«Mi Yugo es llevadero y mi carga ligera»

El evangelio de la liturgia de la misa del día de hoy, 16 de julio, es breve, tan solo 3 versículos, pero llenos de mensaje: Habla de lo llevadero que, pese a todo lo que implica (yugo y carga), conlleva seguir a Cristo Jesús; y es más, invita a los que sufren y les va mal por los avatares de la vida a ir a Él que les consolará.

Lectura del santo evangelio según san Mateo (11,28-30):

EN aquel tiempo, Jesús tomó la palabra y dijo: «Venid a mi todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré. Tomad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

La carga y el yugo que Dios nos propone son siempre —aun en las circunstancias más adversas— suaves y ligeros porque están hechos a medida de los pequeños, los débiles y los pobres, con quienes El se halla. Si la fe, sin la esperanza y sin la experiencia del amor y la gracia es imposible ser cristiano, pues este vive en estado de disposición al padecimiento. La carga y el yugo han de llevar el Mi, sino resulta insoportable, insufrible y sin sentido. Solo por la fe es soportable, solo por el amor es sufrible, solo por la esperanza tiene sentido.

Renunciar a la pequeñas cosas, a los deseos, a los caprichos, lujos, lo innecesario… eso y no nada extraordinario es la cruz. «Mis mortificaciones consistían en quebrantar mi voluntad, siempre dispuesta a salirse con la suya; en callar una palabra de réplica, en prestar pequeños servicios sin hacerlos valer…» (1). Por regla general, el amor nuestro, diario, tiene una cruz «pobre», hecha de pequeñas renuncias, nada importantes. Pero tiene el sabor de lo auténtico, de nuestro humilde amor cotidiano.

Esta ascética es la ascética por excelencia. No hay que buscar mortificaciones sobreañadidas. La ascética de la misericordia: perdón, tolerancia, comprensión, soportar la deficiencias ajenas y propias también…

A Cristo le sobreviene la cruz como una consecuencia «lógica» de su amor. Cristo enfrenta el sacrificio sin quererlo pero sin retroceder. A veces no  hay más remedio que vérselas con él. Elevarse con Cristo sobre él. Es el lugar circunstancial desde el que hemos de amar; allí donde estemos, allí amaremos. El marco, el escenario es algo coyuntural, y nuestra actitud es lo fundamental y decisivo.

«Cristo sufrió por nosotros dejándonos ejemplo para que signamos sus huellas« (1 Pe 2,21).

No se trata de contemplar la cruz, hay que cargar con ella, y contemplar a quien en ella se halla. Cuando empecemos a ver al Hombre en ella, empezaremos a comprenderlo todo, a amar la cruz. Sin fe, sin ver la presencia de Cristo, la cruz es espantosa y su carga y su yugo insoportable. Pero cuando uno contempla a Cristo todo cambia, el sufrimiento se torna sufrimiento de alegría.

Para ser bueno se necesitan unas extraordinarias dosis de humildad, porque el bueno será maltratado. Si fuéramos realmente buenos acabaríamos como Jesús.

«Esta en mi filosofía más profunda: conocer a Jesús y a éste crucificado» (San Bernardo).

«Estoy crucificado con Cristo, y ya no vivo yo, pues es Cristo el que vive en mi» (Gal 2,19).

Cristo nos podría decir: «Yo subía a la cruz antes de la cruz misma, cuando me despreocupe de mí, de mi mismo y mi yo; cuando decidí encarnar el Amor en una realidad adversa y hostil». La cruz es la manifestación de la plenitud, de lo que se está haciendo pleno; no hay plenitud sin cruz es esa vida. Tendrás que hacer renuncias, y no llevar una vida acomodaticia y placentera; pero alcanzarás la plenitud, la realización más posible. No hay plenitud sin cruz.

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El Jesús de Mateo es muy duro con los fariseos: el «yugo» que propone es suave frente a las innumerables prácticas que ellos imponen.

«¿A qué tentáis a Dios imponiendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido soportar? Pero creemos ser salvos por la gracia del Señor Jesús…» (Hch 15,10 ).

