«Veo de nuevo con toda claridad que no debemos utilizar a Dios como tapa-agujeros de nuestro conocimiento imperfecto. Porque entonces, si los límites del conocimiento van retrocediendo cada vez más —lo cual, objetivamente, es inevitable—, Dios es desplazado continuamente junto con ellos y por consiguiente se halla en una constante retirada. Hemos de hallar a Dios en las cosas que conocemos, y no en las que ignoramos.» (D. Bonhöeffer) (1).
*****
El rabino Salomón Ha-Levi enseñaba a un grupo de niños judíos las Sagradas Escrituras, y les decía:
—Dios ha creado el cielo y la tierra, hace salir el sol y manda la lluvia,…
A lo que unas niñitas repusieron al unísono:
—No, no es Dios; es nuestro papá.
—¡Eh! ¿Qué queréis decir? -preguntó un tanto sorprendido Salomón.
—Sí, cuando el cielo se carga de nubes oscuras y amenaza el pedrisco, nuestro papá que es agricultor, sube con un vecino en su avioneta y cruza las nubes y las deshace, o también, otras veces, tira algún cohete y las transforman en agua.
*****
El ser humano recibe de Dios el encargo de cooperar en su providencia desde la responsabilidad de la libertad y la inteligencia concedidas. Dios, al crearlo, le ha dispuesto la capacidad suficiente para que se desarrolle y crezca: “Creó, pues, Dios al ser humano a imagen suya, a imagen de Dios le creó, macho y hembra los creó. Y bendíjolos Dios, y díjoles Dios: `Sed fecundos y multiplicaos y henchid la tierra y sometedla; mandad en los peces del mar y en las aves de los cielos y en todo animal que serpea sobre la tierra.´” (Gen 1, 27-28).
Dios está con el hombre, no sobre el hombre. No transfiramos responsabilidades nuestras, signo de nuestra madurez humana y del respeto de Dios por el ser humano, para hacerle a El responsable de lo que nos pasa o para que nos arregle —papaíto— nuestros asuntos.
Nosotros somos la providencia de Dios. Nuestra capacidad, nuestra inteligencia, nuestra grandeza humana, «es» la grandeza de Dios. Dios nos ha querido como a hijos adultos, que se «valen por sí mismo», y con la humildad suficiente para reconocer sus límites y expresar agradecimiento. Su gloria es que sus hijos lleguen a ser hombres, en todos los sentidos.
Dios está con el ser humano, pero desde el respeto, sin suplantarle ni ningunearle. Dios padece también la historia de de cada uno de nosotros.
Los deterministas, los materialistas… niegan al hombre, negando su libertad. Por favor, no enseñemos a nuestros hijos un Dios que sea un determinista…
Si Dios manda la lluvia, ¿manda también el granizo que destroza los frutos maduros del labrador? Porque si es así, y si Dios puede impedir que ese agricultor se quede sin cosecha y no lo hace, pudiendo, entonces es difícil, por no decir imposible, que se le vea a Dios como a un padre amantísimo de sus hijos. Y no digo nada cuando se trata de accidentes, sufrimientos y muertes de criaturas inocentes. Ese hombre, si tiene sentido común, acabará siendo ateo, ¡y con toda la razón!
Así, mientras el pobre campesino reza a Dios para que envíe la lluvia; el ingeniero agrónomo se movilizará para buscar formas de riego, y prescindirá de Dios; es más pensará que es un perder tiempo rezarle, mientras podría estar haciendo algo por resolver el problema de la sequía. Es decir un Dios Padre que nos priva del agua y nos absorbe el tiempo en oraciones. Ese hombre acabará ateo, pues verá en Dios más un obstáculo que otra cosa.
Pero, curiosamente, habría que decir que ese ateo que niega a Dios, a ese Dios del castigo, del miedo, opresivo, vengativo, despiadado, violento, despótico, represor, etc., está más cerca del Dios verdadero, que muchos creyentes que adoran a un dios de esa índole.
El mundo tiene su autonomía, la cual ha sido dada por Dios. Y Dios respeta esas leyes que estableció en la obra de su creación.
El momento más extraordinario de la manifestación de amor de Dios fue cuando decidió que el hombre tuviera responsabilidad, autonomía, que fuera persona inalienable, intocable en su libertad y dignidad. Dios se comprometió a respetar la voluntad humana. Y el amor de Dios, por ser precisamente amor, hace imposible traspasar ese umbral personal de la libertad. Dios amó tanto al ser humano que se detuvo guardando respeto ante la decisión de negarlo, porque aunque el negarlo sea un mal, y Dios lo rechazaría, no así la decisión que como tal es el ejercicio de un bien, el de la libertad del ser personal.
La libertad que puede llevar al ser humano a una irresponsabilidad condenatoria, Dios, en su Hijo Jesucristo, redime al ser humano asumiendo su condición.
Dios quiere que cada ser humano sea como El es: que piense, que sea libre, que tome decisiones, que tenga iniciativas y que asuma responsablemente sus propias determinaciones.
Dios invita al ser humano a concursar con El en la obra del mundo; además de crear al hombre, lo posibilita para que sea con El cocreador, colaborador (1 Co 3,9; Tes 3,2) en la marcha ascendente del mundo hacia su máximo desarrollo y plenitud. Y eso que Dios ha querido para el hombre, que fuera señor del mundo, que lo hiciera crecer y dominar (cf. Gn 1,26-28), avanzar y mejorar. es precisamente lo que se puede volver contra Dios, es decir, que la ciencia y la técnica, el progreso humano, expulsen a Dios.
Las victorias del hombre con la técnica son signo de la grandeza de Dios. El mensaje cristiano no aparta de la edificación del mundo, sino que señala cómo debe hacerse. Transformando cuanto le rodea, las cosas, la sociedad… se perfecciona a sí mismo.
Si el mundo no es perfecto, lo es en vía de serlo, camina hacia su perfección final. «La creación no es tanto un factum sino un fieri» (Moltmam). La creación aparece como un proceso que sólo en la consumación escatológica podrá darse por terminado, por ello parece adecuado utilizar la noción de creación continua y continuada. Que alcanza su realización en la persona del Verbo encarno. Estamos en un régimen de creación continua porque estamos en un régimen de salvación permanente.
…………………………….
1.- «Resistencia y sumisión», Sígueme, Salamanca, 1983, p.218.
Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA
Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.

