La oración persistente de la fe salva

En el Evangelio (Lc 18,35-43) de la liturgia de hoy, 18 noviembre, resaltamos que era un hombre ciego al borde del camino, pidiendo a los hombres, y de pronto, surge en el horizonte de su existencia Jesús, y la cosa cambia rotundamente: ahora de estar «aparcado» al borde del camino de la vida, aparece el Camino y la posibilidad pedir a Dios ver…

Hay cosas interesantes a destacar en este hecho:

  • Antes de nada, recordar que el hecho de la ceguera es un asunto de relevancia en los Evangelios: la palabra ciego aparece hasta en 46 veces, y en Nuevo Testamento, 50.
  • El ciego se hallaba sentado al borde del camino: es un impedido, discapacitado, y se halla al margen, al borde del camino, y está sentado, sin hacer nada, es un descartado.
  • El hombre al saber de quién pasaba por allí, Jesús, reclama la atención de este, y lo hace gritando y con insistencia, y con fe de que Jesús es el Mesías, y quien le puede sanar, y apela con fuerza a lo más íntimo, a las entrañas: “¡Hijo de David, ten compasión de mí!”.
  • Entonces Jesús le hace llamar y que se levante –como ocurre con todos los hombres, peor especialmente con aquellos desechados, descartados al borde del camino. Y el ciego reacciona –y se produce un cambio de su situación, una conversión-: Jesús se paró y mandó que se lo trajeran. «¿Qué quieres que haga por ti?».
  • Y le pide: “Señor, que recobre la vista”. A lo que Jesús respondió: tu fe te ha salvado”. Es llamativo, Dios no sólo le cura el mal físico, la ceguera, sino que va más allá, le salva; hay una sobrenaturalidad, una plenitud de gracia divina. Es la respuesta a la fe que clama con confianza. De modo que, obrado el milagro salvador, comenzó a seguirlo por el camino.
  • La ceguera física es símbolo de la ceguera espiritual y de falta de fe. El don de la vista implica el don de la fe. El ver nuevo a través de la curación otorgada por Jesús es un ver nuevo: ver las cosas según Dios, ver con los ojos sobrenaturales, ver más de lo que la simple vista ve, ver lo que está más allá de la apariencia, del fenómeno, ver a la luz de Dios, del actuar de su gracia en todo cuanto acaece, ver lo invisible que es lo realmente importante; de definitiva ver la realidad según Dios la ve. 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas 18, 35-43

Cuando se acercaba Jesús a Jericó, había un ciego sentado al borde del camino pidiendo limosna. Al oír que pasaba gente, preguntaba qué era aquello; y le informaron:
«Pasa Jesús el Nazareno».
Entonces empezó a gritar:
«¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!».
Los que iban delante lo regañaban para que se callara, pero él gritaba más fuerte:
«Hijo de David, ten compasión de mí!».
Jesús se paró y mandó que se lo trajeran.
Cuando estuvo cerca, le preguntó:
«¿Qué quieres que haga por ti?».
Él dijo:
«Señor, que recobre la vista».
Jesús le dijo:
«Recobra la vista, tu fe te ha salvado».
Y enseguida recobró la vista y lo seguía, glorificando a Dios. Y todo el pueblo, al ver esto, alabó a Dios.

 

A voz en grito clama -es su momento, su oportunidad; Dios pasa- y con insistencia: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!». Y Jesús, que es compasivo y que escucha a la persona que apela con fe a ese sentimiento propio del ser de Dios, su amor misericordioso, le responde: «Recobra la vista, tu fe te ha curado.» En otros lugares se dice: «tu fe te ha salvado«, que tiene una significación mayor de que su curación abarca a toda la persona y la vista a la luz de la fe.

A voz en grito clama -es su momento, su oportunidad; Dios pasa- y con insistencia: «¡Jesús, hijo de David, ten compasión de mí!». Y Jesús, que es compasivo y que escucha a la persona que apela con fe a ese sentimiento propio del ser de Dios, su amor misericordioso, le responde: «Recobra la vista, tu fe te ha curado.» En otros lugares se dice: «tu fe te ha salvado«, que tiene una significación mayor de que su curación abarca a toda la persona y la vista a la luz de la fe.