«Pedro no había comprendido eso cuando deseaba vivir con Cristo en la montaña (cf. Lc 9,33). Te ha reservado eso, oh Pedro, para después de la muerte. Pero ahora, él mismo dice: Desciende para penar en la tierra, para servir en la tierra, para ser despreciado y crucificado en la tierra. La Vida desciende para hacerse matar: el Pan desciende para tener hambre el Camino desciende para fatigarse andado; la Fuente desciende para sentir la sed; y tú, ¿vas a negarte a sufrir?». (2) 

«El Espíritu Santo y nosotros (los apóstoles) hemos decidido no poneros ninguna carga más que estas necesarias... » (Hch 15,28).          

«Ahora adivino que la verdadera caridad consiste en soportar todos los defectos del prójimo, en no extrañar sus debilidades,…» (3)

«Soportándoos los unos a los otros» (Col 3,13).

«La ley de Cristo es, por tanto, una ley del sobrellevar. Sobrellevar es soportar. Para el cristiano, y precisamente para él, el prójimo es una carga. Esto en ningún caso lo es para el pagano. Este evita que el prójimo sea para él una carga. El cristiano, en cambio, debe soportar la carga del prójimo, debe soportar a su hermanos. Sólo así, como carga, el prójimo se convierte verdaderamente en un hermano y no es un objeto que se posee. La carga de los hombres resultó tan pesada para el mismo Dios, que caminó hasta la cruz bajo su peso.» (4)

«Si alguno quiere venir en pos de mí —dice el Señor Jesús—, niéguese a sí mismo, tome su cruz de cada día, y sígame» (Lc 9,23).

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Palabras del papa Francisco

(Ángelus, 9 julio 2017)

En el Evangelio de hoy Jesús dice: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso» (Mateo 11, 28). El Señor no reserva esta frase para alguien, sino que la dirige a “todos” los que están cansados y oprimidos por la vida. ¿Y quién puede sentirse excluido en esta invitación? Jesús sabe cuánto puede pesar la vida. Sabe que muchas cosas cansan al corazón: desilusiones y heridas del pasado, pesos que hay que cargar e injusticias que hay que soportar en el presente, incertidumbres y preocupaciones por el futuro.

Ante todo esto, la primera palabra de Jesús es una invitación a moverse y reaccionar: “venid”. El error, cuando las cosas van mal, es permanecer donde se está, tumbado ahí. Parece evidente, pero ¡qué difícil es reaccionar y abrirse! No es fácil. En los momentos oscuros surge de manera natural estar con uno mismo, pensar en cuánto sea injusta la vida, en cuánto son ingratos los demás y qué malo es el mundo y demás. Algunas veces hemos padecido esta fea experiencia. Pero así, cerrados dentro de nosotros, vemos todo negro. Entonces incluso llega a familiarizarse con la tristeza, que se hace de casa: esa tristeza que nos postra, es una cosa fea esta tristeza. Jesús en cambio quiere sacarnos fuera de estas “arenas movedizas” y por eso dice a cada uno: “¡ven!” —“¿Quién?”— “tú, tú, tú…”. La vía de salida está en la relación, en tender la mano y en levantar la mirada hacia quien nos ama de verdad.

