- Hemos pervertido la relación sexual: la entrega mayor a otra persona, la expresión de la sexualidad, la hemos mercantilizado y convertido en un juego de intercambio de placer, que no es ya expresión de amor sino de intereses, lo cual frustra lo más íntimo y hermoso, generando violencia en primer lugar contra uno mismo…
- En cuanto a nuestra imagen, idea o concepción siempre tenemos que estar en constante proceso de conversión: «Dios es siempre más grande de como lo imaginamos. El peligro, la tentación: hacernos un Dios a nuestra medida, un Dios para usarlo. Y Dios es otra cosa.» (Papa Francisco).
- Nuestro Dios es un Dios que lo da todo por salvarnos, y no en un momento puntual, sino de continuo; nos da su presencia, el Espíritu Santo, nos da ayuda, la gracia; basta con no poner obstáculos. La grandeza humana consiste en no rechazar esa gracia divina.
- Aunque Dios es exigente (recordemos: la puerta estrecha, vete y no peques más, se te pedirán cuestas… etc.), no es quisquilloso, meticuloso, estricto, implacable, sino tierno y misericordioso, siempre en actitud de perdonar y acoger, por mayores que sean los obstáculos que le pongamos.
- Es peligrosísimo para la creencia en la verdad de la doctrina cristiana el que haya quien perteneciendo a la jerarquía de la Iglesia piense -de manera desesperada ante el abandono de la fe actual- que la ortodoxia de siempre ha dejado de ser factible, que ya no puede funcionar como ha funcionado durante dos milenios.
- El que exista el mal no es un argumento contra la existencia de Dios, sino la constatación de la necesidad de una respuesta resolutiva, y esta solo puede ofrecerla el que Dios exista.
- Existe el mal: el mal moral, pecado, y el mal que causa dolor, sufrimiento. Ninguno de los dos son queridos por Dios, entre otras cosas porque van contra el bien de sus hijos, a los que quiere santos y felices. ¿Entonces…? No había otra forma que fuéramos como somos, humanos en la tierra, nuestra creación con una elevada dignidad, cifrada en la libertad, no hubiera sido posible. Pero Dios tiene la última palabra, y, pese a todo, dice «bienaventurados los que sufren y lloran…».
- La realidad, por sí, siempre es compleja, y ahora con los tecnologías informáticas se ha complicado hasta el extremo, de manera que el aturdimiento caótico ha llevado al endurecimiento interior que pone en duda toda verdad, destrozando el espíritu de la infancia, de modo que se ha oscurecido desde edades muy tempranas la dimensión de la religación, de conectar con lo divino; de modo que hoy se hace difícil a lo Trascendente, que abre a fe.
- Hoy no se acepta la verdad porque se la tiene miedo: porque compromete y el compromiso va en contra de la vida vaga, perezosa, hedonista, despreocupada, responsable, trabajosa, etc., de modo que se prefiere su relativización: la conveniencia es la verdad.
- En el ser humano hay una dimensión divina, una vocación de siempre, con la que nace, y que busca realizarse; si no, se frustra. De esta frustración hoy tan palmaria se derivan tantos males como están acaeciendo hoy día, en el plano psíquico, moral y espiritual de las personas. General y fácticamente el hombre de hoy está bastante enfermo.
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