La fe y la gracia

El Evangelio (Mc 5,21-43) de la liturgia de hoy, 3 de febrero, nos narra dos milagros, en los que se ponen de manifiesto la vinculación de la gracia y la fe.

«Cada vez que realizamos un acto de fe dirigido a Jesús, se establece un contacto con Él e inmediatamente su gracia sale de Él. A veces no nos damos cuenta, pero de una forma secreta y real la gracia nos alcanza y lentamente trasforma la vida desde dentro.» (Papa León XIV). Este es un milagro maravilloso, sobrenatural en tdos los sentidos. Una mujer es curada sin que nadie, en un principo, se entere. La mujer que padecía flujo de sangre recibe un don milagroso de Dios, con tan solo tocar el manto Jesús entre la gente que le apretujaba. La fe, la confianza, la necesidad de la Divina Misericordia, posibilita que la gracia de Dios que está siempre dispuesto a donar se libere y alcance al ser humano que se abre en disposición de acogerla.

Tanto en el caso de la niña muerta a la que Jesús reanima como en el de la mujer que sufría una patología ya crónica de la que es curada a través de Jesús, estos dos factores, el de la confianza por parte humana y de la gracia por parte divina, juegan un papel sustancial.  La fe, la confianza en Jesús, en que puede obrar el milagro, es total y definitiva en ambos casos.

La confianza, como dice Sto. Tomás de Aquino, tiene un componente natural o humano, que es el que cotidianamente ejercemos confiando unos en otros, y hay también una confianza de origen sobrenatural, una virtud teologal, la fe, que es ya gracia, la cual posibilita la gracia, la acción de la gracia para quien confianza, se abre, a ella, como Jesús dice la mujer que padecía flujo: «Hija, ten confianza; tu fe te ha curado»; como en el caso de la hija del jefe de la sinagoga, a cuya fe Jesús responde, pese a las burlas del todos, del gentío.

Dios pide esa participación humana, que confiemos en Él, en su bondad y señorío divino; la fe tiene el componente del amor divino, está tocada por la gracia, que es participación del amor trinitario, la vida interna de Dios en el corazón humano.

 «Dios es el que te toma de la mano y te levanta, el que se deja tocar por tu dolor y te toca para curarte y darte de nuevo la vida. Él no discrimina a nadie porque ama a todos.» (Papa Francisco).  

 

Lectura del santo Evangelio según San Marcos 5, 21-43

 

En aquel tiempo, cuando Jesús regresó en la barca al otro lado del lago, se quedó en la orilla y ahí se le reunió mucha gente. Entonces se acercó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús, se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia: «Mi hija está agonizando. Ven a imponerle las manos para que se cure y viva». Jesús se fue con él, y mucha gente lo seguía y lo apretujaba.

Entre la gente había una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años. Había sufrido mucho a manos de los médicos y había gastado en eso toda su fortuna, pero en vez de mejorar, había empeorado. Oyó hablar de Jesús, vino y se le acercó por detrás entre la gente y le tocó el manto, pensando que, con sólo tocarle el vestido, se curaría. Inmediatamente se le secó la fuente de su hemorragia y sintió en su cuerpo que estaba curada.

Jesús notó al instante que una fuerza curativa había salido de él, se volvió hacia la gente y les preguntó: «¿Quién ha tocado mi manto?» Sus discípulos le contestaron: «Estás viendo cómo te empuja la gente y todavía preguntas: ‘¿Quién me ha tocado?’ » Pero él seguía mirando alrededor, para descubrir quién había sido. Entonces se acercó la mujer, asustada y temblorosa, al comprender lo que había pasado; se postró a sus pies y le confesó la verdad. Jesús la tranquilizó, diciendo: «Hija, tu fe te ha curado. Vete en paz y queda sana de tu enfermedad».


Todavía estaba hablando Jesús, cuando unos criados llegaron de casa del jefe de la sinagoga para decirle a éste: «Ya se murió tu hija. ¿Para qué sigues molestando al Maestro?» Jesús alcanzó a oír lo que hablaban y le dijo al jefe de la sinagoga: «No temas, basta que tengas fe«. No permitió que lo acompañaran más que Pedro, Santiago y Juan, el hermano de Santiago.