Efectivamente salir solo no basta, es necesario saber dónde ir. Porque muchas metas son ilusorias: prometen descanso y distraen solo un poco, aseguran paz y dan diversión, dejando luego en la soledad de antes, son “fuegos artificiales”. Por eso Jesús indica dónde ir: “venid a mí”. Muchas veces, ante un peso de la vida o una situación que nos duele, intentamos hablar con alguien que nos escuche, con un amigo, con un experto… Es un gran bien hacer esto, ¡pero no olvidemos a Jesús! No nos olvidemos de abrirnos a Él y contarle la vida, encomendarle personas y situaciones. Quizás hay “zonas” de nuestra vida que nunca le hemos abierto a Él y que han permanecido oscuras, porque no han visto nunca la luz del Señor. Cada uno de nosotros tiene la propia historia. Y si alguien tiene esta zona oscura, buscad a Jesús, id a un misionero de la misericordia, id a un sacerdote, id… Pero id a Jesús, y contadle esto a Jesús. Hoy Él dice a cada uno: “¡Ánimo, no te rindas ante los pesos de la vida, no te cierres ante los miedos y los pecados, sino ven a mí!”. Él nos espera, nos espera siempre, no para resolvernos mágicamente los problemas, sino para hacernos fuertes en nuestros problemas. Jesús no nos quita los pesos de la vida, sino la angustia del corazón; no nos quita la cruz, sino que la lleva con nosotros. Y con Él cada peso se hace ligero (cf. v. 30) porque Él es el descanso que buscamos. Cuando en la vida entra Jesús, llega la paz, la que permanece en las pruebas, en los sufrimientos. Vayamos a Jesús, démosle nuestro tiempo, encontrémosle cada día en la oración, en un diálogo confiado y personal; familiaricemos con su Palabra, redescubramos sin miedo su perdón, saciémonos con su Pan de vida: nos sentiremos amados y consolados por Él. Es Él mismo quien lo pide, casi insistiendo. Lo repite una vez más al final del Evangelio de hoy: «Aprended de mí […] y hallaréis descanso para vuestras almas» (v. 29). Aprendamos a ir hacia Jesús y, mientras que en los meses estivales buscamos un poco de descanso de lo que cansa al cuerpo, no olvidemos encontrar el verdadero descanso en el Señor. Nos ayude en esto la Virgen María nuestra Madre, que siempre cuida de nosotros cuando estamos cansados y oprimidos y nos acompaña a Jesús.

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Palabras del papa Francisco

(Catequesis del 14 de septiembre de 2016)

Hoy nos detenemos en un paso conmovedor del Evangelio (cf. Mt 11, 28-30), en el cual Jesús dice: «Venid a mí, vosotros todos los que estáis cansados y oprimidos, y yo os daré descanso. […] Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas» (vv. 28-29). La invitación del Señor es sorprendente: llama para que le sigan a personas sencillas y sobrecargadas por una vida difícil, llama para que le sigan a personas que tienen tantas necesidades y les prometen que en Él encontrarán descanso y alivio. La invitación está dirigida de manera imperativa: «venid a mí», «tomad mi yugo», «aprended de mí». ¡Ojalá todos los líderes del mundo pudieran decir esto! Intentemos entender el significado de estas expresiones.

El primer imperativo es «Venid a mí». Dirigiéndose a los que están cansados y oprimidos, Jesús se presenta como el Siervo del Señor descrito en el libro del profeta Isaías. Así dice el pasaje de Isaías: «El Señor me ha dado una lengua de discípulo, para que haga saber al cansado una palabra alentadora» (50, 4). Al lado de estos cansados de la vida, el Evangelio pone a menudo también a los pobres (cf. Mt 11, 5) y a los pequeños (cf. Mt 18, 6). Se trata de aquellos que no pueden contar con medios propios, ni con amistades importantes. Sólo pueden confiar en Dios. Conscientes de su propia humilde y miserable condición, saben depender de la misericordia del Señor, esperando de Él la única ayuda posible. En la invitación de Jesús encuentran finalmente la respuesta a su espera: al convertirse en sus discípulos reciben la promesa de encontrar descanso durante el resto de su vida. Una promesa que al finalizar el Evangelio es extendida a todas las gentes: «Id, pues, —dice Jesús a los Apóstoles— y haced discípulos a todas las gentes» (Mt 28, 19). Al acoger la invitación a celebrar este año de gracia del Jubileo, en todo el mundo los peregrinos cruzan el umbral de la Puerta de la Misericordia abierta en las catedrales, en los santuarios, en tantas iglesias del mundo, en los hospitales, en las cárceles. ¿Por qué cruzan esta Puerta de la Misericordia? Para encontrar a Jesús, para encontrar la amistad de Jesús, para encontrar el descanso que sólo Jesús da. Este camino expresa la conversión de todo discípulo que sigue la llamada de Jesús. Y la conversión consiste siempre en descubrir la misericordia del Señor. Que es infinita e inagotable: ¡es grande la misericordia del Señor! A través de la Puerta Santa, por lo tanto, profesamos «que el amor está presente en el mundo y que este amor es más potente que toda clase de mal, en el cual el hombre, la humanidad, el mundo están incluidos» (Juan Pablo II, Enc. Dives in misericordia, 7).

