- Una persona se santifica a voluntad de Dios: Cuando vive serenamente alegre a pesar de las contrariedades de la vida.
- El orgullo de la propia virtud es mortal, es la pérdida de la inocencia, y esta lleno de temores e intereses.
- Dios es infinitamente más efusión de amor, gracia y santidad que nosotros acogida. Siempre nos quedamos cortos en recepcionar lo que Dios está queriendo dar.
- Dios propone a nuestra libertad: muestra lo que desea para nosotros, muestra las indicaciones de su voluntad; son propuesta de santidad y comunión, y es el hombre el que dispone: «He aquí que estoy a la puerta y llamo; si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él» (Ap 3,20).
- No hacer el mal, dadas ciertas circunstancias, ya es un bien; pero, generalmente, no basta con eso. Es preciso empeñarse porque el bien se haga realidad siempre.
- El evangelio dice que más alegría hay en el celo por un pecador que se convierta, como de una oveja descarriada, que por todo el rebaño… Lo que viene a significar que el estado inmenso del rebaño de su Iglesia es de salvación, y el que tan sólo una se incorpore a él, produce una inmensa alegría, por el cierto peligro del drama de que se pudiera perder definitivamente.
- El amor de Dios es tal, que no es que nos ame tanto cuanto le dejemos amar, que es cierto, sino que su gracia persiste incansable e infinitamente ante toda cerrazón. Sn forzar a nadie, amable y dulcemente se ofrece a todos.
- A Dios nunca le acabaremos de conocer del todo. Natural, Él es infinito y nosotros unas finitas criaturas. Por eso que tengamos siempre que estar en continuación trato y oración con Él, en constante revelación, y nunca será sufriente, siempre habrá un paso más de aproximación, intimidad y deslumbramiento, y hasta con noches oscuras: «Felipe, hace tanto tiempo que estoy con vosotros, y ¿todavía no me habéis conocido?».
- Hay que tener una confianza sin medida, sobre humana, en la gracia divina, que siempre está presente en nuestras vidas, sin pedir nada a cambio, tan solo la fe en ella que permite, posibilita su efecto y acción. Que lo milagroso suceda en nuestras vidas no es por falta del ofrecimiento sino de la aceptación. Aquel es inequívoco, y esta incierta, por donde falla su realización en nosotros.
- Un santo se muestra siempre atento al recoger, recordar y a actualizar de las impresiones provenientes de Dios, que emite de manera constante, como fruto de su amor misericordioso hacia todos sus hijos.
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