Al llegar a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús el alboroto de la gente y oyó los llantos y los alaridos que daban. Entró y les dijo: «¿Qué significa tanto llanto y alboroto? La niña no está muerta, está dormida». Y se reían de él.

Entonces Jesús echó fuera a la gente, y con los padres de la niña y sus acompañantes, entró a donde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo: «¡Talitá, kum!», que significa: «¡Óyeme, niña, levántate!» La niña, que tenía doce años, se levantó inmediatamente y se puso a caminar. Todos se quedaron asombrados. Jesús les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie y les mandó que le dieran de comer a la niña.

  …oo0oo…

 

El Papa León XIV comenta el paralelo del evangelio según san Marcos (cf. Marcos 5,21-43)

(Audiencia, 25 junio 2025)

Hoy también meditamos sobre las curaciones de Jesús como señal de esperanza. En Él hay una fuerza que nosotros también podemos experimentar cuando entramos en relación con su Persona.

Una enfermedad muy difundida en nuestro tiempo es el cansancio de vivir: la realidad nos parece demasiado compleja, pesada, difícil de afrontar. Y entonces nos apagamos, nos adormecemos, con la ilusión que al despertarnos las cosas serán diferentes. Pero la realidad va afrontada, y junto con Jesús podemos hacerlo bien. A veces nos sentimos bloqueados por el juicio de aquellos que pretenden colocar etiquetas a los demás.

Me parece que estas situaciones puedan cotejarse con un pasaje del Evangelio de Marcos, donde se entrelazan dos historias: aquella de una niña de doce años, que yace en su lecho enferma a punto de morir; y aquella de una mujer, que, precisamente desde hace doce años, tiene perdidas de sangre y busca a Jesús para sanarse (cfr Mc 5,21-43).

Entre estas dos figuras femeninas, el Evangelista coloca al personaje del padre de la muchacha: él no se queda en casa lamentándose por la enfermedad de la hija, sino sale y pide ayuda. Si bien sea el jefe de la sinagoga, no pone pretensiones argumentando su posición social. Cuando hay que esperar no pierde la paciencia y espera. Y cuando le vienen a decir que su hija ha muerto y es inútil disturbar al Maestro, él sigue teniendo fe y continúa esperando.

El coloquio de este padre con Jesús es interrumpido por la mujer que padecía flujo de sangre, que logra acercarse a Jesús y tocar su manto (v. 27). Con gran valentía esta mujer ha tomado la decisión que cambia su vida: todos seguían diciéndole que permanezca a distancia, que no se deje ver. La habían condenado a quedarse escondida y aislada.  A veces también nosotros podemos ser víctimas del juicio de los demás, que pretenden colocarnos un vestido que no es el nuestro. Y entonces estamos mal y no logramos salir de eso.

Aquella mujer emboca el camino de la salvación cuando germina en ella la fe que Jesús puede sanarla: entonces encuentra la fuerza para salir e ir a buscarlo. Al menos quiere llegar a tocar sus vestidos.

Alrededor de Jesús había una muchedumbre, muchas personas lo tocaban, pero a ellos no les pasó nada. En cambio, cuando esta mujer toca a Jesús, se sana. ¿Dónde está la diferencia? Comentando este punto del texto, San Agustín dice – en nombre de Jesús –: «La multitud apretuja, la fe toca» (Sermones 243, 2, 2). Y así: cada vez que realizamos un acto de fe dirigido a Jesús, se establece un contacto con Él e inmediatamente su gracia sale de Él. A veces no nos damos cuenta, pero de una forma secreta y real la gracia nos alcanza y lentamente trasforma la vida desde dentro.

Quizás también hoy tantas personas se acercan a Jesús de manera superficial, sin creer de verdad en su potencia. ¡Caminamos la superficie de nuestra iglesia, pero quizás el corazón está en otra parte! Esta mujer, silenciosa y anónima, derrota a sus temores, tocando el corazón de Jesús con sus manos consideradas impuras a causa de la enfermedad. Y he aquí que inmediatamente se siente curada. Jesús le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz» (Mc 5,34).

