Providencia

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«Yo ruego a Dios, como si lo esperase todo de Él, pero trabajo como si lo esperase todo de mí». Santo Tomás de Aquino.

 

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            Se está muriendo una pobre mujer. No consiguió ser internada en el hospital por falta de dinero. Los niños lloran junto a la cama de la madre agonizante. El padre José Benito Cottolengo asiste a esta escena deprimente sin poder hacer nada.

             Pero promete hacerlo todo para que no se repitan estos casos de injusticia. Vende lo poco que tiene, inclusive su capa, alquila algunos cuartos y comienza su obra benéfica.

              ¿Quién mantendría el hospital?

              Será la Divina Providencia.

           En una ocasión el ministro del rey se ofreció a patrocinar la obra. El padre Cottolengo le respondió que no necesitaba, porque ya tenía un buen padrino. Y le señaló al visitante lo que estaba escrito en el frontispicio: “Pequeña Casa de la Divina Providencia”.

          Si aceptaba otro patrocinador, cometería una falta de confianza para con el buen Dios.

           Llevó tan en serio este contrato, que ni siquiera quería amanecer con dinero en casa. Más de una vez dio a los pobres lo que le sobraba al final del día.

           Hoy este hospital se ha convertido en una ciudad dentro del a ciudad de Turín. Alberga a más de ocho mil enfermos que padecen diversas enfermedades. En los ciento cincuenta años de existencia nunca fue preciso pedir limosna, ni crear fondos de mantenimiento. La Divina Providencia continúa manteniendo el contrato. En compensación, los enfermos rezan día y noche, en adoración perpetua, en las muchas capillas de esta inmensa “Ciudad de la Caridad”.[1]

  

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           Al mismo tiempo llegan otros nueve enfermos, que traen del Calvario. Ya no hay ropas de lienzo ni colchones para las camas. El procurador se apresura a comunicárselo al Rector y le pide licencia para salir a buscar lo necesario entre los bienhechores del convento. Pero fray Juan de la Cruz se lo estorba, mientras él dice con tono profético:

           Dios proveerá.

           Y sin que nadie haya hecho gestión alguna, llegan al día siguiente a la puerta del convento con veinticuatro o veinticinco colchones, cantidad de almohadas y sábanas y algunas camisas de hilo. (…) Fray Juan, que observa la admiración de sus frailes ante tanto colchón, mantas, sábanas, almohadas y pollos, les dice amorosamente:

           ¿Veis cómo es bueno confiar siempre en Nuestro Señor?”[2]

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           Cuando -1971- abrió su primera casa en Estados Unidos, situándola en uno de los barrios más pobres de Nueva York, el arzobispo Terence Cooke se brindó a pasar una cantidad mensual de 500 dólares por cada una de las cinco hermanas.

           A la Madre Teresa, testigo del afecto que el cardenal norteamericano tenía por las hermanas, le resultaba embarazoso expresar su rechazo.

           Tras pensarlo, creyó haber dado con la expresión adecuada:

         Eminencia, nos hemos comprometido a depender exclusivamente de la divina Provindencia. Hasta ahora jamás nos ha faltado lo necesario. ¿Cree que Dios va a quebrar precisamente en Nueva York?[3]  

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Dios se sirve de causas segundas para sus acciones. Dios místicamente comunica a sus fieles a obrar por Él, siguiendo su voluntad, que nos inspira a hacer tal o culta obra de misericordia… De modo que Dios ejerce la Providencia a través de personas como tú.

Dios se vale de los medios más normales, elementales, humanos, naturales y al alcance de la mano, para sencillamente y sin prodigios ser providente con los que ama. El impulso, el movimiento… es la gracia procede de Dios.

Nada en apariencia parece acaecer por la providente actuación de Dios, pero para la persona de fe, la que ve a la luz de la proximidad divina divina detecta quién está detrás de esas cosas secretas, invisibles. La realidad invisible es más importante que lo que a simple vista se ve.

Cuentan que las hermanas del convento de las carmelitas descalzas de santa Teresa de Jesús, el día que no tenían nada para comer en la despensa estaban llenas de alegría… Lo esperaban todo de Dios, hasta su humildísimo sustento. Hacían real la actitud que Jesús pedía (Mt 6,25-34):

No estéis agobiados por vuestra vida pensando qué vais a comer, ni por vuestro cuerpo pensando con qué os vais a vestir. ¿No vale más la vida que el alimento, y el cuerpo que el vestido? 26Mirad los pájaros del cielo: no siembran ni siegan, ni almacenan y, sin embargo, vuestro Padre celestial los alimenta. ¿No valéis vosotros más que ellos? 27¿Quién de vosotros, a fuerza de agobiarse, podrá añadir una hora al tiempo de su vida? 28¿Por qué os agobiáis por el vestido? Fijaos cómo crecen los lirios del campo: ni trabajan ni hilan. 29Y os digo que ni Salomón, en todo su fasto, estaba vestido como uno de ellos. 30Pues si a la hierba, que hoy está en el campo y mañana se arroja al horno, Dios la viste así, ¿no hará mucho más por vosotros, gente de poca fe? 31No andéis agobiados pensando qué vais a comer, o qué vais a beber, o con qué os vais a vestir. 32Los paganos se afanan por esas cosas. Ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. 33Buscad sobre todo el reino de Dios y su justicia; y todo esto se os dará por añadidura. 34Por tanto, no os agobiéis por el mañana, porque el mañana traerá su propio agobio. A cada día le basta su desgracia.

 Es palabra de Dios. Hay que creer en esto a pies juntillas; tal y como han hecho todos los santos.

 

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[1] www.elbuenpastor.8m.net

[2] JESUS DE, CR., Vida de san Juan de la Cruz; en Vida y obras completas de san Juan de la Cruz, BAC, Madrid, 1964, p.173.

[3] GONZALEZ-BALADO, J. L., Madre Teresa de Calcuta, Acento Ed., Madrid, 1998, pp.22-23.

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