- Según lo que une es eso se quiere. El querer reposa sobre las determinaciones. Lo que uno quiere esta autodeterminado por la estructura de lo que uno es. Este ser es dado y también conquista. De modo que el lo que queremos hay una responsabilidad moral previa: los buenos querrán y harán cosas buenas y los malos, malas.
- La Iglesia no ha de mundanizarse, amoldarse al mundo. «No os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.» (Rom 12,2).
- El cristianismo es la única religión que, desde sus orígenes, ha entablado un diálogo con el pensamiento filosófico sin refugiarse en la pura irracionalidad o en el confortable mito. Entre otras cosas porque la fe cristiana es razón amable, razonable, humanamente divina, porque tiene su semejanza en el Logos. Si ahora hay estridencia es porque el mundo ha dejado de tener un pensar humano, indisponiéndose para el dialogo; es el mundo el que ha cambiado, no la Iglesia.
- Esto de las ideologías raras, como la de género, tan en boga hoy día, ponen de manifiesto la tiniebla en la que está envuelto el ser humano actual, que le hace incapaz de ver serse, de ver el perfil de su sombra de la que no puede saltar. Ha perdido la lucidez interior de la espiritualidad.
- La ideología LGTBI es antinatural, contradice la biología y resulta, pues, irracional, y todo lo que va contra la razón y el orden natural atenta contra el plan establecido de Dios; de modo que choca con la doctrina moral cristiana. De modo que ante un mundo ideologizado así va de suyo que haya fricciones con la verdad de la Iglesia, y que esta no pueda amoldarse a él.
- A veces, en los momentos duros, de errores y desgraciados, por parte de personas tenidas por humanas y cristianas, buenas, se dice ¿y Dios, el Espíritu Santo, donde estaba…? Sencillamente, la respuesta es esta: que no han sido lo suficientemente dóciles como la fe requiere para dejarse guiar -y «han hecho de las suyas», mientras el Espíritu de Dios, «impotentemente» respetuoso, cumpliendo a su compromiso con la libertad de la dignidad humana creada, se entristecía y silenciosamente ama, esperando como hacer llegar su gracia.
- “Yo soy el pan de la vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí nunca tendrá sed» (Jn 6,35). Estas palabras de Jesús son de una osadía inaudita, jamás nadie las podría pronunciar, sólo Dios. Esa hambre y esa sed son una constante en el hombre, algo que sucede cada día; pero como ocurre en el plano material sucede a nivel espiritual, y aquí Jesús manifiesta: Yo soy el alimento de vida. el que calma la necesidad que todo ser humano lleva dentro, y el que lo vivifica ya y eternamente.
- No se ama lo que no se conoce. Si no se ama a Cristo es porque los creyentes no le hemos dado a conocer. Lo cual es un drama. El desconocimiento mayor es desconocer cuánto Jesús les ama. Cuanto se experimenta -percibe o intuye- todo maravillosamente cambia esto, de lo contrario se es de lo más desgraciado posible. Las personas “corresponden al amor de quien les ama” (San Gregorio Magno).
- La gente va -vaga- sin sentido de su existencia y ya sin echarlo de menos. Esto se está consolidando en Occidente. Pero esa ausencia o ninguna respuesta es como al cuerpo la enfermedad silenciosa (como el nivel de azúcar), que poco a poco y sin saberlo, va minando el organismo hasta que un día…, pues con la no respuesta al sentido de la vida pasa algo parecido con el alma.
- La gente actual no tiene otro objetivo que el llegar alto, tener y más tener posible…, Es una lógica burda, materialista e impropia de la humanidad. En cambio, el noble y verdadero espíritu humano ha de aspirar a otras metas, que son también a un llegar alto, pero elevándose, por la ausencia de la gravedad producto de la gracia de la santidad.
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