- No se puede subvertir la doctrina y la moral por complacer al mundo. La Iglesia cuanto más se aleje de su verdad de la Verdad, menos tendrá que comunicar al mundo. O sea, lo de la sal que se vuelve sosa.
- El fanatismo, que impone la irracionalidad sobre el sentido común, su verdad sobre la Verdad, su ideologización sobre lo real razonable, su errónea creencia sobre la creencia más mejor, más buena, la del amor, la del Amor infinito.
- El fanatismo -que se suscita en algunas culturas y creencias- atenta contra lo más querido por Dios, sus hijitos los humanos.
- Dios no se cansa nunca de perdonar. Es un papaito siempre dispuesto a recoger del suelo a sus hijitos que se ha caído; y así una y otra vez.
- Dios no se cansa nunca de perdonar; pero el hombre si que se cansa de acoger el don gratuito del perdón misericordioso. Dios jamás se cansa, por más fallos que tengamos, porque lo importante es salvarnos.
- Creer en el Resucitado no está en la capacidad de ningún humano, es pura gracia y don de Dios, obra del Espíritu Santo. La fe es virtud teologal; sólo con estos ojos de esta se puede acceder a la dimensión de lo sobrenatural.
- Una persona deshumanizada no puede acceder a la verdad trascendente, como le pasó a Pilato que teniendo a la Verdad delante fue incapaz de reconocerla.
- Las repetidas deslealtades a su conciencia y el cúmulo de pecados esclerotizan el corazón y obturan la fuente de la gracia.
- La verdad no es una cuestión de inteligencia sino de luz. Cristo nos dice: «yo soy la verdad» (Jn 14,6), «yo soy la luz del mundo» (Jn 8,12).
- La verdad generalmente tiene un hándicap, que casi siempre compromete y «complica».
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