presentan a una mujer adultera; con la pretensión de ponerle en un brete, y de que se definiera, sobre si aplicarla la ley y apedrearla, o no. En este caso, le acusarían y le desacreditarían ante todos los presentes. (Más tarde, esto que sucedió en muchos momentos, sobre todo al final de la vida pública de tres años de Jesucristo, fue lo que en definitivamente le llevó a la cruz.)
Lectura del santo evangelio según san Juan (8,1-11):
En aquel tiempo, Jesús se retiró al monte de los Olivos. Al amanecer se presentó de nuevo en el templo, y todo el pueblo acudía a él, y, sentándose, les enseñaba.
Los escribas y los fariseos le traen una mujer sorprendida en adulterio, y, colocándola en medio, le dijeron:
– «Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en flagrante adulterio. La ley de Moisés nos manda apedrear a las adúlteras; tú, ¿qué dices?».
Le preguntaban esto para comprometerlo y poder acusarlo.
Pero Jesús, inclinándose, escribía con el dedo en el suelo.
Como insistían en preguntarle, se incorporó y les dijo:
– «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
E inclinándose otra vez, siguió escribiendo.
Ellos, al oírlo, se fueron escabullendo uno a uno, empezando por los más viejos. Y quedó solo Jesús, con la mujer en medio, que seguía allí delante.
Jesús se incorporó y le preguntó:
– «Mujer, ¿dónde están tus acusadores?; ¿ninguno te ha condenado?».
Ella contestó:
– «Ninguno, Señor».
Jesús dijo:
– «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
La escena se torna dramática, allí en medio de todos y delante de Jesús colocan a la mujer pecadora. Todo están expectantes y dispuestos a apedrear a la adultera, según ordenaba la ley. Jesús quiere alargar el momento tenso como procurando la meditación, y se pone a escribir sobre el suelo (no se sabe qué; tal vez escribiera lo nuevo de la Escritura). De un momento a otro van a empezar tirar pedradas…, y los escribas y fariseos le urgen al Maestro que se manifieste. Entonces Jesús se irguió y pronunció una frase lapidaria que quedaría para siempre: «El que esté sin pecado, que le tire la primera piedra».
Aquellas palabras desarmaron a todos. Los cuales abandonaron el lugar sin llevar a cabo «la ejecución» de la pecadora. Luego Jesús, compasivo y con una ternura especial, se dirige a la mujer, que está destrozada, y necesita que la reconstruyan: «Tampoco yo te condeno. Anda, y en adelante no peques más».
Todos nos podemos ver ahí reflejados; tanto en unos como en otros, y también -como seguidores de Jesucristo, en Él.
El perdón misericordioso de Dios que podemos encontrarlo cada unos de nosotros en el sacramento de la Penitencia o Confesión, requiere de poner por nuestra parte el propósito de la enmienda, la conversión. Es decir, como el mismo Jesús dice: «en adelante no peques más».
«El Señor, con su gracia, nos hace fructificar, incluso cuando el terreno es árido por incomprensiones, dificultades o persecuciones, o pretensiones de legalismos o moralismos clericales.
«Es en esta trama de muerte y de vida que podemos experimentar la alegría y la verdadera fecundidad del amor, que siempre, repito, se da en el estilo de Dios: cercanía, compasión, ternura.» (Papa Francisco)
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Palabras del papa Francisco
(Ángelus, 7 abril 2019)
En este quinto domingo de Cuaresma, la liturgia nos presenta el episodio de la mujer adúltera (ver Jn 8, 1-11) en el que se contraponen dos actitudes: la de los escribas y los fariseos, por una parte, y la de Jesús, por otra. Los primeros quieren condenar a la mujer, porque se sienten los guardianes de la Ley y de su fiel aplicación. En cambio, Jesús quiere salvarla, porque personifica la misericordia de Dios que, perdonando, redime y reconciliando, renueva.
