Quien más cree, más ama

Creer predispone a amar, es más el amar es parte del creer, y sin creer no hay verdadero amor.

Dios es el amor, donde se sustenta el mayor credo. La fe teologal es una fuerza poderosa, sobrenatural, que posibilita un amor máximo.

La creencia en Dios se basa fundamentalmente en el amor: por amor hemos sido creados, por amor estamos aquí y por amor estamos invitados a la eternidad, seremos para siempre.

Es la vinculación del amor, la esperanza y la fe lo que ha de posibilitar la evangelización.  Lo cual es algo hermoso: es la Buena Noticia. Y no es estrictamente el recurso del miedo -aunque sea una realidad- el que ha de anunciarse como prioridad para invitar a la conversión.

El miedo, llegado a un tiempo como este, en que la agitación, la incapacidad para el silencio, la meditación y reflexión profunda no parecen existir, no resulta totalmente válido para incitar a un cambio. Hoy el tiempo no suspende, no se detiene, como antaño; es un trepidar como río en torrentera. El ajetreo, la distracción (no traerse), el vivir alejado de uno mismo, la irresponsabilidad (el que no se le pida a la conciencia -que ya no existe- cuentas, responsabilidad de sus comportamientos), hacen imposible el que la persona se pare sobre sí y piense en cómo ejerce su libertad y sus repercusiones.

Es más, ya por la razón que sea, el ser humano hoy día ha perdido el miedo, el miedo con mayúsculas, el de la condenación eterna. Es un hombre que no siente la necesidad de ser salvado, ni querido por Dios. Y es por ello que no quiere -“ni se molesta”- en creer en Él; sencillamente, no cree porque no lo necesita.

Pero es ahí donde la “nueva” evangelización debe insistir el que el ser humano actual sienta que Dios le ama.

Hay, quien ingenuamente y equívocamente, pensaba que con la pandemia -tal vez como ocurriera en siglos atrás, en los años de pestes mortíferas- la gente se volvería hacia Dios en busca de auxilio, o al menos al pensar y tomar conciencia de la fragilidad de nuestro ser, de nuestro humanidad contingente y expuesta a cualquier mal, se abriera a la Trascendencia como lo realmente consistente ante la fugacidad de la realidad inmediata. Pero no. No ha sido así; le miedo a la enfermedad, a la nueva peste, a la muerte (escondida) y a otros males no existen verdaderamente hoy día.

Por lo mismo, ya solo el amor nos puede abrir a la fe, solo el incansable amor de Dios, siempre presente -y siempre por tan descubrir- nos puede conducir a confiar en Él.

 Los que confían en El comprenderán la verdad,

y los fieles permanecerán con El en amor (Sab 3,9a).

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