Todos de alguna manera estamos «ciego», necesitados de fe, de ver más y mejor. Debemos tomar conciencia de ello y pedir insistentemente a Jesús que se compadezca de nosotros y que nos de más luz, más fe. Y el drama es no reconocer que estamos ciegos. La luz vendrá solo cuando descubramos y aceptemos que estamos ciegos. Entonces empezaremos a ver. Jesús actúa en el ciego de Jericó porque este se siente necesitado. Y esa necesidad le lleva a gritar repetidamente. Esta es una oración de confianza, de confiar en la que Dios misericordioso va a actuar en pro de nuestra salvación. Hay que orar con necesidad, con insistencia, a voz en grito, con la confianza, la fe, de que Dios escucha con entrañas compasivas, y que va a responder, y que jamás nos va a dejar abandonados al borde del camino. Y como dice el papa Francisco: «A Jesús, que todo lo puede, hay que pedirle todo«.

Y no olvidemos de darle gracias, de glorificarle y alabarle.

  

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Catena Aurea

 

San Gregorio, in Evang hom. 21

Como los discípulos todavía eran carnales, no podían comprender las palabras misteriosas. Por esto se realiza un milagro. Un ciego recibe la vista en presencia de ellos, para que este divino prodigio los confirme en la fe. Por esto sigue: «Y aconteció que acercándose a Jericó estaba un ciego sentado pidiendo limosna», etc.
 

Teofilacto

Y para que el paso del Salvador no fuese inútil, hizo en el camino el milagro del ciego, dando a sus discípulos este testimonio para que procuremos hacer siempre cosa de utilidad y para que en nosotros no haya nada de ocioso.
 

San Agustín, De quaest. Evang. 2,48

Podríamos entender acerca de la proximidad de Jericó, que habiendo salido ya de esta ciudad, -según manera de hablar menos usada-, se encontraban todavía cerca de ella. Pero puede creerse que se dijo esto así, porque San Mateo dice que saliendo ellos de Jericó, dio vista a dos ciegos que estaban sentados junto al camino. No habría ninguna cuestión respecto del número, si uno de los evangelistas hubiese hecho omisión de uno de los ciegos, haciendo mención únicamente del otro. Porque San Marcos sólo habla de uno, que recibió la vista cuando ellos salían de Jericó. Como expresa su nombre y el de su padre, para que comprendamos que era muy conocido, mientras el otro era desconocido, parece que no quiso hablar sino del que era conocido. Pero como lo que sigue del Evangelio de San Lucas da a conocer claramente que sucedió esto cuando venían a Jericó, debemos entender que este milagro se repitió por dos veces: una en un ciego, cuando venían hacia la ciudad y otra en dos, cuando salían de ella: San Lucas hace mención de uno de estos milagros y San Mateo del otro.
 

San Cirilo

El pueblo que rodeaba al Salvador era numeroso y el ciego en realidad no lo conocía. Sin embargo, sentía afecto hacia El y con este afecto suplía lo que le faltaba de vista. Por esto sigue: «Y cuando oyó el tropel de la gente que pasaba, preguntó qué era aquello». Y los que tenían vista le contestaban conforme a la opinión (común) 1. Sigue pues: «Le dijeron que pasaba Jesús Nazareno». Pero el ciego proclamaba la verdad. Se le enseña una cosa y predica otra; porque sigue: «Y dijo a voces: Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí». ¿Pero quién te ha enseñado esto? ¿Acaso has podido leer los libros sagrados careciendo de vista? ¿Cómo has conocido la luz del mundo? En verdad Dios ilumina a los ciegos ( Sal 145).
 