Veamos, pues, el hecho. Mientras Jesús enseña en el templo, los escribas y los fariseos le traen a una mujer sorprendida en adulterio; la ponen en medio y le preguntan a Jesús si debe ser lapidada, como prescribe la Ley de Moisés. El evangelista precisa que le plantean la pregunta «para tentarle, para tener de que acusarle» (v. 6). Se puede suponer que su propósito fuera ese ―fijaos en la maldad de estas personas―: el “no” a la lapidación habría sido un motivo para acusar a Jesús de desobediencia a la Ley; el “sí”, en cambio, para denunciarlo a la autoridad romana, que se había reservado las sentencias y no admitía el linchamiento popular. Y Jesús debe responder.
Los interlocutores de Jesús están encerrados en los vericuetos del legalismo y quieren encerrar al Hijo de Dios en su perspectiva de juicio y condena. Pero Él no vino al mundo para juzgar y condenar, sino para salvar y ofrecer a las personas una nueva vida. ¿Y cómo reacciona Jesús a esta prueba? En primer lugar, se queda un rato en silencio, y se inclina para escribir con el dedo en el suelo, como para recordar que el único Legislador y Juez es Dios que había escrito la Ley en la piedra. Y luego dice: «Aquel de vosotros que esté sin pecado, que le arroje la primera piedra» (v. 7). De esta manera, Jesús apela a la conciencia de aquellos hombres: ellos se sentían “paladines de la justicia”, pero Él los llama a la conciencia de su condición de hombres pecadores, por la cual no pueden reclamar para sí el derecho a la vida o a la muerte de los demás. En ese momento uno tras otro, empezando por los más viejos, es decir, por los más expertos de sus propias miserias, todos se fueron, renunciando a lapidar a la mujer. Esta escena también nos invita a cada uno de nosotros a ser conscientes de que somos pecadores, y a dejar caer de nuestras manos las piedras de la denigración y de la condena, de los chismes, que a veces nos gustaría lanzar contra otros. Cuando chismorreamos de los demás, lanzamos piedras, somos como estos.
Al final solo quedan Jesús y la mujer, allí en el medio: «la mísera y la misericordia», dice San Agustín (In Joh 33,5). Jesús es el único sin culpa, el único que podría arrojar la piedra contra ella, pero no lo hace, porque Dios «no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva» (ver Ez 33,11). Y Jesús despide a la mujer con estas estupendas palabras: «Vete, y en adelante no peques más» (v. 11). Y así, Jesús le abre un nuevo camino, creado por la misericordia, un camino que requiere su compromiso de no pecar más. Es una invitación válida para cada uno de nosotros: cuando Jesús nos perdona, nos abre siempre un nuevo camino para que avancemos. En este tiempo de Cuaresma, estamos llamados a reconocernos como pecadores y a pedir perdón a Dios. Y el perdón, a su vez, al reconciliarnos y darnos paz, nos hace comenzar una historia renovada. Toda conversión verdadera está encaminada a un futuro nuevo, a una vida nueva, a una vida hermosa, a una vida libre de pecado, a una vida generosa. No temamos pedir perdón a Jesús porque Él nos abre la puerta a esta vida nueva. ¡Qué la Virgen María nos ayude a testimoniar ante todos amor misericordioso de Dios que, en Jesús, nos perdona y hace nueva nuestra existencia, ofreciéndonos siempre nuevas posibilidades!
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Catena Aurea
Alcuino
El Señor tenía la costumbre, especialmente poco antes de su pasión, de predicar la palabra de Dios durante el día en el templo que había en Jerusalén, acompañando su predicación con señales y milagros. Y cuando llegaba la tarde se volvía a Betania, hospedándose en la casa de Lázaro y sus hermanas, de donde volvía a la mañana siguiente a la misma actividad. Y como hubiese estado el último día de la scenopegia ocupado en la predicación, a la tarde se marchó al monte de los Olivos. Y esto es lo que dice: «Y Jesús se fue al monte del Olivar», etc.