Mientras tanto, llevaron a aquel padre la noticia que su hija había muerto. Jesús le dice: «¡No temas, basta que creas!» (v. 36). Luego fue a su casa y, viendo que todos lloraban y gritaban, dijo: «La niña no está muerta, sino que duerme» (v. 39). Luego entra donde está la niña, le toma la mano y le dice: «Talitá kum», “¡Niña, levántate!”. La muchacha se levanta y se pone a caminar (cfr vv. 41-42). Aquel gesto de Jesús nos muestra que Él no solo sana toda enfermedad, sino que también despierta de la muerte. Para Dios, que es Vida eterna, la muerte del cuerpo es como un sueño. La muerte verdadera es aquella del alma: ¡de esta debemos tener miedo!

Un último detalle: Jesús, luego de haber resucitado a la niña, dice a los padres que le den de comer (cfr v. 43). Esta es otra señal muy concreta de la cercanía de Jesús a nuestra humanidad. Podemos también entenderlo en sentido más profundo y preguntarnos: ¿cuándo nuestros muchachos se encuentran en crisis y tienen necesidad de nutrición espiritual, sabemos dársela? ¿Y cómo podemos hacerlo si nosotros mismos no nos nutrimos del Evangelio?

Queridos hermanos y hermanas, en la vida hay momentos de desilusión y de desánimo, y hay también la experiencia de la muerte. Aprendamos de aquella mujer, de aquel padre: vamos hacia Jesús: Él puede sanarnos, puede hacernos renacer. ¡Jesús es nuestra esperanza!

 

 …oo0oo…

Palabras del papa Francisco comenta el paralelo del evangelio según san Marcos (cf. Marcos 5,21-43)

 

 (Ángelus, 30 junio 2024)

El Evangelio de la liturgia de hoy nos relata dos milagros que parece que están entrelazados entre sí. Mientras que Jesús va a casa de Jairo, uno de los responsables de la sinagoga, porque su hija pequeña está gravemente enferma, por el camino una mujer con hemorroísa le toca la túnica y Él se detiene para sanarla. Mientras tanto, anuncian que la hija de Jairo ha muerto, pero Jesús no se detiene, llega a la casa, va a la habitación de la pequeña, la toma de la mano y la levanta, devolviéndola a la vida (Mc 5,21-43). Dos milagros, uno de curación y otro de resurrección.

Estas dos curaciones se relatan en un único episodio. Ambas suceden a través del contacto físico. De hecho, la mujer toca la túnica de Jesús y Jesús toma de la mano a la pequeña. ¿Por qué motivo es importante “tocar”? porque estas dos mujeres – una porque tiene pérdidas de sangre y la otra porque está muerta – se consideran impuras y por lo tanto con ellas no puede haber contacto físico. Y, en cambio, Jesús se deja tocar y no teme tocar. Jesús se deja tocar y no tiene miedo de tocar. Antes incluso de la curación física, Él desafía una concepción religiosa equivocada, según la cual Dios separa a los puros por un lado y a los impuros por otro. En cambio, Dios no hace esta separación, porque todos somos sus hijos, y la impureza no deriva de alimentos, enfermedades y ni siquiera de la muerte, sino que la impureza viene de un corazón impuro.

Aprendamos esto: frente a los sufrimientos del cuerpo y del espíritu, frente a las heridas del alma, frente a las situaciones que nos abaten e incluso frente al pecado, Dios no nos mantiene a distancia, Dios no se avergüenza de nosotros, Dios no nos juzga; al contrario, Él se acerca para dejarse tocar y para tocarnos y siempre nos levanta de la muerte. Siempre nos toma de la mano para decirnos: ¡Hija, hijo, levántate! (cf. Mc 5,41), ¡Camina, ve hacia delante! “Señor, soy un pecador” – “¡Sigue adelante, yo me hice pecado por ti, para salvarte!” – Pero tú, Señor, no eres un pecador” – “No, pero yo sufrí todas las consecuencias del pecado para salvarte”. ¡Es hermoso esto!

Fijemos en el corazón esta imagen que Jesús nos entrega: Dios es el que te toma de la mano y te levanta, el que se deja tocar por tu dolor y te toca para curarte y darte de nuevo la vida. Él no discrimina a nadie porque ama a todos.

