Oración

Orar es mirar a Dios, escucharle más que hablarle, hacer su voluntad a que haga la nuestra.

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Habíamos dejado Pekín temprano. La víspera había dicho a mi guía:

Ojalá que mañana haga buen tiempo.

Pues bien, aquella mañana fue de nieve y de niebla. Con mirada maliciosa  le pregunté:

¿Entonces, no has rezado?

Sí, pero no para pedir sol. La lluvia es quizás mejor para los arrozales. He rezado para que tú y yo tengamos buen humor sea cual sea el tiempo; por lo demás es sobre nuestra libertad, en primer lugar sobre lo que debe actuar nuestra oración.[1]

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             Orar no es nunca negociar con Dios[2]:        

         La ayuda de Dios, su respuesta a nuestras peticiones, habitualmente no consistirá en una ayuda paternalista (no somos “hijos de papá”; ni siquiera de “papá” Dios). Pero, sin embargo, sí nos ayudará: con el don de sí mismo; de su Espíritu que, como ya hemos repetido en los capítulos anteriores, es fuente de creatividad y energía para nuestra acción: la fuerza de nuestra fuerza.

         Queda así radica la oración de súplica a una simplicidad extraordinaria; ya no se trata de conseguir, a fuerza de mucha insistencia, la recomendación del alguien muy importante. Semejante antropomorfismo fue, una vez más, magistralmente criticado pro santo Tomás de Aquino[3]:

         “Ante un semejante, la oración sirve, primero, para manifestar los deseos y las necesidades y, segundo, para inclinar su ánimo en favor nuestro. Pero esto no es necesario en la oración a Dios, pues cuando oramos no nos proponemos manifestar a Dios nuestras necesidades o deseos, porque lo conoce todo. (…) La voluntad divina tampoco se determina a querer, por las palabras del hombre, lo que antes no quería. (…)La oración dirigida a Dios es necesaria por causa del mismo hombre que ora, a fin (…) de que se haga idóneo para recibir”.

         La oración de Abrahán intercediendo ante Dios a favor de Sodoma y Gomorra (Ge 18,23-32) es una preciosa ilustración de lo que dice santo Tomás. 146

 “…¿no perdonarás a aquel lugar por los 50 justos que hubiera dentro..?

 …¿y si faltaran cinco para los 50…?

…¿y si fueran solamente 40…?

…¿y treinta?

…¿veinte?

…¿diez?”

         ¿No sirvió para nada la oración de Abrahán? Sí, para mucho: para que, cuando se cumplió la voluntad de Dios, comprendiera que era justo y pudiera aceptarla. La oración no es para cambiar a Dios, sino a nosotros. No es para adaptar la voluntad  de Dios a la nuestra, sino la nuestra a la de Dios. “Padre mío, si es posible que pase de mi esta copa, pero no sea como yo quiero, sino como quieras tu” (M 26,39).

         Sí la oración es para conseguir que nuestra voluntad se ponga de acuerdo con la de Dios, y no al revés, lo más importante de la oración no será hablar a Dios, sino escucharle. Así hacia Samuel: “Habla, Señor, que tu siervo escucha” (1 Sam 3,1-20), y así invitaba a hacer Unamuno: “¡Silencio, silencio, para oír al Señor!” (Unamuno, “Diario íntimo”).

 

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[1] BRO, B., “La rueda de molino y la cítara”, Sígueme, Salamanca, 1986, p.103.

[2] GONZALEZ-CARVAJAL, L., “Esta es nuestra fe, Sal Terrae, Santander, 1984, pp.144-148.

[3] “compendio de teología”, lib. II, cap. 2, Rialp, Madrid, 1980, pp.340-341.

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