Los cristianos homosexuales: periferia existencial

Testimonio de Lorenzo Carrera Bloise

Antes de ser bautizado con veintiún años, en mis años de búsqueda de la Verdad, buscaba conocerme también a mí mismo y en particular qué hacer con mi atracción al mismo sexo. Las diferentes religiones y denominaciones cristianas, o no afrontaban esta cuestión de manera coherente, o simplemente la negaban sin aportar una solución. La Iglesia Católica era diferente, porque no solo tenía la Sagrada Escritura, sino también un Magisterio: un Catecismo donde no solo se expone, sino que se explica razonablemente la fe católica, además de documentos sobre todo tipo de temas a los que la Iglesia ha ido dando respuesta. La antropología cristiana me deslumbró y me ayudó a saber quién soy y quién estoy llamado a ser, y por lo tanto qué hacer con mis deseos. La propuesta de la castidad, vivida en la Gracia que todo lo puede, se presentó como una propuesta que respondía a mi profundo deseo de libertad, como un reto que exigía de mí un gran coraje.

Sin embargo, con los años he visto que una cosa es la teoría y otra la práctica. Y no hablo solo de mí (aunque en efecto, la castidad me supone un esfuerzo sobrenatural), sino de la práctica de la Iglesia.

Antes de ser cristiano, el hecho de que me atrajesen los chicos y no las chicas ya me hacía sentir como un bicho raro, y no imaginaba que me iba a convertir en un ser aún más liminal al abrazar la fe. En primer lugar, por el signo de contradicción que supone ser un joven que opta por el celibato de por vida. Salir del armario con mis padres me costó bastante en su momento, pero supuso menos trabajo que hacerles entender mi opción por una vida de castidad. Gracias a Dios, me entienden y me quieren, aunque para ellos tanto mi homosexualidad como mi fe siguen siendo objeto más de prejuicio que de preguntas. Qué decir de la sociedad: irónicamente, los más jóvenes, como mis propios alumnos (soy profesor), aceptan con mucha naturalidad mi opción de vida, mientras que son las generaciones más mayores las que son más cerradas. Me he topado con católicos que en la cara me han dicho que sin una pareja del mismo sexo no voy a poder ser feliz, y otros que en la misma línea escéptica no creen que sea capaz de controlar mi tendencia, y por lo tanto mi obligación como cristiano es “sanarla”. Si piensan así personas que han oído hablar del poder de la Gracia, no hace falta que explique lo que piensa el mundo hipersexualizado en el que vivimos.

En segundo lugar, sigo siendo raro porque soy inclasificable de cara a la Iglesia, al menos institucionalmente. Mi vocación a la santidad no me la quita nadie, pero cualquier vocación al matrimonio, al sacerdocio o a la vida religiosa que pueda surgir en mi corazón, está manchada por la atracción al mismo sexo, por no decir anulada. El Catecismo es muy claro, pero una vez iniciado como cristiano me topé con que la Iglesia no sabe muy bien qué hacer conmigo. De hecho, resulta que no hay realidad que más incomode en la Iglesia que la homosexualidad. Por lo pronto, no hay muchos sacerdotes que estén dispuestos a que les asocien con ella, porque automáticamente les van a remitir a los problemas que el clero tiene con ella, o porque les van a tachar de pro-LGBT o de anti-LGBT, con todo el peligro legal que eso entraña hoy día. A la vergüenza y al miedo se les suma una gran ignorancia. Ignorancia porque no se sabe qué significa esta condición, ni interesa, porque hay mucho trabajo ya. ¿Para qué una pastoral específica para algo que se puede resolver en el confesionario o en el psicólogo?

Queridos obispos: las personas con atracción al mismo sexo estamos entregando todo nuestro corazón, sacrificando nuestro afecto y sexualidad a Nuestro Señor: ¡claro que necesitamos atención, que nos enseñen a salir de nuestro egoísmo y autocompasión, a crecer en las virtudes, en la fraternidad! Nuestra lucha es específicamente contra la soledad y la incomprensión, ¡claro que necesitamos acompañamiento, tanto de ministros ordenados como de hermanos en la misma situación!

Tanto que se habla de periferias existenciales, y nadie ha ido a reparar en este estrecho grupo de individuos, todos heridos profundamente de una u otra manera por nuestra sexualidad, ya sea por agresiones sexuales del pasado, por verdaderas taras psicológicas, por no saber cómo sacar lo que oculta el corazón, porque ha destruido una vocación, por una adicción al sexo o al alcohol, y en el caso de la mayoría, porque la subcultura gay los ha decepcionado o descartado…

Incomprendidos por conservadores que nos tachan de viciosos que debemos alejarnos de los niños, incomprendidos por colectivos ideológicos que creen que es la Iglesia la que debe cambiar y no nosotrosincómodos para un clero saturado de trabajo y que no ha atendido de manera personal esta realidad hasta ahora, incómodos para un clero que tiene miedo de ser tachado de intolerante, rosa o promotor de terapias de conversión. Católicos con atracción al mismo sexo y que viven en castidad: discretos por elección o por imposiciónsomos sin embargo el único baluarte que puede responder cuando la Iglesia es puesta entre la espada y la pared para que acepte el “matrimonio” homosexual, somos los únicos que podemos demostrarle al mundo que es verdad que se puede vivir de otra manera. 

Amados miembros de la Conferencia Episcopal Española, ¿Dónde tendréis testigos preparados para cuando ese momento llegue? Ante un número innombrable de personas necesitadas de ordenar su vida de acuerdo con el Evangelio, ¿Qué pastoral tienen pensada? Ante esta situación tan grave, “se requiere más que nunca el valor de mirar de frente a la verdad y de llamar a las cosas por su nombre, sin ceder a compromisos de conveniencia o a la tentación de autoengaño” (Evangelium Vitae 71). Hablemos de homosexualidad con naturalidad ya de una vez. El mundo lo hace, pero la Iglesia no entra en el diálogo porque no tiene testigos. Ya se ha remoloneado bastante con el COF, con agrupaciones terapéuticas ahora ilegales, y propuestas LGTB anticuadas hasta para el mundo: ¡tengan el coraje de decir el nombre de una propuesta concreta, o no podrán decir que han bajado a nuestra periferia existencial!

 

Jesús María Silva Castignani

Religionenlibertad


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