Y entonces podemos preguntarnos: ¿Nosotros creemos que Dios es así? ¿Nos dejamos tocar por el Señor, por su Palabra, por su amor? ¿Entramos en relación con los hermanos ofreciéndoles una mano para levantarse o nos mantenemos a distancia y etiquetamos a las personas en base a nuestros gustos y a nuestras preferencias? Nosotros etiquetamos a las personas. Os hago una pregunta: Dios, el Señor Jesús, ¿etiqueta a las personas? Que cada uno responda. ¿Dios etiqueta a las personas? Y yo, ¿vivo constantemente etiquetando a las personas?

Hermanos y hermanas, miremos al corazón de Dios, para que la Iglesia y la sociedad no excluyan, no excluyan a nadie, para que no traten a nadie como “impuro”, para que cada uno, con su propia historia, sea acogido y amado sin etiquetas, sin prejuicios, para que sea amado sin adjetivos.

Recemos a la Virgen Santa: que Ella que es Madre de la ternura interceda por nosotros y por el mundo entero. 

 …oo0oo…

Catena Aurea

Teófilato

Después del milagro del endemoniado, obró el Señor otro curando a la hija de uno de los jefes de la sinagoga, cuyo milagro cita el evangelista en estos términos: «Habiendo pasado Jesús otra vez con el barco a la opuesta orilla», etc.
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 28

Es de observar que lo que se dice de la hija del jefe de la sinagoga lo hizo Jesús cuando pasó a la orilla opuesta. Pero no consta si lo hizo enseguida, o si tardó en hacerlo. Es de creer, sin embargo, que medió algún tiempo, pues de otro modo no hubiera podido celebrarse antes en su casa el convite del que habla San Mateo, y después del cual refiere lo acontecido con la hija de dicho jefe. Así, pues, el evangelista ha tejido su narración de un modo tan ordenado, que lo que ha sucedido después lo refiere después.

«Vino en busca de El, continúa, uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo».
 

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

Cita el nombre a causa de los judíos contemporáneos, para que fuese una prueba del milagro. «El cual, sigue, luego que le vio se arrojó a sus pies, y con muchas instancias le hacía esta súplica: Mi hija está en las últimas». San Mateo dice que el jefe de la sinagoga anuncia a su hija muerta, y San Marcos como muy grave, pero después vinieron a anunciar al jefe de la sinagoga, con quien debía ir el Señor, que la joven había muerto. San Mateo, pues, viene a decir lo mismo, dando por abreviar como muerta a la que consta que revivió el Señor.
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 28

Toma, pues, en consideración no las palabras del padre, sino la voluntad, que es mucho más poderosa, porque lo que quería en realidad era que reviviera a su hija, creyendo que no podría encontrar ya viva a la que había dejado moribunda.
 

Teofilacto

Este hombre se manifiesta lleno de fe, por cuanto cayó a los pies de Jesús. Pero no manifestó toda la que convenía que tuviese, por cuanto pidió al Señor que fuese El mismo, bastando que le hubiese dicho: Di una palabra y sanará mi hija.

«Fuese Jesús con él», etc. «Y una mujer que padecía flujo de sangre», etc.
 

San Juan Crisóstomo, homilia in Matthaeum, hom. 31, 2

Esta mujer, famosa y conocida por todos, no se atrevía por lo mismo a acercarse descaradamente al Salvador, ni menos a ponerse delante de El, porque era impura según la ley. Así que lo tocó por detrás y no por delante, porque ni a esto se atrevía. Y no tocó el vestido, sino su franja, llegando a curar no por la franja, sino por su pensamiento.

«Diciendo para consigo, continúa: Como llegue a tocar su vestido, sanaré».
 

Teofilacto

Esta mujer, que esperaba su curación con sólo tocar la franja, estaba ciertamente llena de fe, y la consiguió por ello. Prosigue: «De repente aquel manantial de sangre se le secó».
 

