Meditación

El se retiraba a los lugares solitarios para orar (Lc 5,16).

         «Las puerta de entrada al castillo (interior) son la oración y la meditación» (Santa Teresa de Jesús)[1].

*****

            El auditorio de jóvenes universitarios  estaba entregado con los ponentes, aplaudían tras cada intervención. Uno de los ponentes, de origen asiático, el más tenido por sabio y el menos conocido, permanecía en  silencio y no dijo palabra.

           ¿Por qué no habla usted? ¿Porque no nos dice alguna palabra al respecto de la sabiduría oriental…? —Le preguntó un asistente desde su butaca.

           Como no abría la boca y se prolongaba su silencio, de modo que a todo el mundo extrañó, se precipitaron las voces destempladas: luego silbidos y abucheos.

           Por fin, en medio de aquella algarabía, sereno y mirando al auditorio, dijo:

           Saber guardar silencio es cuanto esta noche puedo enseñar.

           Todos quedaron estupefactos. El hizo ademán de levantarse, pero prosiguió diciéndo:

           En cierta ocasión, un político del país que vengo, en un probable cuarto de hora de buena voluntad, al coincidir ocasionalmente con la Madre Teresa, le pidió un «consejo especial» para el mejor desempeño de su tarea.

           La Madre Teresa le contestó: “Dedique un poco más de tiempo a estar de rodillas”   

           Hizo una pausa, y añadió:

           Yo soy menos exigente, me conformo con que estén sentados con ustedes mismos.[2]     

 *****

 

          “La meditación no es otra cosa que un místico rumiar, necesario para que no seamos inmundos” (San Francisco de Sales[3]).

          «Agítense los hombres mundanos en la vanidad de sus esfuerzos y trabajos, para no oír a Dios que nos habla en el reposo de nuestra alma, en la quietud y el silencio. (…)    Aturdirse en el trabajo; he aquí la última máxima del mundo.» (Unamuno) [4]

        «En el silencio Dios habla al corazón« (Os 2,14).

         El mundo es ruido, y Dios, palabra silenciosa, que tan solo en la meditación se puede oír. Dios no va a hablar más alto de allí donde tu corazón tenga la suficiente capacidad de oírle. El silencio de Dios no es un querer callar suyo, sino un no poder escuchar nuestro.

         Hay que tener un corazón en silencio, abierto, disponible, no ahogado por lo mundano, pues «¿Cómo me vais a creer si os hablo de cosas del cielo?» (Jn 3,12).

       «Si hay silencio, éste radica no en el callar de Dios, sino en la sordera estructural de la creatura. Y, acaso, en nuestro no escuchar, en nuestro vivir “distraídos”, “divertidos” (Pascal: divertissement), sin preparar, en la concentración, en el espíritu de servicio y en el silencio de la oración, los oídos a la palabra honda y sutil de Dios». [5]

……o…….

Estas son palabras sobre la meditación son del jesuita Yves Raguin[6]:

La meditación es un modo de escrutar las verdades cristianas, hacerlo razonando        

         Experiencia activa de Dios en la vida y en la oración:

         Normalmente oramos como queremos, empleando nuestras propias palabras o nuestros sentimientos. Meditamos sobre un tema dándole vueltas, comparándolo con otros semejantes a él. Entonces reflexionamos sobre una verdad como lo haríamos sobre cualquier problema. De este modo conseguimos proyectar un poco de luz sobre las verdades cristianas. Este modo es el normal para los principiantes. 129

         En un caso como éste nos parece que todo el trabajo corre a nuestra cuenta. Pero sabemos por la fe, porque creemos lo que Cristo dice en el Evangelio y lo que la Iglesia nos enseña, que al mismo tiempo Dios nos ilumina interiormente. 129

         Todos los problemas de la vida humana se ordena a la luz de la fe (del Evangelio y de las enseñanzas de la Iglesia). 130

         Pero Dios, que es el que impulsa los actos de oración y la vida cristiana no es percibido, ni siquiera barruntado. Está presente como uno que no se ve, pero al que creemos presente en la acción. 130

       Puede decirse que aquí tenemos una experiencia de vida cristiana, pero sin tener una experiencia directa de Dios. Esta experiencia de Dios todavía es indirecta. 130

          El paso de la meditación a la contemplación es un paso hacia una experiencia más directa de Dios, porque la contemplación supone una actitud diferente. En la contemplación, el hombre está más pendiente  de la acción divina, aunque ésta sea oculta, que de sus propios esfuerzos. 130

         Necesidad de reflexionar

         En la práctica hay que tomarse un tiempo para el estudio, para leer, reflexionar y orar. 147

         En la meditación puedo conseguir una cierta aprehensión intelectual, pero necesito dar un paso más y poner en práctica un medio de conocimiento más eficaz, la fe. 149

         La reflexión a la que me dedico es un medio todavía imperfecto de captar la realidad, a la que tomo en una expresión formal y desencarnada. Puede ocurrir que el que ha practicado la meditación durante cierto tiempo sólo esté en la superficie de los misterios, sin haber intentado penetrarlos por la fe. 149.

