La eliminación de la renovación diaria en todas las partes del mundo, globalmente, del sacrificio del altar, de la eucaristía, del ofertorio amoroso del Señor como cordero salvador de la Humanidad, es un empeño del Maligno sabiendo de su importancia. Objetivo que pretende desde siempre, pero que por razones enigmáticas que ha podido llevar a cabo, hasta -según se aprecia- los tiempos presentes.
Supresión de la suprimirá la misa, la adoración eucarística, y la ocupación del lugar Santo por el Anticristo.
Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación, anunciada por el profeta Daniel, erigida en el Lugar Santo (Mt 24,15).
En media semana hará cesar el sacrificio y la oblación, y en el ala del Templo estará la abominación de la desolación, hasta que la ruina decretada se derrame sobre el desolador (Dan 9,27b)
Este es un signo de los tiempos que precederá al final, en cuyo desenlace acaecerá la Parusía o segunda venida del Señor. Lo cual cobra en los momentos actuales como una perspectivas de inminencia.
En estos tiempos presentes se están dando mucha acumulación del cumplimiento de la mayoría de los signos dados por los profetas y las Escrituras. Uno de estos es este de la supresión del sacrificio del altar o Eucaristía.
La pandemia -de la que ya llevamos dos años y persiste en sus múltiples variantes de contagios- ha causado sus estragos en relación al tema que nos ocupa. Aunque se pensaba que la situación complicada, de temor, y de confinamientos y limitación de la actividad expansiva, etc., iba a provocar un aumento de la toma de conciencia de las preguntas fundamentales de la vida, lo cual traería una reflexión profunda que propiciaría el acercamiento de la gente a lo religioso. Pero no parece ser así, en general; cabría decir que ha sucedido algo distinto sino contrario: Ha habido una retracción de la asistencia al culto, por temor, por dejación, por pérdida de la estimativa por lo sagrado, etc. El caso es que parece asistir mejor gente a las misas, sobre todo los días festivos o de obligado cumplimiento.
A este repentino fenómeno la pandemia con consecuencias desoladoras, hay que unir el que se venía ya dando -y que hasta cierto punto ha sido bastante repentino- el de la apostasía silenciosa, o abandono casi masivo de la fe en pocos años, escasamente una generación.
No sabemos a ciencia cierta que la epidemia esté siendo instrumentalizada para un objetivo de que la fe se abandono de su celebración litúrgica, pero algo de esto está sucediendo. Y el que actúa en la oscuridad aprovecha cualquier escoyo de oportunidad para hacer avanzar su propósito.
Estos rumores, como antesala de la noticia, de que a consecuencia del recrudecimiento de los contagio por el Covid-19 hay que volver al restricciones…, que se traducirían -en lo que nos concierne- en cerrar iglesias, limitar el acceso, pedir el carnet de vacunación, etc., etc., todo parece ir en la dirección de cuanto estamos diciendo en este artículo. Valga lo que ha manifestado el cardenal Gerhard Müller: «cerrar las iglesias o negarle los sacramentos a los fieles por causa del Covid, no por miedo, es un pecado grave, tanto por parte de obispos como de sacerdotes.» El impedimento de acceso a los sacramentos y el cierre de iglesias ha sido “una prueba impactante de hasta qué punto la secularización y descristianización del pensamiento ya ha llegado a los pastores del rebaño de Cristo”,
El Señor nos encomendó el estar atentos a los signos de los tiempos, y es lo que hacemos, por si acaso. Velemos con tensión, pero con esperanza. Maranatá.
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