
«Dios es Luz, en él no hay tinieblas alguna» (1 Jn 1, 5).
«Para los que yacen en la región tenebrosa de la muerte ha surgido una luz» (Mt 4, 16b).
Jesús es la “gran luz” que había sido anunciada por el Profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció” (Is 9, 1).
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La noche del 5 de abril de 1574 moría la religiosa española Santa Catalina Thomas.
En el cuarto había tal oscuridad que uno de los presentes suplicó:
—A ver, por favor, quién trae una vela.
Entonces a la moribunda se la oyó:
—Traigan alguna luz para ustedes; que por lo que a mí respecta, el sol está brillando como nunca.
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Según se cuenta, las últimas palabras del gran escritor alemán Goethe, estando moribundo, fueron:
—¡Luz! ¡Luz! ¡Más luz aún!
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«Yo soy la luz del mundo. El que me siga, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).
«Jesús les contestó: `Todavía os queda un poco de luz; caminad mientras tenéis luz, antes de que os sorprendan las tinieblas. El que camina en tinieblas no sabe adónde va; mientras hay luz, creed en la luz, para que seáis hijos de la luz´» (Jn 12,35-36).
El mal rehuye la luz: «El que obra mal odia la luz» (Jn 3,20). ¿Qué será de nosotros cuando la Luz nos salga al encuentro tras la muerte? ¿Iremos a Ella o la rechazaremos? Esta es una elección que habremos decantado durante nuestro caminar en la tierra; es decir, si hemos transitado por a la luz del Señor, del camino trazado por Jesús, o nos hemos apartado de el, habituando nuestros ojos a la oscuridad. «Yo he venido como la luz al mundo, para que todo el que crea en mí, no quede en las tinieblas. Yo no juzgo al que oye mis palabras y no las guarda, pues no he venido a juzgar al mundo, sino a salvarlo. El que me rechaza y no acepta mi doctrina, ya tiene quien lo juzgue; la doctrinan que yo enseñé lo juzgará en el último día.» (Jn 12,46-48).
El «pecado contra el Espíritu Santo» que «no tendrá perdón nunca» (Mc 3,29); que es atribuir la obra de Cristo a Satanás. Es decir, el pecado imperdonable consiste en conocer algo como bueno y odiarlo en cuanto bueno.
Es el pecado de incapacidad que las tinieblas tienen para ver la luz. Las personas que viven en tinieblas no pueden reconocer la luz de Cristo, y sus obras; así tampoco conocerán el perdón, porque es obra del Espíritu del Hijo, y las tinieblas, es decir las personas en ese estado de pecado están incapacitadas para contemplar la luz, amarla y ser atraídos por y hacia ella. Ellas mismas -«se autojuzgan»- se autoexcluirán de la gloria que el Señor ofrece y ofrecerá.
Este es el único y verdadero peligro: confundir la luz con las tinieblas, el bien con el mal, la verdad y la mentira, la vida y la muerte.
Por la entrañable misericordia
de nuestro Dios,
nos visitará el sol
que nace de lo alto,
para iluminar
a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.
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