La vocación más hermosa: la santidad

La primera lectura de la misa del día de hoy, 23 de febrero, Dios, que nos creó a su imagen y semejanza, nos dice: Sed santos, porque yo, el Señor, soy santo.” Es la manifestación de lo  que el Señor Creador quiere para los seres humanos que ha creado con amor: la santidad. Este es el telos, el fin, el objetivo de nuestra vida, la vocación más hermosa, universal, para cada uno de nosotros y para todos: nadie, sea de la condición que sea, queda excluido de esa voluntad divina de que seamos como Él es.

Somos llamados a la santidad, a estar en su gloria de manera definitiva. En este final propuesto por Dios, es pura gracia, como lo es el de nuestra creación y el de nuestra elevación a ser hijos suyos, pertenecientes a su familia. Lo cual supera cualquier lo inimaginable por parte de un Dios, que por amor y sólo por amor decidió llamarnos de la nada a la vida y una vida santa. Ya en esta vida, como en la otra, eterna, junto a Él, en su gloria, donde solo siendo santos se podrá estar; de lo contrario no estaremos en Él.

Lectura del libro del Levítico 19, 1-2. 11-18

El Señor habló así a Moisés: «Di a la comunidad de los hijos de Israel: ‘Sed santos, porque yo, el Señor, vuestro Dios, soy santo. No robaréis ni defraudaréis ni os engañaréis unos a otros. No juraréis en falso por mi nombre, profanando el nombre de tu Dios. Yo soy el Señor. No explotarás a tu prójimo ni le robarás. No dormirá contigo hasta la mañana siguiente el jornal del obrero. No maldecirás al sordo ni pondrás tropiezo al ciego. Teme a tu Dios. Yo soy el Señor. No daréis sentencias injustas. No serás parcial ni por favorecer al pobre ni por honrar al rico. Juzga con justicia a tu prójimo. No andarás difamando a tu gente, ni declararás en falso contra la vida de tu prójimo. Yo soy el Señor. No odiarás de corazón a tu hermano, pero reprenderás a tu prójimo, para que no cargues tú con su pecado. No te vengarás de los hijos de tu pueblo ni les guardarás rencor, sino que amarás a tu prójimo como a ti mismo. Yo soy el Señor’».

El Señor anuncia su deseo de que seamos santos, y luego pone de manera negativa lo que no debeos hacer para que lo seamos; excepto al final que añade “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, respecto a los demás, y anterior, que había dicho “teme a tu Dios”, es decir, al que has de tener en consideración, respetar, bendecir y amar. «Todos los fieles, de cualquier estado o régimen de vida, son llamados a la plenitud de la vida cristiana y a la perfección de la caridad» (Vaticano II, LG 40).

La voluntad de Dios muestra a los creyentes el camino de la santidad. Mensaje que atraviesa toda la Biblia, es una constante ya desde los comienzos, en el Antiguo Testamento. El Dios tres veces santo quiere a sus hijos santos; «Santificaos y sed santos, porque yo soy santo. No os haréis impuros como ninguno de esos bichos que se arrastran por el suelo» (Lev 11, 44). Lo cual lo podemos apreciar también en el Nuevo Testamento: 

«Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto« (Mt 5,48).

«Sed santos porque santo soy yo« (1 Pe 1,15-16a).

Esto es la voluntad de Dios: vuestra santificación, que os apartéis de la impureza, que cada uno de vosotros trate su cuerpo con santidad y respeto, no dominado por la pasión, como hacen los gentiles que no conocen a Dios. Y que en este asunto nadie pase por encima de su hermano ni se aproveche con engaño, porque el Señor venga todo esto, como ya os dijimos y aseguramos: Dios no nos ha llamado a una vida impura, sino santa. Por tanto, quien esto desprecia, no desprecia a un hombre, sino a Dios, que os ha dado su Espíritu Santo.” (1 Tes 3-8)

Si esto es lo que Dios nos propone como ideal -realidad- de vida, debemos empeñar toda nuestra existencia con todos los desvelos en alcanzar ese objetivo coincidente con la voluntad de Dios. Voluntad que pedimos todos los días o momento en que remaos en padrenuestro cuando decimos «hágase tu voluntad…» y «venga a nosotros tu reino».

San Ireneo de Lyon dejó plasmado: «La gloria de Dios es que el hombre viva«; vida cuya plenitud radica en la santidad, que es el mayor reflejo de la grandeza divina; de modo que la gloria de Dios es la santidad de sus hijos.

«Mi deseo fue siempre llegar a ser santa. Pero, ¡ay!, al compararme con los santos, me he visto siempre como un granito de arena ante una altísima montaña. Más, lejos de desalentarme, me decía a mí misma: «Dios no inspira deseos irrealizables; por tanto, puedo muy bien, a pesar de mi pequeñez, aspirara la santidad… » (Santa Teresita de Lisieux).

ACTUALIDAD CATÓLICA


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.