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

Aquellos, pues, que tocan por la fe a Cristo, reciben de El sus virtudes con la buena voluntad que viene de El. «Al mismo tiempo Jesús, conociendo la virtud que había salido de sí, vuelto a los circundantes decía: ¿Quién ha tocado mi vestido?». Las virtudes del Salvador no salen de El local y materialmente, como si lo abandonaran de algún modo, porque, siendo incorpóreas, cuando salen para comunicarse a otros no abandonan a aquél de quien han salido, como las ciencias que se dan por el maestro a los discípulos. Dice pues: «Conociendo la virtud que había salido de sí», para darnos a entender que la mujer recibió la salud, no sin que El lo conociera, sino sabiéndolo. No obstante, preguntaba: «¿Quién ha tocado mi vestido?», para que se manifieste aquella mujer, se divulgue su fe, y no se pierda en el olvido el beneficio de aquel milagro. «A lo que respondían los discípulos: Estás viendo la gente que te comprime por todos lados, y dices ¿quién me ha tocado?». El Señor había preguntado: ¿Quién me ha tocado?, es decir, por la fe y el pensamiento, puesto que, no aproximándose a mí por el pensamiento y la fe, no me tocan las gentes que me oprimen.

«Mas Jesús proseguía mirando a todos lados para distinguir la persona que había hecho esto».
 

Teofilacto

Quería el Señor poner de manifiesto a esta mujer, primeramente para probar su fe, después para suscitar en el jefe de la sinagoga la confianza, con la cual curaría su hija y, por último, para disipar el temor de la mujer, que temía porque había robado la salud. Por esto dice: «Entonces la mujer, sabiendo», etc.
 

Beda, in Marcum, 2,22

He aquí a lo que la pregunta del Señor tendía a que confesase la mujer su larga infidelidad, su repentina fe y su cura, con lo que ella misma se confirmaba en la fe y daba ejemplo a los demás. «El entonces le dijo: Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz, y queda libre de tu mal». No dijo, pues, tu fe te salvará, sino te ha salvado, que es como si dijese: desde que creíste fuiste curada.
 

San Juan Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

Llama hija a la salvada por la fe, porque la fe en Cristo nos hace hijos de Dios.

Teofilacto
 

Le dijo: «Vete en paz», es decir, reposa, o anda y vive tranquila, porque hasta ahora has estado en angustia y tormento.
 

San Juan Crisóstomo, homilia in Matthaeum, 31.

O le dice: Vete en paz, mandándola al fin de los buenos -pues Dios mora en la paz-, para hacernos ver que no sólo la curó en cuanto al cuerpo, sino también en la causa de su mal, es decir, en sus pecados.
 

San Jerónimo.

En sentido místico, Jairo, jefe de la sinagoga, vino después de lo referido, porque, cuando entre la plenitud de las naciones, entonces será salvo todo Israel ( Rm 11,25). Jairo quiere decir el que ilumina o el iluminado, es decir, el pueblo judío, depuesta la sombra del sentido literal, ilustrado e iluminado en el espíritu, cayendo a los pies de Cristo, esto es, humillándose ante la encarnación de Jesús, ruega por su hija, porque el que vive para sí hace vivir a los demás. Así Abraham, y Moisés y Samuel, ruegan por el pueblo muerto y Jesús acoge sus ruegos.
 

Beda, Beda, in Marcum, 2, 22

Yendo el Señor a curar a la joven se ve oprimido por la muchedumbre, porque dando consejos saludables a la gente de Judea, pesa sobre El el pecado de los pueblos carnales. La mujer vertiendo sangre y curada por el Señor es la Iglesia formada por la congregación de las gentes, y el flujo de sangre debe entenderse como los pecados de idolatría indignos de perdón y de los que son deleite de la carne y de la sangre. Pero mientras el Verbo de Dios quiere salvar a Judea, la muchedumbre de las naciones se procura, con esperanza cierta, de la salud preparada y prometida a otros.
 

Teofilacto

Por esta mujer se debe entender la naturaleza humana, de la que mana el pecado que nos mata, porque viene, por decirlo así, a derramar la sangre de su espíritu. No pudo ser curada por los hombres de ciencia del mundo, esto es, por los médicos, ni por la ley, ni por los profetas. Pero lo fue inmediatamente cuando tocó la franja de Cristo, es decir, su carne. El que cree en el Hijo de Dios encarnado es el que toca la franja de sus vestidos.
 