El segundo imperativo dice: «tomad mi yugo». En el contexto de la Alianza, la tradición bíblica utiliza la imagen del yugo para indicar el estrecho vínculo que une al pueblo con Dios y, en consecuencia, la sumisión a su voluntad expresada en la Ley. En polémica con los escribas y los doctores de la ley, Jesús pone sobre sus discípulos su yugo, en el cual la Ley encuentra su cumplimiento. Desea enseñarles que descubrirán la voluntad de Dios mediante su persona: mediante Jesús, no mediante leyes y prescripciones frías que el mismo Jesús condena. ¡Basta con leer el capítulo 23 de Mateo! Él está en el centro de su relación con Dios, está en el corazón de las relaciones entre los discípulos y se sitúa como fulcro de la vida de cada uno. Recibiendo el «yugo de Jesús» cada discípulo entra así en comunión con Él y es hecho partícipe del misterio de su cruz y de su destino de salvación.

Su consecuencia es el tercer imperativo: «aprended de mí». A sus discípulos Jesús planea un camino de conocimiento y de imitación. Jesús no es un maestro que con severidad impone a los demás pesos que el no lleva: esta era la acusación que hacían los doctores de la ley. Él se dirige a los humildes, a los pequeños, a los pobres, a los necesitados porque Él mismo se hizo pequeño y humilde. Comprende a los pobres y los que sufren porque Él mismo es pobre y conoce el dolor. Para salvar a la humanidad Jesús no ha recorrido un camino fácil; el contrario, su camino ha sido doloroso y difícil. Como recuerda la carta a los Filipenses: «se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz» (2, 8). El yugo que los oprimidos soportan es el mismo yugo que Él llevó antes que ellos: por eso es un yugo ligero. Él ha cargado sobre sus hombros los dolores y pecados de la humanidad. Para el discípulo, entonces, recibir el yugo de Jesús significa recibir su revelación y acogerla: en Él la misericordia de Dios se hizo cargo de las pobrezas de los hombres, donando así a todos la posibilidad de la salvación. Pero ¿por qué Jesús es capaz de decir estas cosas? ¡Porque Él se ha hecho todo a todos, cerca de todos, de los más pobres! Era un pastor entre la gente, entre los pobres: trabajaba todo el día con ellos. Jesús no era un príncipe. Es malo para la Iglesia cuando los pastores se convierten en príncipes, lejanos de la gente, lejanos de los más pobres: ese no es el espíritu de Jesús. A estos pastores Jesús los regañaba, y de ellos Jesús decía a la gente: «haced lo que ellos dicen pero no lo que hacen».

Queridos hermanos y hermanas, también para nosotros hay momentos de cansancio y desilusión. Recordemos entonces estas palabras del Señor, que nos dan tanto consuelo y nos ayudan a entender si estamos poniendo nuestras fuerzas al servicio del bien. Efectivamente, a veces nuestro cansancio está causado por haber depositado nuestra confianza en cosas que no son lo esencial, porque nos hemos alejado de lo que vale realmente en la vida. Que el Señor nos enseñe a no tener miedo de seguirle, para que la esperanza que ponemos en Él no sea defraudada. Estamos llamados a aprender de Él qué significa vivir de misericordia para ser instrumentos de misericordia. Vivir de misericordia para ser instrumentos de misericordia: vivir de misericordia es sentirse necesitado de la misericordia de Jesús, y cuando nosotros nos sentimos necesitados de perdón, de consolación, aprendemos a ser misericordiosos con los demás. Tener la mirada fija en el Hijo de Dios nos hace entender cuánto camino debemos recorrer aún; pero al mismo tiempo nos infunde la alegría de saber que estamos caminando con Él y que no estamos nunca solos. Ánimo, entonces, ¡ánimo! No nos dejemos quitar la alegría de ser discípulos del Señor. «Pero, padre, yo soy pecador, ¿qué puedo hacer?» – «déjate mirar por el Señor, abre tu corazón, siente en ti su mirada, su misericordia, y tu corazón será colmado de alegría, de la alegría del perdón, si tú te acercas a pedir el perdón». No nos dejemos robar la esperanza de vivir esta vida junto a Él y con la fuerza de su consuelo. Gracias.