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Estas son palabras sobre la meditación son del trapense Th. Merton[7]:

Para meditar debo apartar de la mente todo lo que distrae mi atención de Dios, presente en mi corazón. Esto no es posible a menos que no recoja mis sentidos, aunque casi es inútil que trate de recogerme en el momento de la oración si he dejado que ellos y mi imaginación divaguen durante todo el día. Por esta razón, el deseo de practicar la meditación supone el esfuerzo de perseverar en un recogimiento moderado a lo largo del día; significa vivir en un ambiente de fe, teniendo algunos momentos de oración y de atención a Dios. El mundo en el que vivimos es una peligrosa seducción  para el que quiere adquirir hábitos de recogimiento. 80

Esto podría ser en forma esquemática, lo esencial de la oración meditativa:

  1. Preliminares: Hacer un esfuerzo sincero por recogerse, dándonos cuenta de lo que vamos a hacer y orando para pedir gracias. Si se hace bien este comienzo, el resto será más fácil.
  2. Visión: Intentar ver, fijarse o comprender lo que se está meditando. Esto supone un esfuerzo de fe. Seguir así hasta que la fe se haga clara y firme en el corazón (no sólo en la mente). 
  3. Aspiración: Como consecuencia de lo que se “ve”, se dan algunos resultados prácticos, deseos o resoluciones para actuar de acuerdo con la fe de cada uno, para vivir la propia fe. 101
  4. Comunión: Ahora la oración se hace sencilla, sin complicaciones. La actualización de la fe es un hecho consistente y la esperanza es firme, pudiendo descansar en la presencia de Dios. 102

Podremos terminar con una breve y sincera acción de gracias. 102

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Sobre el método de la meditación san Alfonso de Ligorio[8] lo expreso a tres puntos: preparación, materia, conclusión.

  1. Preparación. Es evidente que no hay que ponerse a rezar ante el Señor con la mente distraída. Ante todo, por consiguiente debemos comenzar por ponernos en la presencia de Dios, pensar que el Señor está allí y que nos ve. 544
  2. Materia de la meditación. La materia de la meditación puede tomarse de la vida de Nuestro Señor, de su enseñanza o de otros puntos semejantes. Se lee o se escucha lo que el libro dice; pero luego no es necesario meditar sobre cada palabra; mejor es detenerse en un punto solo si el corazón halla pasto en él. Luego se lee el segundo punto; pero uno puede quedarse en el anterior si ha encontrado en él alimento para su alma. Sin embargo, es mejor escuchar lo que se lee, a fin de que, si el primer punto resulta árido, no falte materia de meditación.
  3. Conclusión. La meditación se termina pidiendo perdón a Dios por las negligencias cometidas en ella y suplicándole que nos ayude a cumplir nuestros propósitos; éstos deben ser pocos, práctico, sobre circunstancias probables de la jornada. Es preciso, además, como enseña san Francisco de Sales escoger un pensamiento como una florecilla espiritual, que se recordará a lo largo del día. Si os habituáis a esto, no os costará ni os requerirá gran esfuerzo.

   Me diréis: “Vienen las distracciones, estamos en la aridez.” ¡Atención! El demonio pone todo su interés en echar a perder este acto tan excelente; pero ni las distracciones ni la aridez deben abatirnos. Y no siempre vienen del demonio las distracciones; a veces vienen de nosotros mismos. Por otra parte, las distracciones  involuntarias no quitan el mérito y el fruto de la meditación. 546

   Hace cierto tiempo fui a visitar a una enferma, que me dijo: “Me gusta tanto este pensamiento de san Alfonso de Ligorio, de que el al entrar en un palacio se ven a lo largo de las escaleras estatuas que quizá lleven allí cien años y jamás se han movido, y no obstante están lejos de ser inútiles, porque honran al amo. Yo estoy aquí enferma y no puedo hacer nada, casi ni rezas; hago lo que aquellas estatuas: dar gloria al Señor.” Así también nosotros, cuando tenemos distracciones o estamos en la aridez; entonces no tenemos que entristecernos, sino estar contentos de hacer la voluntad de Dios, de darle gloria con nuestra presencia. 546

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[1] Moradas del castillo interior, Bruguera, Barcelona, 1984. (Introducción, p.17).

[2] GONZALEZ-BALADO, J. L., Madre Teresa de Calcuta, Acento Ed., Madrid 1998, P.21

[3] Amor de Dios, 1. 6, c.1

[4] Diario ímtimo, Alianza editorial, Madrid, 1983, p.46.

[5] TORRES QUEIRUGA, A., Recuperar la salvación, Encuentro, Madrid, 1979. p.146.

[6] Atención a Dios, Narcea, Madrid, 1979.

[7] Dirección y contemplación, Sociedad de Educación Atenas, Madrid, 1986.

[8] SALES, L., La vida espiritual, Madrid, 1977.

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