
Viendo el dolor, el miedo y la maldad de estos tiempos de pandemia que se manifiesta con saña sobre las capas de la sociedad más desguarnecidas e indefensas, los pobres, débiles, viejos, abandonados, enfermos…, en una palabra, los miserables de la tierra, no cabe la menor duda que concluir que ante tanto infierno el cielo ha de existir; el lugar donde compensar de tanta fatiga y desgracia a estos pobres inocentes que en su mayoría nunca han saboreado algo de felicidad, para la que también a ellos les creó el Señor. Porque si no hubiera cielo ¿quién haría justicia a estas pobres gentes inocentes, sobre las que se vence tanta dolor y mal? «Se nos debe, en justicia, la luz por el dolor» (León Felipe). Este es un mundo crucificado, transido por el dolor, el pecado, la enfermedad y la muerte, que reclama plenitud en todos sus sentidos, y que para estas pobres víctimas no tendrá ya lugar sino en el cielo prometido.
Las personas mayores, por la debilidad de un organismo sin defensas y por tener patologías producto de la edad, son la población de riesgo propiciatoria para que este virus asesino Covid-19 se haya cebado con ellos, haciendo estragos en las residencias de ancianos. Por el momento, esto sector de la población -a partir de los 75 años- representa el más del 85% de la victimas. Personas que son discriminadas a la hora de ser atendidas, en favor de gente más joven; en una especie de macabra «eutanasia» sobrevenida.
Otras de esas víctimas que están padeciendo los efectos de esta pandemia son los pobres de las calles, muchos de ellos con discapacidad mental e inadaptados (lo que complica más su permanencia en albergues). ¡Pobres desgraciados! «A perro flaco, todo son pulgas» ¿Qué estará siendo de ellos en estos días de calles desiertas y frialdad absoluta?
Otros de los que por ahora no sabemos la magnitud -y aún por manifestarse en toda su crudeza- son las poblaciones del Tercer Mundo. Gente arracimada en chabolas o favelas, gente de lugares remotos, de hambrunas y sequias continuas, y sin higiene -más de 2.100 millones de personas en el mundo no tienen acceso a agua potable-. «Carne de cañón» para que vicho vírico tenga consecuencias devastadoras y barra de la faz de la tierra poblaciones enteras. Se teme que -según algunas ONGs- en Africa pueda dejar más de tres millones de muertos. Según la ONU en 2019 había 135 millones de personas de 55 países y territorios en el mundo en situación de inseguridad alimentaria aguda; y, advierte, si no se adoptan medidas urgentes el Covid-19 elevará esa cifra este año hasta los 265 millones de personas.
Esos son los más brutalmente afectados, pero no nos podemos olvidar también de los muchísimos trabajadores que se han quedado sin empleo o los autónomos o pequeñas empresas que se han arruinado, y que, como una pesadilla que nos les deja dormir, les compromete su futuro y el de su familia.
Y esto sin olvidamos de otras muchas personas, que ya vivían una situación complicada, y que la pandemia ha venido a extremarla.
Ayudemos en la medida que podamos y recemos.
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