Quien más cree, más ama

Creer predispone a amar, es más el amar es parte del creer, y este de aquel,  sin creer no hay verdadero amor.

La fe teologal es una fuerza poderosa, sobrenatural, que posibilita un amor de máximos, el amor ágape.

Dios es el amor, donde se sustenta el mayor credo; como diría Von Baltasar, “solo el amor es digno de fe”. La creencia en Dios se basa fundamentalmente en el amor: por amor hemos sido creados, por amor estamos aquí y por amor estamos invitados a la eternidad, seremos para siempre y viviremos en el Reino del Amor.

Es la vinculación del amor, la esperanza y la fe lo que ha de posibilitar la evangelización, la Buena Noticia, el Reino de Dios. Y no es estrictamente el recurso del miedo —aunque sea una realidad— el que ha de anunciarse como prioridad para invitar a la conversión y creer.

El miedo al peligro de condenación que se deriva de la maldad que seamos responsables, llegados a un tiempo como este, en que la agitación, la incapacidad para el silencio, la meditación y reflexión profunda no parecen existir, no resulta totalmente válido para incitar a un cambio. Hoy el tiempo no suspende, no se detiene, como antaño; es un trepidar como río en torrentera. El ajetreo, el distraerse (no traerse), el vivir alejado de uno mismo, la irresponsabilidad (el que no se le pida a la conciencia -que ya no existe- cuentas, responsabilidad de sus comportamientos), hacen imposible el que la persona se pare sobre sí y, reflexiva y responsablemente, piense en cómo ejerce su libertad y sus repercusiones. Hoy día es ser humano carece de la conciencia del posible mal cometido, se ha banalizado hasta el extremo que no siente culpable de nada ni  la  necesidad de ser perdonado, redimido, salvado, ni querido por Dios. Y es por ello que no quiere -«ni se molesta»- en creer en Él; sencillamente, no cree porque no lo necesita.

Pero es ahí donde la «nueva» evangelización debe insistir el que el ser humano actual sienta que Dios le ama, hasta dar la vida por él, por su salvación. Es el experimentar el amor extremo y misericordioso de Dios que ha estado al principio, en medio y al final de nuestra vida procurando nuestra existencia, nuestro bien y nuestra salvación, el que nos tiene que hacer que creamos en Él. Es el amor el que nos tiene que abrir a la fe, y una vez con esa gracia de creer nos ha de posibilitar el amar más.

Hay, quien ingenuamente —y equívocamente—, pensaba que —con la exposición al miedo de la pandemia vivida y tal vez como ocurriera en siglos atrás, en los años de pestes mortíferas— la gente se volvería hacia Dios en busca de auxilio, o al menos al pensar y tomar conciencia de la fragilidad de nuestro ser, de nuestro humanidad contingente y expuesta a cualquier mal, se abriera a la Trascendencia como lo realmente consistente ante la fugacidad de la realidad inmediata. Pero no. No ha sido así; los miedos a esta peste, a la enfermedad, a la muerte (escondida) y a otros males… no existen verdaderamente hoy día.

Por lo mismo, ya solo el amor nos puede abrir a la fe, solo el incansable amor de Dios, siempre presente —y siempre por tan descubrir— nos puede conducir a confiar en Él.

 Los que confían en El comprenderán la verdad,

y los fieles permanecerán con El en amor (Sab 3,9a).

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