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Catena Aurea

 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2

El había encendido el deseo de sus discípulos por todo lo que precede, que no es más que la expresión de su inefable virtud y ahora los llama a sí por las palabras: «Venid a mí todos los que trabajáis y estáis cargados».
 

San Agustín, sermones 69,1

¿Por qué nos cansamos todos, sino porque somos mortales, que llevamos vasos de barro que nos ponen en tantas angustias? Pero si los vasos frágiles de la carne nos angustian, nos desplegamos en los espacios de la caridad. ¿A qué dice: «Venid a mí todos los que trabajáis», sino para que no nos cansemos?
 

San Hilario, in Matthaeum, 11

Llama a sí a todos los que trabajan por las dificultades de la ley y la carga del pecado.
 

San Jerónimo

Asegura el profeta Zacarías, que es carga muy pesada la del pecado, diciendo: «que la iniquidad está sentada sobre una masa de plomo» ( Zac 5,7) y el Salmista completó esta verdad con las palabras: «mis iniquidades están pesando sobre mí» ( Sal 37,5).
 

San Gregorio Magno, Moralia, 30

Es ciertamente un yugo áspero y una dura sumisión el estar sometido a las cosas temporales, el ambicionar las terrenales, el retener las que mueren, el querer estar siempre en lo que es inestable, el apetecer lo que es pasajero y el no querer pasar con lo que pasa. Porque mientras desaparecen, a pesar de nuestros deseos, todas estas cosas que por la ansiedad de poseerlas afligían nuestra alma, nos atormentan después por miedo de perderlas.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2

Y no dice: Venid éste y aquel, sino todos los que estáis en las preocupaciones, en las tristezas y en los pecados; no para castigaros, sino para perdonaros los pecados. Venid, no porque necesite de vuestra gloria, sino porque quiero vuestra salvación. Por eso dice: «Y yo os aligeraré». No dijo: Yo os salvaré solamente, sino (lo que es mucho más) os aliviaré, esto es, os colocaré en una completa paz.
 

Rábano

No sólo os aliviaré, sino que os saciaré con un manjar interior.
 

Remigio

Venid, dice, no con los pies, sino con las costumbres; no con el cuerpo, sino con la fe, porque ésta es la entrada espiritual que nos aproxima a Dios. Por eso dice: «Tomad mi yugo sobre vosotros».
 

Rábano

El yugo del Señor Jesucristo es el Evangelio que une y asocia en una sola unidad a los judíos y a los gentiles. Este yugo es el que se nos manda que pongamos sobre nosotros mismos, esto es, que tengamos como gran honor el llevarlo, no vaya ser que poniéndolo debajo de nosotros, esto es despreciándolo, lo pisoteemos con los pies enlodados de los vicios. Por eso añade: «Aprended de mí».
 

San Agustín, sermones, 69,2

No a crear el mundo, no a hacer en él grandes prodigios, sino aprended de mí a ser manso y humilde de corazón. ¿Quieres ser grande? Comienza entonces por ser pequeño. ¿Tratas de levantar un edificio grande y elevado? Piensa primero en la base de la humildad. Y cuanto más trates de elevar el edificio, tanto más profundamente debes de cavar su fundamento. ¿Y hasta dónde ha de tocar la cúpula de nuestro edificio? Hasta la presencia de Dios.
 

Rábano

Mandándonos nuestro Salvador que seamos sobrios en las costumbres y humildes en nuestros sentimientos, nos manda también que no ofendamos a nadie, que no despreciemos a nadie y que tengamos dentro de nuestro corazón todas las virtudes que manifestamos en nuestras obras exteriores.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,2

Por eso El desde el principio comienza la exposición de las leyes divinas por la humildad y propone la recompensa en las palabras: «Y encontraréis la tranquilidad en vuestras almas». Esta es la mayor recompensa, porque con ello no sólo se hace uno útil para los demás, sino que encuentra en sí mismo la tranquilidad y concede esta recompensa antes de la que ha de dar en el tiempo venidero, ya que en ese tiempo se gozará de una tranquilidad eterna.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 38,3

Y para que no se llenaran de temor al oír las palabras, carga y yugo, añade: «Porque mi yugo, etc».
 