San Agustín, in Joannem, tract. 33
Y ¿en dónde debía predicar Jesús sino en el monte de los Olivos, en el monte del ungüento, monte del crisma? El nombre Cristo quiere decir crisma; y crisma en griego quiere decir unción. Y en verdad que nos ungió, porque nos puso en condiciones de pelear contra el diablo.
Alcuino
La unción de aceite suele hacerse a los cansados y sirve de alivio a los que padecen dolores en sus miembros. El monte de los Olivos también significa la sublimidad de la piedad divina, porque eleos en griego, quiere decir misericordia. También corresponde la naturaleza del óleo al misterio de que se trata, se queda encima de todos los demás líquidos, y como dice el Salmista: «Las misericordias del Señor están por encima de todas sus obras» ( Sal 144,9). Prosigue: «Y otro día de mañana volvió al templo», esto es, a dar a conocer su misericordia, y a ofrecérsela a sus fieles, cuando empezaba a mostrarles la luz del Nuevo Testamento (en su templo). Porque el volver al amanecer designa que comenzaba el día de la nueva gracia.
Beda
Significaba que después que empezó a habitar en el templo por medio de la gracia (esto es, en la Iglesia), todas las gentes empezaron a creer en El. Por esto sigue: «Y vino a El todo el pueblo, y sentado les enseñaba».
Alcuino
El acto de estar sentado representa la humildad de la Encarnación. Y cuando el Señor estaba sentado, el pueblo venía a El, porque después que se hizo visible por la naturaleza humana que tomó, empezaron a oírle muchos y a creer en El, porque veían que se había aproximado a ellos por medio de la humanidad. Mientras que los pacíficos y sencillos admiraban las palabras del Salvador, los escribas y los fariseos le preguntaban, no para aprender, sino para estorbar a la verdad. Por esto sigue: «Y los escribas y los fariseos le trajeron una mujer sorprendida en adulterio, la pusieron en medio, y le dijeron: ‘Maestro, esta mujer ha sido ahora sorprendida en adulterio'».
San Agustín, ut sup
Habían conocido que el Salvador era enormemente bondadoso, porque de El estaba escrito: «Pasa y reina por medio de la verdad, de la mansedumbre y de la justicia» ( Sal 44,5). Trajo por lo tanto la verdad como Doctor, la mansedumbre como Libertador y la justicia como Conocedor. Cuando hablaba, era conocida la verdad, como no se irritaba contra los enemigos, era alabada su mansedumbre. Por ello tentaron su justicia, poniendo a su vista un escándalo. Dijeron para sí: «si juzga que debe dejársela estar, no tiene justicia». La Ley no podía mandar lo que no era justo y por esto invocan la Ley, diciendo: «Moisés nos mandó en la Ley apedrear estas tales». Pero como no debía abandonar la mansedumbre, por medio de la que ya se había hecho amar de las gentes, habrá de decir, que debe dejársela estar. Por esto exigen su determinación, diciendo: «Tú, pues, ¿qué dices?». Se proponían con esto encontrar ocasión de poderlo acusar, haciéndole aparecer como infractor de la Ley. Por esto añade el Evangelista: «Y esto lo decían tentándole, para poderle acusar».
Pero el Señor obrará en justicia al contestar, y no abandonará su mansedumbre. Prosigue: «Mas Jesús, inclinado hacia abajo, escribía con el dedo en la tierra».
San Agustín, de cons. Evang. 4, 10
Para manifestar que aquéllos 1 únicamente debían escribirse en la tierra, y no en el cielo, donde había dicho que sus discípulos se alegrarán de haber sido inscritos. También puede decirse que, humillándose (como lo demostraba en la inclinación de su cabeza), hacía señales en la tierra; o que ya era tiempo de que su Ley se escribiese en la tierra y fructificase (y no en piedra estéril, como antes).
Alcuino
Por la tierra debe entenderse el corazón humano, que suele dar su fruto por medio de acciones buenas o malas. Con el dedo, que es flexible en sus articulaciones, se expresa la sutileza del discernimiento. Nos da a conocer en esto que cuando veamos una acción mala en nuestro prójimo, no debemos condenarla en seguida, sino que primeramente, volviendo al secreto de nuestro corazón, examinémosla con cuidado y solicitud.