Beda, Beda, in Marcum, 2, 22

Una mujer llena de fe toca al Señor, y la muchedumbre lo oprime, porque el que se ve abrumado por las diversas herejías o por las costumbres perversas, es venerado solamente por la fiel Iglesia católica. La Iglesia de las naciones viene detrás, puesto que, no viendo al Señor presente en la carne, llega a la gracia de la fe después que se han cumplido los misterios de su Encarnación. Y así, cuando mereció verse libre de los pecados por la participación de los sacramentos, secó la fuente de su sangre como por el contacto de sus vestidos. Y el Señor miraba en torno suyo para ver a la que lo había tocado, porque juzga dignos de su mirada y de su misericordia a todos los que merecen la salvación.

  

Teofilacto

Los que estaban con el jefe de la sinagoga creían que Cristo era uno de los profetas, y por ello juzgaban necesario que fuese a orar por la muchacha. Pero habiendo expirado ésta, comprendieron que no era tiempo ya de orar. Y por esto dice el evangelista: «Estando aún hablando, llegaron de casa del jefe de la sinagoga a decirle a éste: Murió ya tu hija; ¿para qué cansar más al Maestro?». Pero el Señor indujo al padre a confesar su fe: «Mas Jesús, oyendo lo que decían, dijo al jefe de la sinagoga: No temas; ten fe solamente».

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 28

No se dice que diera su asentimiento a los que llegaron con la noticia y se oponían a que fuera ya el Maestro. Por esto, al decirle el Señor: «No temas; ten fe», no lo tacha de incrédulo, sino que quiere robustecer su fe. Si, pues, el evangelista refiriera que fue el jefe de la sinagoga quien dijo que no había ya razón de molestar a Jesús -cuando fueron los que venían de su casa los que lo dijeron-, estas palabras se opondrían al anuncio que San Mateo pone en sus labios, esto es, de que la muchacha había muerto.

«Y no permitió que le siguiese ninguno, fuera de Pedro, y Santiago y Juan, el hermano de Santiago».
 

Teofilacto

Porque el humilde Jesús no quiso hacer nada por ostentación.

«Llegados que fueron a casa del jefe de la sinagoga, ve la confusión y los grandes lloros y alaridos de aquella gente».
 

Pseudo-Crisóstomo, vict. ant. e cat. in Marcum

Les manda que no griten, ya que no estaba muerta la muchacha, sino dormida. «Y entrando dentro les dice: ¿De qué os afligís tanto y lloráis?».
 

Pseudo – Jerónimo

Dicen al jefe de la sinagoga: Tu hija ha muerto. Y Jesús dice: No está muerta, sino dormida para Dios. Y ambas cosas son verdad, porque es como si dijera: Está muerta para vosotros, y para mí dormida.
 

Beda, in Marcum, 2, 22

Estaba muerta para los hombres que no podían volverla a la vida, y estaba dormida para Dios, a cuya disposición estaba su espíritu, que vivía en su seno, y su cuerpo que descansaba esperando la resurrección. De aquí viene la costumbre de los cristianos de llamar dormidos a los muertos, de cuya resurrección no se duda ( 1Tes 4).

«Y se burlaban de El».
 

Teofilacto

Se burlaban de El, como si no pudiera hacer ya más. Pero, declarando ellos mismos que había muerto, tuvieron que convencerse de que la revivía, y por tanto de que era milagroso el hecho.
 

Beda, in Marcum, 2, 22

Con razón, pues, hace salir a todos fuera, ya que preferían burlarse de la palabra del que resucita a los muertos a creer en El, haciéndose indignos de ver el poder del que resucita y el misterio de este milagro. «Pero Jesús, continúa, haciéndolos salir a todos», etc.
 

San Juan Crisóstomo

O es por no hacer ostentación de ello por lo que no permite que estén todos con El. Pero para tener después testigos de su divino poder, eligió a tres de sus principales discípulos y, como más necesarios que los demás, al padre y a la madre de la muchacha. Sin embargo, da la vida a ésta con su mano y su palabra. «Y tomándola de la mano le dice: Thalitha cumi «, que debe interpretarse como: «Muchacha, levántate, yo te lo mando». La mano vivificadora de Jesús da vida al cuerpo de los muertos, y su voz los levanta. «Inmediatamente, prosigue, se puso en pie la muchacha, y echó a andar».
 

San Jerónimo

Alguno acusa al Evangelista de no ser fiel en la exposición de este hecho por añadir: «Yo te lo mando», cuando Thalitha cumi en hebreo significa sólo: «Muchacha, levántate». Pero es para expresar el sentido de esta llamada y de esta orden por lo que añade: «Yo te lo mando, levántate».

