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«No vine a llamar a justos, sino a pecadores» (Mt 9,13b)
«Tu eres un pecador, un pecador incurable, sin embargo, tal como eres, puedes llegar a Dios que te ama. Te quiere tal como eres, sin necesidad que hagas nada o des nada, te quiere a ti personalmente, sólo a ti. `Dame, hijo mío, tu corazón’ (Prov 23,26). Y da gracias a Dios de que te sea permitido ser pecador, porque Dios, aunque aborrece el pecado, ama al pecador.» (D. Bonhöeffer[1])
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El mítico judío Baal Shem tenía una curiosa forma de orar a Dios. «Recuerda, Señor», solía decir, «que Tú tienes tanta necesidad de mí como yo de Ti. Si tú no existieras, ¿a quién iba yo a orar? Y si yo no existiera, ¿quién iba a orarte a Ti?».
Me produjo una enorme alegría pensar que si yo no hubiera pecado, Dios no habría tenido ocasión de perdonar. También necesita mi pecado. Ciertamente, hay más alegría en el cielo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse. ¡Oh, feliz culpa! ¡Oh, necesario pecado! Donde abunda el pecado, sobreabunda la gracia.
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Una mujer que vivió una situación límite, tomó conciencia de su realidad existencial y entró en crisis. Hundida por su vacío vital, abrumada por la culpa y por la responsabilidad de una vida deshonesta y perdida, se sentía la persona más miserable de la tierra. Lo cual la hizo entrar en un abatimiento depresivo, que le llevó a abandonarlo todo; no se levantaba de la cama y permanecía en ella rumiando oscuros presagios, en una caída sin fondo. Entonces, el Señor se apiadó de ella, y haciéndosele presente le habló: —Has de aprender, querida María, que a pesar de todo yo estoy contigo, y que ¡es más! tengo necesidad de ti. Porque ¿con quién sino iba a ejercer mi misericordia? Allí donde se da la miseria se dirige mi amor compasivo. Recuerda siempre que no viene al mundo sino para salvar a los pecadores. Yo soy el médico que necesita a quien curar. De igual modo que tu necesitas de mi, yo necesito de ti. ¡Alégrate, entonces! Pues tu miseria se torna, paradójicamente y místicamente, en algo maravilloso. Sobreabunda mi gracia misericordiosa donde abunda la des-gracia. Tu pecado posibilita que conozcas mi perdón, y cómo yo soy. ¡Levántate! ….. Amigo, aunque usted no tenga esa experiencia tan manifiesta, ha de creer que así es, también con usted.
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Dios se compromete con la historia del hombre, se encarna,… e irrumpe en ella con su amor misericordioso.
La revelación ese amor divino en Cristo ha puesto de manifiesto a la vez la extensión del mal y la sobreabundancia de la gracia (cf. Rom 5,20).
Dios se conmueve y su gracia se precipita cuando nuestra miseria nos hace pequeños y disponibles. Es en la necesidad donde sobreabunda la gracia. El perdón se manifiesta donde hay ofensa.
Dios nos quiere aunque seamos pecadores, tan solo pide que le dejemos querernos. Sentir su cariño es el principio de dejar de ser pecadores. ¡Oh, maravilla! Todo lo hace su amor.
Si cuanto piensas, sientes, dices y haces, no te agrada; si tus sentimientos negativos, tus defectos, tus errores, tus debilidades, tus neurosis, tu impotencia para el bien, tus pecados e imperfecciones, te llevan al autodesprecio, a tocar fondo, recuerda siempre que -por paradójico que parezca- cuánto más lejos estás de Dios, es cuando más Dios se te aproxima, porque su empeño es salvarte. Tu lejanía se convierte en cercanía de Dios. Puedes seguir considerándolo todo ello como una «feliz culpa», como un pecado necesario que es ocasión de un inmenso bien para ti.
Dios te espera en tu miseria. Allí El va a entablar la batalla decisiva con el mal que te aflige, porque El te ama más, mucho más, de lo que te imaginas. Su amor es más fuerte que tu mal. Dios ejerce su misericordia en la miseria.
Entonces podrás exclamar lleno de gozo aquellas palabras de la sagrada liturgia: «¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor!»
Tener conciencia de nuestra miseria, de nuestra pequeñez, de nuestras faltas,… es reconocer la tiniebla que se percibe por la Luz. Reconocer la Luz, aunque se sienta la impotencia de ir a ella, es ya quererla, o precisamente por esa flaqueza necesitamos de ella. Quien se reconoce así, se hace apto para que Dios intervenga, y Dios intervendrá, podemos estar seguro, porque El ha venido a salvar a los pecadores.
Unicamente Dios puede hallar encanto en nuestra miseria para colmarla. Dios ama lo no amable para amabilizarlo con su amor. Nosotros amamos a los demás cuando éstos tienen algún tipo de perfecciones. Dios no. Cuándo estamos heridos, tirados en el suelo, es cuando Dios quiere levantarnos. El resistirse a ello, es negarnos a reconocernos necesitados, y entonces ahí surge el rechazo que hace imposible que Dios intervenga. Todos tenemos nuestra herida interior, como Jacob: esta herida es el medio provindecial de que Dios quiere servirse para acogernos… Como decían los clásicos Cristo es «médico de cuerpos y almas». Basta con amar suficientemente a Jesús para alegrarnos de su gloria… y, por consiguiente, de nuestra miseria.
El amor misericordioso de Dios sabe cómo utilizar nuestras debilidades. Estamos lejos, muy lejos de comprender cómo Dios actúa secretamente, discreta y finamente, para valerse de nuestra miseria.
Quien comprende su indigencia fundamental, cede en su resistencia para que Dios intervenga. El sólo puede vencer, vencernos, ofreciéndonos su intimidad, su corazón misericordioso.
Cuanto esto sucede descubrimos asombrados el poder que tiene nuestra pequeñez, nuestra miseria sobre el corazón de Dios. El Amor misericordioso reacciona ofreciendo sus máximas posibilidades ante la provocación de la miseria.
Que Dios tiene entrañas de misericordia, que actúa así como El es amorosamente, desconcierta nuestra lógica de justicia: nos negamos a que siendo como somos humanos, cargados de faltas y debilidades, Dios nos quiera tanto y para tanto, y nos resistimos a ello porque resulta humillante, nos avergüenza, y nos negamos a ser amados. He ahí nuestro pecado. Nos resistimos a la misericordia de Dios. Tal vez porque es demasiado hermosa.
Nuestra miseria y la misericordia de Dios constituyen una pareja feliz. …..
«Con frecuencia son las consolaciones, más que las humillaciones, las que nos hacen humildes. Tal es el don de lágrimas que nos da a la vez el sabor de Dios y el de nuestra nada.»[2]
[1] BONHOEFFER, D.: «Vida en comunidad», Sígueme, Salamanca, 1985 (3ª), pp. 89-90. [2] MOLINIE, M.-D.: «El coraje de tener miedo», Ed. Paulinas, Madrid, 1979, p.94. |
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