Palabra de Dios del día de hoy: la fe se plasma en obras

Todos los días, pero hoy especialmente el contenido de las lecturas de la misa es rico, diverso y poderoso. Tanto la primera lectura como el evangelio invitan a tener claro y siempre presente varias cosas:

En su carta Santiago nos habla de las fe sin obras, la cual de nada sirve; si no se traduce en algo concreto, si no se plasma en la realización de la voluntad de Dios que no es otra que el amor y el servicio a los demás, esa fe se ha de cuestionar porque no es sincera. La fe actuaba en sus obras, y que por las obras la fe llegó a su madurez, dice Santiago; es decir, la fe se actualiza, cobra vida, realidad, en su ejercicio concreto, y esto, a su vez la confirma y la hace crecer. La fe por su dinamismo ha de comprobarse en lo que lleva a realizar, sino es una fe muerta e inservible: si no tiene obras, por sí sola está muerta, la fe sin obras es inútil, afirma Santiago. De nada sirve el decir y no hacer, de nada sirve el darse golpes de pecho sino eso no comporta hechos concretos de amor. ¿Es que esa fe lo podrá salvar?, pregunta Santiago. Esa fe no salva. Las realizaciones concretas hablan de la calidad de fe, de  su verdad; lo demás, es teoría y cuento. La fe es dinámica, es estar en la dinámica del reinado de Cristo, opera, si esto no sucede algo está fallando. De modo que el que tiene fe verdadera ese se salva y el que no, no. O si no, mirad: también los demonios creen en la existencia de Dios, y sin embargo… Esto dice Santiago: Tú crees que hay un solo Dios; muy bien, pero eso lo creen también los demonios, y los hace temblar. Hay una íntima trabazón entre la fe y el amor; son imposible de separar; y aquí los diablos fallan, son incapaces de amar, odian. Y concluimos esta reflexión con las palabras de san Pablo al referirse a la fe, la esperanza y el amor: La más grande es el amor (1Cor 13,13).

Primera lectura:  La carta del apóstol Santiago (2,14-24.26):

¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Es que esa fe lo podrá salvar? Supongamos que un hermano o una hermana andan sin ropa y faltos del alimento diario, y que uno de vosotros les dice: «Dios os ampare; abrigaos y llenaos el estómago», y no les dais lo necesario para el cuerpo; ¿de qué sirve? Esto pasa con la fe: si no tiene obras, por sí sola está muerta. Alguno dirá: «Tú tienes fe, y yo tengo obras. Enséñame tu fe sin obras, y yo, por las obras, te probaré mi fe.» Tú crees que hay un solo Dios; muy bien, pero eso lo creen también los demonios, y los hace temblar. ¿Quieres enterarte, tonto, de que la fe sin obras es inútil? ¿No quedó justificado Abrahán, nuestro padre, por sus obras, por ofrecer a su hijo Isaac en el altar? Ya ves que la fe actuaba en sus obras, y que por las obras la fe llegó a su madurez. Así se cumplió lo que dice aquel pasaje de la Escritura: «Abrahán creyó a Dios, y esto le valió la justificación.» Y en otro pasaje se le llama «amigo de Dios.» Veis que el hombre queda justificado por las obras, y no por la fe sólo. Por lo tanto, lo mismo que un cuerpo sin espíritu es un cadáver, también la fe sin obras es un cadáver.

Hilando con lo dicho anteriormente cabe comenzar este breve comentario al evangelio de hoy: De entrada, Jesús viene a decir que el que tenga fe, quien le quiera seguir y estar con él, vitalmente unido, que cargue con la cruz de la realización concretas diarias. Jesús no se anda con especulaciones teóricas, es claro y rotundo: El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Y sigue en este sentido; es decir, el que en el empeño de vivir según el Evangelio, en la dinámica del Reinado de Él, ese se salvará o, más preciso, será salvo:  el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Y sigue tajante y rotundo: ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? Es decir, más o menos, en la onda de lo que decíamos más arriba: el que el que tiene fe verdadera ese se salva y el que no, no; es decir, las obras que no consisten en cargar con  la cruz de hacer la voluntad de Dios, son obras mundanas, ajenas al seguimiento o fe en el Señor.

Y concluimos con las palabras de Jesús propicias para estos tiempos: «Quien se avergüence de mí y de mis palabras, en esta generación descreída y malvada, también el Hijo del hombre se avergonzará de él.»

Evangelio según san Marcos (8,34–9,1):

En aquel tiempo, Jesús llamó a la gente y a sus discípulos, y les dijo: «El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Mirad, el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio la salvará. Pues ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si arruina su vida? ¿O qué podrá dar uno para recobrarla? Quien se avergüence de mí y de mis palabras, en esta generación descreída y malvada, también el Hijo del hombre se avergonzará de él, cuando venga con la gloria de su Padre entre los santos ángeles.» 

Y añadió: «Os aseguro que algunos de los aquí presentes no morirán sin haber visto llegar el reino de Dios en toda su potencia.»

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