San Cirilo

Educado en el judaísmo, no desconocía que Dios había de nacer, según la carne, de la estirpe de David. Por eso le habla como a Dios diciéndole: «Compadécete de mí». Imiten a éste los que ven en Jesucristo dos personas 2, porque habla a Cristo como a Dios y lo llama hijo de David. Admírense de la fidelidad de su confesión, porque algunos querían impedirle que confesase su fe. Prosigue: «Y los que iban delante le reñían para que callase». Pero no se acobardaba su audacia por esto, porque sabía que la fe lucha y triunfa de todos los obstáculos. Es muy conveniente, por lo tanto, dejar todo miramiento por servir a Dios. Porque si hay algunos que por causa del dinero no tienen vergüenza, ¿no estaría bien tener también una sana desvergüenza cuando se trata de la salvación del alma? Por esto sigue: «Pero él gritaba mucho más: Hijo de David, ten misericordia de mí». Cristo se detiene a la voz del que lo llama con fe y echa una mirada sobre los que lo invocan. Así, llama al ciego y le manda que se aproxime. Por esto sigue: «Y Jesús, parándose, mandó que le trajesen», con el fin de que quien primero le había tocado por la fe se acercase con el cuerpo. El Señor pregunta al ciego cuando se hubo aproximado; prosigue: «Y cuando estuvo cerca le preguntó: ¿Qué quieres que te haga?» Le pregunta como misericordioso y no como ignorante para que conociesen todos los que estaban presentes que el ciego no pedía dinero, sino la gracia divina como a Dios; y prosigue: «Y él le respondió: Señor, que vea».
 

Crisóstomo

O bien: Cómo los judíos, calumniadores de la verdad, podían decir lo que habían dicho del ciego de nacimiento ( Jn 9): «No es éste sino uno semejante a él», quiso que el ciego mostrase antes su ceguera, para que se conociese así la majestad de su gracia. Así, pues, en cuanto expuso el ciego su petición, le mandó el Salvador, lleno de majestad, que viese. Por esto sigue: «Y Jesús le dijo: Ve». Lo cual redundaba en contra de la traición de los judíos, porque ¿qué profeta ha hablado alguna vez así? Considera qué es lo que exige el médico de aquél a quien ha curado, puesto que sigue: «Tu fe te ha salvado». Los beneficios se obtienen por la fe y se difunde la gracia que la fe recibe. Y así como sacan poca agua de una fuente los que van allí con vasos pequeños y sacan mucha los que los llevan mayores, -no distinguiendo la fuente las medidas- y como sucede también a la luz, que extiende más o menos su claridad según las ventanas que se abren, así se recibe la gracia, según la medida de la intención. La voz del Salvador se convierte en luz del ciego; porque era el verbo de la verdadera luz. Por esto sigue: «Y luego vio». Pero el ciego que había demostrado su fe ardiente, quiso mostrar después su gratitud ante el beneficio recibido.

Continúa pues: «Y le seguía, glorificando a Dios».
 

San Cirilo

Aquí se demuestra que el ciego había sido liberado de una doble ceguera: la corporal y la intelectual. No lo hubiese alabado como a Dios, si no hubiera visto claramente, dando así ocasión a que otros lo glorificasen. Prosigue: «Y cuando vio esto todo el pueblo dio gloria a Dios».
 

Beda

No sólo por el beneficio de la vista que había alcanzado, sino por la fe que había obtenido.
 

Crisóstomo

Aquí debe examinarse por qué Jesucristo prohibió que lo siguiese el endemoniado que quería seguirlo y no se lo prohibió al ciego que había recobrado la vista. Pero, bien mirado, no hay nada de irracional en este modo de obrar. Mandó a aquél como pregonero con el fin de que proclamase a su bienhechor por su estado, porque era un gran milagro el ver a un loco furioso recobrar el juicio. Y permite que lo siga el ciego cuando se encaminaba hacia Jerusalén, porque había de consumar el gran misterio de su cruz; para que teniendo noticias de este reciente milagro, no pensasen que padecería (Jesús) por debilidad, sino por caridad.
 

San Ambrosio

En el ciego tenemos un tipo del pueblo gentil que recibió la claridad de la luz perdida por el sacramento del Señor. No importa que sea curado un ciego o que lo sean dos, pues como descendían de Cam y Jafet, hijos de Noé, se puede representar a los dos autores de su raza en estos dos ciegos.
 