Beda
Por lo que respecta a la historia, al escribir en tierra con el dedo sin duda quiso dar a entender que en otro tiempo había escrito su Ley en una piedra.
Prosigue: «Y como porfiasen en preguntarle, se enderezó».
San Agustín, in Joannem, tract. 33
No dijo no sea apedreada, para que no pareciese que hablaba contra la Ley. Tampoco dijo sea apedreada, porque había venido, no a perder lo que había encontrado, sino a buscar lo que se había perdido. ¿Pues qué responderá? «El que entre vosotros esté sin pecado, tire contra ella la piedra el primero». Esta es la voz de la justicia. Sea castigada la pecadora, pero no por los pecadores. Cúmplase la Ley, pero no por medio de los mismos que la quebrantan.
San Gregorio, Moralium 14, 15
El que no se juzga a sí mismo antes, desconoce lo recto al juzgar a otro, y si esto lo sabe únicamente de oídas no podrá juzgar rectamente los méritos ajenos, porque la conciencia de su inocencia propia no le suministra la regla del juicio.
San Agustín, ut sup
Y habiéndoles herido con los rayos de la justicia, ni se dignó de verlos caer, sino que separó de ellos su mirada. Por esto sigue: «E inclinándose de nuevo, continuaba escribiendo en la tierra».
Alcuino
Puede muy bien entenderse que el Señor hizo esto, como tenía costumbre, para que así como si El estuviera ocupado en otras cosas y mirando a otra parte, pudieran irse más cómodamente. En esto nos enseña, de un modo figurado, que antes de corregir la falta de un hermano, así como después de haberle corregido, examinemos con detenimiento si estamos exentos de aquella culpa que reprendimos, o de algunas otras culpas.
San Agustín, ut sup
Así pues, aquéllos, heridos por la voz de la justicia como por una flecha, y encontrándose culpables, uno tras otro se retiraron todos. Y esto es lo que dice en seguida: «Ellos, cuando esto oyeron, se salieron los unos en pos de los otros, y los ancianos primeros».
Glosa
Los que eran quizá más culpables o conocían mejor sus faltas.
San Agustín, ut sup
Unicamente quedaron dos, la miseria y la misericordia, pues sigue: «Y quedó solo Jesús, y la mujer que estaba en pie, en medio». Yo creo que aquella mujer se quedó aterrada, porque esperaba ser castigada por Aquél en quien no se podía encontrar culpa alguna. Mas Aquél que había rechazado a sus adversarios con la lengua de la justicia, levantando hacia ella sus ojos de mansedumbre, le preguntó: «Y enderezándose Jesús, le dijo: mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿ninguno te ha condenado?» Dijo ella: ninguno, Señor». Hemos oído antes la voz de la justicia; oigamos ahora la voz de la mansedumbre: «Y Jesús, ni yo tampoco te condenaré» 2. Esto dice aquél por quien, acaso, has temido ser condenada, por ser el único en quien no has encontrado culpa. ¿Qué es esto, Señor? ¿Fomentas los pecados? No, en verdad. Véase lo que sigue: «Vete, y no peques ya más». Luego el Señor condenó, pero el pecado, no al hombre. Porque si hubiese sido fomentador del pecado, hubiese dicho: «vete, y vive como quieras; está segura que yo te libraré; yo te libraré del castigo y del infierno, aun cuando peques mucho». Pero no dijo esto. Fíjense los que desean la mansedumbre en el Señor, y teman la fuerza de la verdad, porque el Señor es dulce y recto a la vez ( Sal 24,8).
Notas
- Se refiere aquí a los nombres de los fariseos y maestros de la Ley que le habían planteado el caso de la mujer adúltera para ponerlo a prueba.
- Se trata de la respuesta del Señor: «Ni yo tampoco te condenaré».
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