
Si alguno se imagina ser algo, siendo nada, se engaña a si mismo (Gál 6,3).
«Si llegásemos a creer que somos algo, siendo nada, no solamente no recibiremos lo que no somos, sino que hasta perderemos lo que somos” (San Agustín)[1].
“No seas y podrás más que todo lo que es”, dice el maestro fray Juan de los Ángeles[2].
«La aniquilación del santo ante Dios no es el retorno a la nada (de donde salió por obra de Dios), sino la integración en el todo que Dios es. (…) La criatura que voluntariamente se anula en Dios no retorna, pues, a la nada, sino, por el contrario, reconoce su nada propia y, anegándose en Dios, se sume en la infinitud positiva del Ser infinito actual”[3].
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Estando un día Catalina de Siena en oración, se le presentó Jesús y le dijo:
«Yo me llamo Jesús, tu te llamas Catalina. Somos diferentes, y eso es maravilloso, porque vamos a poder amarnos… Yo me llamo El que soy, tú te llamas la que no eres, pero eso no tiene ninguna importancia y desde le punto de vista del amor se podría muy bien invertir los papeles; yo no tengo la culpa de estar del lado del Ser, y por mi parte no pediría otra cosa mejor que estar del lado de la nada, con tal que el amor pueda realizar entre nosotros el juego eterno de sus diálogos, como lo realiza entre mi Padre y Yo. (…) Alégrate de mi Ser como yo me alegro de tu nada porque la amo, y alégrate de tu nada como te alegras de mi ser, pues gracias a él me ofreces un rostro nuevo, un rostro trinitario que no es, sin embargo, ninguno de los Tres, rostro cuya pequeñez ha fascinado desde toda la eternidad el corazón de los Tres”[4].
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No se trata de conseguir sino de perder; no de hacer sino de dejarse hacer.
La nada, la pequeñez… es el único tesoro humano, y lo es porque Dios se fija ahí; es el pararrayos al que se precipita el rayo de la gracia.
Es un recipiente vacío, baldío, como todo lo humano, sin importancia, pero al descubrirse como tal, al ofrecerse así, sin nada, se hace propicio para que se llene de riqueza, para que sin ser tesoro, por el tesoro mismo se haga cofre.
«El sabor de nuestra nada es lo mismo que el sabor de Dios: no es el sabor de no ser nada, sino el de sentirse dependiente, que es algo positivo, y por consiguiente una alegría”[5].
Sentimos pavor. El pavor del diluirse en la nada. La naturaleza la aborrece; la naturaleza humana por sí sola no lo entiende, ve —naturalmente— el vacío y siente espanto. ¡Pero aparece la gracia! y la fe nos hace descubrir que es allí en la nada donde nos sobrevendrá la Plenitud.
Hay que llegar a ser capaz de hacer una confesión de este tipo: «Me parece ser al mismo tiempo la más miserable y la más feliz… estoy contenta de ser nada, para que mi Dios sea todo… Todo cuanto sucede me lleva a Dios…. Dios Sólo y su santa voluntad en todo y siempre» (Beata Enriqueta Dominici)[6].
Entonces se precipita la gracia de Dios como un torrente, como una lengua de fuego, y se es abrasado por su amor:
«Estas almas, echadas en el horno de mi caridad, no quedando en ellas nada fuera de mí, esto es, nada de su voluntad, se han hecho una cosa conmigo»[7].
Y entonces se ha producido el milagro, el de siendo nada llegar a serlo todo. Dios nos ha asimilado. Su presencia nos ha transformado de tal modo, que ya no somos los mismos, o mejor somos realmente nosotros mismos. Ya nada es igual, aunque todo siga siendo y estando como estaba a nuestro alrededor; todo ha cambiado, transfigurado.
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Ser sabio es saberse dependiente de Dios. Ser valiente es olvidarse de sí, por Dios. Ser fuerte es sentirse en manos de Dios. Estar seguro es contar con la ayuda de Dios. Quien se crea fuerte por sí, no necesita ni espera nada de Dios; y Dios mismo le sobra.
No es nuestra supuesta fuerza, nuestras virtudes…, lo que de nosotros «atrae» a Dios, sino nuestra pobreza, nuestra debilidad, nuestra pequeñez, que no tiene nada de que valerse ni en que apoyarse sino sólo en El.
Y he aquí que para llegar a esto, a esta radical debilidad se requiere de una fuerza singular. Pidamos a Dios esa gracia de ser débiles.
«Cuando la madre Agnès se queja de sus debilidades ante Teresa, ésta responde: ‘También yo tengo debilidades, pero me alegro de ello… ¡Es tan dulce sentirse tan débil y pequeño!’«[8].
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[1] Tr. 1 in Io., n.4.
[2] Del sentimiento trágico de la vida, Sarpe, Madrid,1983,p.218.
[3] M. GARCÍA MORENTE, Ejercicios Espirituales, Espasa-Calpe, Madrid, 1961, p.119.
[4] M.-D. MOLINIE, El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid, 1979, p.66.
[5] M.-D. MOLINIE, El coraje de tener miedo, Ed. Paulinas, Madrid 1979, p.95.
[6] BEATA ENRIQUETA DOMINICI, citado en EB, p.102.
[7] Cf. W. STINISSEN, Meditación cristiana profunda, Sal Tarrae, Santander, 1980, pp.160-161.
[8] W. STINISSEN, Meditación cristiana profunda, Sal Tarrae, Santander, 1980, p.161.
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