«Pues tenía ya doce años», continúa.
 

Glosa

El evangelista añade la edad de la muchacha para hacer ver que podía andar. Y por el hecho de andar se manifiesta, no sólo que había revivido, sino que había sanado perfectamente. «Con lo que quedaron poseídos del mayor asombro», etc. «Y dijo que diesen de comer a la muchacha».
 

San Juan Crisóstomo

Para demostrar que la había curado verdaderamente, y no en apariencia.
 

Beda, in Marcum, 2,22

En sentido místico, se anuncia la muerte de la hija del jefe de la sinagoga inmediatamente después de la cura de la mujer que padecía flujo de sangre, porque mientras la Iglesia de los gentiles, limpia de la mancha de los vicios, merece ser llamada «hija» por su fe, la sinagoga queda libre de la continua aflicción de su traición, y a la vez de su envidia. De su traición, sí, porque no quiso creer en Cristo. Y de su envidia, porque deploró a la Iglesia creyente. Las palabras: «¿Para que cansar más al Maestro?», se dicen hoy para que los que ven a la sinagoga abandonada por Dios no crean que puede ser restaurada o que deban rogar por su resurrección. Pero si el jefe de la sinagoga, es decir, el consejo de los doctores de la ley quisiera creer en El, la sinagoga sería salvada. Porque, habiendo perdido por su infidelidad la alegría de la compañía del Señor, yace como muerta entre los que lloran y se lamentan. Tomando, pues, de la mano a la muchacha, la resucitó el Señor; porque sin que se purifiquen antes las manos de los judíos, que están llenas de sangre ( Is 1), no resucitará la muerta sinagoga. En la cura del flujo de sangre de la mujer y en la resurrección de la muchacha se manifiesta la salvación del género humano, que ha sido dispensada por el Señor de este modo: viniendo primero a la fe algunos de Israel, después la plenitud de las naciones, y así todo Israel será salvado ( Rm 11). Tenía doce años la muchacha y hacía también doce años que padecía la mujer, porque los pecados de los que no creían tuvieron lugar al principio de la fe de los creyentes; por esto se dice: «Creyó Abraham a Dios, y su fe reputósele por justicia» ( Gén 15).
 

San Gregorio Magno, Moralia.,4,29

Revive nuestro Redentor a la muchacha en la casa, al joven fuera de la ciudad y a Lázaro en el sepulcro. Esto en sentido moral significa que yace muerto en su casa aquél cuyo pecado está oculto. Es conducido fuera de la puerta de la ciudad aquél cuya iniquidad llama para su vergüenza la atención pública. Y está debajo de la tierra de la sepultura aquél sobre quien pesa la acción del mal y también la costumbre.
 

Beda, in Marcum, 2,22

Y es de notar que los pecados más leves y cotidianos pueden ser curados por el remedio de una penitencia más ligera. Por ello el Señor revive sólo con su voz a la muchacha que yacía sobre su lecho, diciendo: «Muchacha, levántate». Pero para que un muerto de cuatro días pueda franquear las barreras del sepulcro, se estremeció en su espíritu, se turbó y derramó lágrimas ( Jn 11). Por tanto, cuanto más grave sea la muerte del espíritu, tanto más áspera y fervorosa debe ser la penitencia. Es de notar también que una culpa pública necesita un remedio igualmente público; y así Lázaro, llamado del sepulcro, llamó la atención del pueblo. En cambio los pecados leves piden penitencia secreta; por lo que la muchacha, que yacía en su casa, revive delante de un pequeño número de testigos, y a éstos se les manda que no digan nada a nadie. Se echa fuera a la muchedumbre para que reviva la muchacha, porque si no se echa antes de lo más hondo del corazón a la multitud de cuidados mundanos, no revive el espíritu que yace muerto en sí mismo. Revive, pues, y echa a andar la muchacha. Y del mismo modo el hombre, revivido de sus pecados, debe no solamente levantarse de la inmundicia de sus iniquidades, sino adelantar en las buenas obras y no detenerse, para que pueda saciarse del pan celestial, haciéndose partícipe de la palabra divina y del altar.

 

  ACTUALIDAD CATÓLICA