La imprescindibilidad de la adoración

La adoración del Santísimo se ha hecho imprescindible en nuestros días. Un rato, una hora de adoración, permite al Señor derramar su gracia misericordiosa a toda la Humanidad. La Humanidad debe tanto… a los anónimos adoradores. Estos, de manera mística, sostienen al mundo.

Dios ha querido que las exclusas del cielo, por las que se precipitan parte de las gracias acumuladas por los mérito de Cristo su Hijo, se abran por los adoradores. De esto no somos del todo conscientes, pero bien haríamos, sabiendo lo que hay en juego, que valoráramos más el dedicar tiempo a estar delante del Señor, como el tiempo de nuestra vida mejor empleado. Para nuestro sentido práctico de la existencia, de aprovechar el tiempo, de la lógica del rendimiento, de la mentalidad utilitarista…, eso de estar ahí, quieto, con apariencia de no hacer nada, solo, ante el Señor, no pareciera gran cosa…, en realidad es lo más importante de cuanto podemos hacer con el tiempo de nuestra vida. Es un tiempo que perdura y nunca se pierde.

Los que creemos en Cristo, y en Él presente en la eucaristía, no podemos por menos que convertirnos en adoradores perpetuos de una realidad tan cercana: Dios ahí, tan al alcance de la mano, tan próximo a nosotros… Es una verdad que nos urge y desafía a no obviarla, a incorporarla a nuestra vida de manera definitiva, en torna a la cual hacer pivotar toda nuestra existencia.

La decisión de adorar regularmente -quiera Dios que a diario- al Santísimo es de gran trascendencia para nuestra vida, y la de los que nos rodean; más de lo que nos podemos imaginar. Un rato, una hora de adoración, posibilita que en algun lugar, una -o unas- persona en concreto -que ahora no conocemos- se esté beneficiando de reinado santificante que el Señor ejerce sobre la Humanidad, y cuya adoración sirve como contrapeso o desagravio a los pecados del mundo que refractan la divina gracia santificante.

Contaba la Madre Teresa de Calcuta en su orden, inicialmente, que tenían media hora de adoración ante Jesús Sacramentado una vez al mes. En un congreso decidieron pasar a una hora diaria. Recibieron permiso para que una de ellas pudiera colocar a Jesús en la custodia durante esa hora de adoración. Desde entonces, cuenta, mejoró la alegría, la atención de los enfermos, se llegaba a más y se doblaron el número de aspirantes.

Hay “muchos” adoradores (bueno, al menos muchos más de los que la gente cree), que pasan tiempo de su vida diaria delante del Santísimo. ¡Bendito seáis! La humanidad os debe tanto… Porque vosotros, de alguna manera mística, sostenéis al mundo.

Ahora sois anónimos, pero algún día, al final de los tiempos, en la gloria del Señor seréis reconocidos por todos, por todos los benificiados…

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