La Navidad olvida a Jesús

Estas fechas festivas son denominadas —por ahora y aunque ya no lo parezca— Navideñas, por la natividad de Jesús, el Cristo, el Hijo de Dios entrando en la historia humana, haciéndose uno de nosotros, para asumiendo nuestra condición, salvarla, invitándola a su Reino de santidad y abrirla la puerta del cielo. No ha habido acontecimiento más extraordinario jamás en el mundo que este; sin embargo, ya parece haberse olvidado.

A tal punto ha llegado este olvido que la gente está cambiando la denominación de la celebración por el de Fiestas; ya nadie menciona la Navidad, ni se felicita con ese motivo, sino que donde antes verbalmente o por escrito —en un crisma— aparecía el nombre de Navidad, lo han cambiado por Fiestas, y donde había un Belén, han puesto un pino o un Papá Noel o simplemente un muñeco de nieve, o foto de familia si ninguna referencia a estas fechas, o algún otro que no viene a cuento. Otro tanto cabe decir, de los adornos y decoraciones y demás: ya no se ve un motivo propiamente navideño en los escaparates de las tiendas ni en la iluminación pública; cualquier simbología que recuerde el verdadero motivo de estas fechas ha sido literalmente borrado. Y como estamos en la cultura de la imagen, lo que no se ve es como si no existiera… o lo que no se oye o suena como la palabra Navidad acaba por instarse en el inconsciente como un sonido raro, de otra época, en desuso… A este empeño incluso —y sin cortarse un poco— las instituciones como la Unión Europea «aconseja» a sus funcionarios no felicitar estas fechas con la palabra Navidad sino con la de Fiestas, «argumentando» que no hay que molestar a otras creencias y así tener una actitud inclusiva.

En fin, es triste que este gran acontecimiento de Dios con nosotros, viniendo a la Humanidad, para asumir su condición y rescatarla (porque, como dijera san Ireneo, «lo que Dios asume lo salva»), está siendo -o ha sido- ladeado, descartado, despreciado (consciente o inconscientemente). Lo que sorprende es que se repite hoy lo que ya se diera hace más de 2000 años: el que mundo —a excepción de unos pocos pastorcillos— fue ajeno al acontecimiento grandioso del nacimiento de Dios. Y a pesar de todo, hoy como entonces, Jesús sigue viniendo: Él está presente de continuo y lo hace especialmente en esta conmemoración, y la gente ni se entera; al igual que en Belén Dios aparece desapercibido, insignificante, reducido a la nula importancia, marginado y olvidado en un humildísimo pesebre, amamantado por el seno humano de una sencilla jovencita.

Dios no ceja, se hace persistentemente cercano. El mundo —pese a que se le quiera de él expulsar— es amorosamente tierra conquistada por el Niño Dios, desde el momento en que acampó entre nosotros, haciendo retroceder con su luz toda oscuridad en medio de la noche .

El Mundo podrá olvidarse de Dios; Él jamás lo hará.

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