Pensamientos de Fe (189)

 

  1. Una persona se santifica a voluntad de Dios: Cuando vive serenamente alegre a pesar de las contrariedades de la vida.       
  2. El orgullo de la propia virtud es mortal, es la pérdida de la inocencia, y esta lleno de temores e intereses.
  3. Dios es infinitamente más efusión de amor, gracia y santidad que nosotros acogida. Siempre nos quedamos cortos en recepcionar lo que Dios está queriendo dar.
  4. Dios propone a nuestra libertad: muestra lo que desea para nosotros, muestra las indicaciones de su voluntad; son propuesta de santidad y comunión, y es el hombre el que dispone: «He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él» (Ap 3,20).
  5. No hacer el mal, dadas ciertas circunstancias, ya es un bien; pero, generalmente, no basta con eso. Es preciso empeñarse porque el bien se haga realidad siempre.
  6. El evangelio dice que más alegría hay en el celo por un pecador que se convierta, como de una oveja descarriada, que por todo el rebaño… Lo que viene a significar que el estado inmenso del rebaño de su Iglesia es de salvación, y el que tan sólo una se incorpore a él, produce una inmensa alegría, por el cierto peligro del drama de que se  pudiera perder definitivamente.
  7. El amor de Dios es tal, que no es que nos ame tanto cuanto le dejemos amar, que es cierto, sino que su gracia persiste incansable e infinitamente ante toda cerrazón. Sn forzar a nadie, amable y dulcemente se ofrece a todos.
  8. A Dios nunca le acabaremos de conocer del todo. Natural, Él es infinito y nosotros unas finitas criaturas. Por eso que tengamos siempre que estar en continuación trato y oración con Él, en constante revelación, y nunca será sufriente, siempre habrá un paso más de aproximación, intimidad y deslumbramiento, y hasta con noches oscuras: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con vosotros, y ¿todavía no me habéis conocido?».
  9. Hay que tener una confianza sin medida, sobre humana, en la gracia divina, que siempre está presente en nuestras vidas, sin pedir nada a cambio, tan solo la fe en ella que permite, posibilita su efecto y acción. Que lo milagroso suceda en nuestras vidas no es por falta del ofrecimiento sino de la aceptación. Aquel es inequívoco, y esta incierta, por donde falla su realización en nosotros.
  10. Un santo se muestra siempre atento al recoger, recordar y a actualizar de las impresiones provenientes de Dios, que emite de manera constante, como fruto de su amor misericordioso hacia todos sus hijos.

 

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