San Hilario, in Matthaeum, 11

Y nos propone la idea consoladora del yugo suave y de la carga ligera, a fin de dar a los que creen en El unos indicios del bien que sólo El ha visto en el Padre.
 

San Gregorio Magno, Moralia, 4,39

¿Qué carga pesada impone a nuestras almas el que nos manda evitar todo deseo que nos pueda perturbar? ¿Qué cosa más ligera que el abstenerse de la maldad, querer el bien, no querer el mal, amar a todos, no aborrecer a nadie, alcanzar lo eterno, no engolfarse en lo presente y el no hacer a otro lo que no quisiéramos que nos hicieran a nosotros?
 

San Hilario, in Matthaeum, 11

¿Y cuál es este yugo más suave y cuál esta carga más ligera? Buscar ser más considerado, abstenerse demaldades, querer el bien, odiar el mal, amar a todos, no odiar a nadie, perseguir lo eterno, no aferrarse a las cosas presentes, no querer hacer a otro lo que no se quiere para sí.
 

Rábano

Pero cómo se entiende que es suave el yugo de Cristo, cuando se dice más arriba: «¿Es estrecha la senda que conduce a la vida?» ( Mt 7,14). Porque lo que al principio se nos hace dificultoso, pasado algún tiempo, mediante la dulzura inefable del amor, se nos hace sumamente fácil.
 

San Agustín, sermones,70,1

Los que llevaron intrépidamente sobre sus cabezas el yugo del Señor, han afrontado peligros tan difíciles, que parece como que son llamados, no del trabajo al descanso, sino de la inacción al trabajo, como dice el Apóstol de sí mismo ( 2Cor 6): El Espíritu Santo es ciertamente el que renueva de día en día al hombre interior en medio de las ruinas del hombre exterior y una vez que ha gustado la tranquilidad espiritual, en esta afluencia de las delicias de Dios, en la esperanza de los bienes eternos, todo lo presente pierde su aspereza y todo lo pesado se aligera. Sufren los hombres el ser despedazados y quemados, no solamente a fin de no sufrir los dolores eternos, sino aún para evitar mediante un dolor muy vivo pero momentáneo, otros sufrimientos prolongados. ¿Qué tormentas e inclemencias no sufren los comerciantes, a fin de conseguir riquezas banales? Las mismas penas experimentan los que no buscan esas riquezas como los que las buscan. Pero en éstos no son tan terribles, porque el amor suaviza y hace fáciles las cosas más inclemente y difíciles. ¿Con cuánta más razón hará más fácil todo lo difícil, la caridad que tiene por objeto la verdadera felicidad, que no la pasión, que en cuanto está de su parte tiende a un fin miserable?
 

San Jerónimo

¿Cómo el Evangelio es más suave que la ley, puesto que ésta sólo castiga el homicidio y el adulterio y el Evangelio hasta la ira y la concupiscencia? ( Mt 5). Hay en la ley muchos preceptos, que según enseña con toda erudición el Apóstol ( Hch 15) son impracticables. En la ley se exige la obra, en el Evangelio la intención, con la que puede obtenerse la recompensa sin que se haya realizado la obra. El Evangelio nos manda lo que nos es posible, esto es, el no desear y esto queda dentro de nuestras facultades. La ley, al castigar al adulterio, no castiga la intención, sino el hecho. Figuraos que en una persecución ha sido violada una virgen, el Evangelio la recibe como virgen porque no ha pecado por su voluntad, pero la ley la repudia porque ha sido violada.

 

 

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1.- SANTA TERESA DE LISIEUX: «Historia de un alma», cap. 6; en «Obras completas», Monte Carmelo, Burgos, 1975, p.245.

2.- S. AGUSTIN: «serm.» 78,6.

3.- SANTA TERESA DE LISIEUX: «Historia de una alma», IX, 24.

4.- BONHOEFFER, D.: «Vida en comunidad», Sígueme, Salamanca, 1985 (3ª), p. 79.

 

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