La increencia

Einstein

 Vendrá tiempo en que hombres no soportaran la sana doctrina, sino que, llevados de sus pasiones y afán de oír novedades, reunirán en torno a sí multitud de maestros, y apartarán los oídos de la verdad volviéndose a las fábulas. (2 Tim 4,3-4).

Os exhorto en el Señor que no andéis ya como andan los gentiles conforme a la vanidad de sus pensamientos, que tienen su razón oscurecida, apartados de la vida de Dios por la ignorancia que hay en ellos a causa del endurecimiento de su corazón (Ef 4,17-18).  . 

*****

          En cierta ocasión, un conferenciante nihilista planteó a su auditorio de forma  desafiante la siguiente cuestión:

        —¿Alguno de ustedes cree en Dios y en la oración?

         La totalidad de la numerosa concurrencia guardo silencio. Una chica en un extremo de la sala apenas si tímidamente… Lo que bastó para que todos apuntaran hacia ella.

        —¡Ah! Una joven. Qué interesante. Venga aquí.

        —Usted cree en Dios y en el poder de la oración? -e dijo.

        —Sí -repuso acobardada.

        —¿No es asombro? —dijo con sorna, mirando al auditorio—. Quizá le convenga saber qué es lo que voy a hacer.

         Cogió un cenicero de cristal que él al entrar había depositado sobre la mesa, y exhibiéndole en su mano continuó diciendo:

        —Si alguien más cree en la oración, que ore junto con la joven para que este cenicero no se rompa cuando lo deje caer. Quiero que sepan que todas las oraciones de ustedes no podrán impedir que este objeto de cristal se rompa contra el suelo. Nadie en el cielo ni en la tierra lo podrá impedir.

        —A lo largo de toda Europa había realizado el mismo gesto con “éxito”.

        —Seremos todos muy respetuosos mientras esta joven ora —dijo no sin ironía—. Póngase ahí enfrente y ore; inclinemos todos la cabeza.

        La muchacha levantó los ojos al cielo e imploró con fervor:

        —Padre nuestro, te ruego escuches mi plegaria. Para gloria tuya, y en el nombre de tu Hijo, Jesucristo, no permitas que este cenicero se rompa. Amén.

         El conferenciante alzó el cenicero y lo soltó. Todos miraban expectantes. Pero inopinadamente se cambió ligeramente la trayectoria vertical de la caída, y el cenicero fue a tocar la punta del zapato del profesor y rodó por el suelo sin romperse.

         Se produjo el mismo silencio que al abrirse en la Apocalipsis el séptimo sello…

         Aquella fue la última vez que llevó a cabo tal demostración.

..ooOoo..

Tu lengua es como una afilada  ,

¡oh artífice de engaño! (Sal 52,4).

Míralos desbarrar a boca llena,

—hay espadas en sus labios— (Sal 59,8).

*****

 

El clima cultural, las presiones sociales, los prejuicios teóricos…,  dominan las conciencias. Hay un eclipsamiento de lo espiritual y trascendente en el orden cultural y social. “Oscurecimiento de la luz el cielo, eclipse de Dios, eso es de hecho lo característico de la hora del mundo en que vivimos” (Martín Buber[1]).

Y además cabría añadir que, fundamentalmente,  la gente hoy no cree por razones o producto de una reflexión profunda, sino  por cuestiones como que creer se opone a su hacer lo que le plazca, ni produce bienestar material, ni dividendos, o por pérdida de sensibilidad hacia lo Trascendente.

El no pensar aleja de lo religioso. A lo largo de la historia, con el hecho religioso no han podido ni las ideas ni la razón, pues es más que ellas: Tiene más idea y más razones  -es más verdad-. En Occidente está “pudiendo” el pecado del mundo: el egoísmo, el hedonismo, el poder, la soberbia, el afán de lucro…

De siempre, generalmente, todo alrededor del hombre parecía remitirle a Dios. Hoy el mundo sea ha desacralizado. Una Cultura competitiva, economicista, etc., es antifraterna, y por lo mismo antipaterna; es decir, el Padre no existe. Es como si se hubiera cumplido los vaticinios del enunciado de Nietzsche «Dios ha muerto». 

La situación de la realidad dominante resulta ser un caldo de cultivo propicio para la increencia: la mentalidad racionalista a ultranza, el materialismo, la lucha por la riqueza y el poder, el padecimiento de sufrimientos y atrocidades…, ocultan el rostro de Dios. Aprisionan la verdad con la injusticia (Rom 1,18).  Ante tanto egoísmo, sordidez y tanta miseria, no es extraño que haya quienes hablen del silencio de Dios, viejo lamento teológico.

Pero es obvio que un Dios que pasa desapercibido, que no hace nada, que se desentiende del mundo, como fácilmente piensa el hombre de hoy, no puede  tener significación alguna para su vida. Lo cual le lleva a concluir, al menos de manera práctica, que Dios no existe, por innecesario, y porque si actúa esa actuación no se deja sentir. Si Dios, pues, no está presente ni tiene ninguna influencia en su vida, será echado en olvido.

 Los santos y los místicos han sabido ver la intervención diaria de Dios.

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[1] Eclipse de Dios,  Galetea-Nueva Visión, Buenos Aires, 1970, p.25.

 

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