San Gregorio, in Evang hom. 2

O bien representa este ciego a todo el género humano, que desconociendo la claridad de la verdadera luz desde su primer padre, sufre las tinieblas de su condenación. Jericó quiere decir luna, que cuando mengua en cada mes representa el defecto de nuestra mortalidad. Por tanto, mientras el Creador se acerca a Jericó, el ciego recobra la vista; porque cuando la divinidad asumió la debilidad de nuestra carne, el género humano recibió la luz que había perdido. Así, pues, el que desconoce la claridad de la luz eterna, está ciego, pero si cree en su Redentor, que dijo ( Jn 14,6): «Yo soy la vida», está sentado junto al camino. Y si cree en El y le ruega para que pueda ver la luz eterna, entonces está sentado y mendiga junto al camino. Además, los que preceden a Jesús cuando viene, representan la muchedumbre de los deseos carnales y los tumultos de los vicios, que disipan todo nuestro pensamiento antes que Jesús venga a nuestro corazón y nos turban en nuestra oración. «Pero él clamaba mucho más»; porque cuanto más grave es el tumulto de nuestros pensamientos, tanto más debemos insistir en la oración. Así, cuando padecemos en la oración el acoso de muchas malas imágenes, conocemos que Jesús pasa cerca de nosotros. Cuando insistimos en la oración con toda vehemencia, Dios se detiene en nuestro corazón y recobramos la vista perdida. Pasar es propio de la humanidad y estar es propio de la divinidad. El Señor, al pasar, oyó al ciego que clamaba y al detenerse lo iluminó, porque por su humanidad se ha compadecido de las voces de nuestra ceguera. Pero nos ha infundido la luz de su gracia por el poder de su divinidad. Para esto nos pregunta qué queremos, a fin de animarnos a orar. Quiere, pues, que pidamos lo que El prevé que le pediremos y que nos concederá.
 

San Ambrosio

Preguntó también al ciego, para que comprendiésemos que únicamente podrá salvarse el que le confiese.
 

San Gregorio, ut sup

El ciego no pide al Señor oro sino la vista, para que busquemos nosotros no las falsas riquezas, sino la luz que podemos ver solo nosotros y los ángeles, a cuya luz nos conduce la fe. Por esto dice muy oportunamente al ciego: «Ve, tu fe te ha hecho salvo». El lo ve y lo sigue, porque practica el bien que conoce.
 

San Agustín, De quaest. Evang. 2,48

Si Jericó quiere decir luna, y por ende mortalidad, el Señor, aproximándose a la muerte, manda predicar la luz del Evangelio únicamente a los judíos, a quienes representó el ciego que menciona San Lucas. Pero resucitando de la muerte y abandonando Jericó, manda predicar a los judíos y a los gentiles, cuyos pueblos parece que son representados por los dos ciegos de quienes hace mención San Mateo.
 

Notas

    1. Hace referencia al contraste entre lo que la gente ve al mirar a Jesús: el «habitante de Nazaret», y lo que el ciego proclama: «Hijo de David». Para el común del pueblo, Jesús era el Nazareno, o en el mejor de los casos, el profeta de Nazaret (ver Mt 21,11; Jn 1,45). En cambio, el ciego lo está proclamando como Mesías.
    2. Alusión al nestorianismo radical, que a partir de una mala comprensión de la unión del Verbo con la naturaleza humana, enseñaba que debía distinguirse entre el Verbo (que es Dios) y el hombre Jesús en el cual el Verbo habita, al modo como un hombre habita en una casa. De esto se sigue que el Verbo «está en el hombre», pero que el Verbo no es el hombre; por ello, todas las acciones divinas (creación, milagros, etc.) debían ser dichas sólo del Verbo, mientras que las acciones humanas (nacer, sufrir, llorar, morir) sólo debían ser atribuidas al hombre. El Concilio de Efeso (431) condenó la herejía nestoriana, pues rompe la unidad de persona en Jesucristo. Ver Dz 111a; Dz 116.

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