La fe y la gracia

El Evangelio (Mt 9,18-26) de la liturgia de hoy, 6 de julio, nos narra dos milagros, en los que se ponen de manifiesto la vinculación de la gracia y la fe.

«Cada vez que realizamos un acto de fe dirigido a Jesús, se establece un contacto con Él e inmediatamente su gracia sale de Él. A veces no nos damos cuenta, pero de una forma secreta y real la gracia nos alcanza y lentamente trasforma la vida desde dentro.» (Papa León XIV). Este es un milagro maravilloso, sobrenatural en tdos los sentidos. Una mujer es curada sin que nadie, en un principo, se entere. La mujer que padecía flujo de sangre recibe un don milagroso de Dios, con tan solo tocar el manto Jesús entre la gente que le apretujaba. La fe, la confianza, la necesidad de la Divina Misericordia, posibilita que la gracia de Dios que está siempre dispuesto a donar se libere y alcance al ser humano que se abre en disposición de acogerla.

Tanto en el caso de la niña muerta a la que Jesús reanima como en el de la mujer que sufría una patología ya crónica de la que es curada a través de Jesús, estos dos factores, el de la confianza por parte humana y de la gracia por parte divina, juegan un papel sustancial.  La fe, la confianza en Jesús, en que puede obrar el milagro, es total y definitiva en ambos casos.

La confianza, como dice Sto. Tomás de Aquino, tiene un componente natural o humano, que es el que cotidianamente ejercemos confiando unos en otros, y hay también una confianza de origen sobrenatural, una virtud teologal, la fe, que es ya gracia, la cual posibilita la gracia, la acción de la gracia para quien confianza, se abre, a ella, como Jesús dice la mujer que padecía flujo: «Hija, ten confianza; tu fe te ha curado»; como en el caso de la hija del jefe de la sinagoga, a cuya fe Jesús responde, pese a las burlas del todos, del gentío.

Dios pide esa participación humana, que confiemos en Él, en su bondad y señorío divino; la fe tiene el componente del amor divino, está tocada por la gracia, que es participación del amor trinitario, la vida interna de Dios en el corazón humano.

 «Dios es el que te toma de la mano y te levanta, el que se deja tocar por tu dolor y te toca para curarte y darte de nuevo la vida. Él no discrimina a nadie porque ama a todos.» (Papa Francisco).  

Lectura del santo evangelio según san Mateo  9, 18-26

En aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se le acercó un jefe de la sinagoga, se postró ante él y le dijo: “Señor, mi hija acaba de morir; pero ven tú a imponerle las manos y volverá a vivir”.

Jesús se levantó y lo siguió, acompañado de sus discípulos. Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orilla del manto, pues pensaba: “Con sólo tocar su manto, me curaré”. Jesús, volviéndose, la miró y le dijo: “Hija, ten confianza; tu fe te ha curado”. Y en aquel mismo instante quedó curada la mujer.

Cuando llegó a la casa del jefe de la sinagoga, vio Jesús a los flautistas, y el tumulto de la gente y les dijo: “Retírense de aquí. La niña no está muerta; está dormida”. Y todos se burlaron de él. En cuanto hicieron salir a la gente, entró Jesús, tomó a la niña de la mano y ésta se levantó. La noticia se difundió por toda aquella región.

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El Papa León XIV comenta el paralelo del evangelio según san Marcos (cf. Marcos 5,21-43)

(Audiencia, 25 junio 2025)

Hoy también meditamos sobre las curaciones de Jesús como señal de esperanza. En Él hay una fuerza que nosotros también podemos experimentar cuando entramos en relación con su Persona.

Una enfermedad muy difundida en nuestro tiempo es el cansancio de vivir: la realidad nos parece demasiado compleja, pesada, difícil de afrontar. Y entonces nos apagamos, nos adormecemos, con la ilusión que al despertarnos las cosas serán diferentes. Pero la realidad va afrontada, y junto con Jesús podemos hacerlo bien. A veces nos sentimos bloqueados por el juicio de aquellos que pretenden colocar etiquetas a los demás.

Me parece que estas situaciones puedan cotejarse con un pasaje del Evangelio de Marcos, donde se entrelazan dos historias: aquella de una niña de doce años, que yace en su lecho enferma a punto de morir; y aquella de una mujer, que, precisamente desde hace doce años, tiene perdidas de sangre y busca a Jesús para sanarse (cfr Mc 5,21-43).

Entre estas dos figuras femeninas, el Evangelista coloca al personaje del padre de la muchacha: él no se queda en casa lamentándose por la enfermedad de la hija, sino sale y pide ayuda. Si bien sea el jefe de la sinagoga, no pone pretensiones argumentando su posición social. Cuando hay que esperar no pierde la paciencia y espera. Y cuando le vienen a decir que su hija ha muerto y es inútil disturbar al Maestro, él sigue teniendo fe y continúa esperando.

El coloquio de este padre con Jesús es interrumpido por la mujer que padecía flujo de sangre, que logra acercarse a Jesús y tocar su manto (v. 27). Con gran valentía esta mujer ha tomado la decisión que cambia su vida: todos seguían diciéndole que permanezca a distancia, que no se deje ver. La habían condenado a quedarse escondida y aislada.  A veces también nosotros podemos ser víctimas del juicio de los demás, que pretenden colocarnos un vestido que no es el nuestro. Y entonces estamos mal y no logramos salir de eso.

Aquella mujer emboca el camino de la salvación cuando germina en ella la fe que Jesús puede sanarla: entonces encuentra la fuerza para salir e ir a buscarlo. Al menos quiere llegar a tocar sus vestidos.

Alrededor de Jesús había una muchedumbre, muchas personas lo tocaban, pero a ellos no les pasó nada. En cambio, cuando esta mujer toca a Jesús, se sana. ¿Dónde está la diferencia? Comentando este punto del texto, San Agustín dice – en nombre de Jesús –: «La multitud apretuja, la fe toca» (Sermones 243, 2, 2). Y así: cada vez que realizamos un acto de fe dirigido a Jesús, se establece un contacto con Él e inmediatamente su gracia sale de Él. A veces no nos damos cuenta, pero de una forma secreta y real la gracia nos alcanza y lentamente trasforma la vida desde dentro.

Quizás también hoy tantas personas se acercan a Jesús de manera superficial, sin creer de verdad en su potencia. ¡Caminamos la superficie de nuestra iglesia, pero quizás el corazón está en otra parte! Esta mujer, silenciosa y anónima, derrota a sus temores, tocando el corazón de Jesús con sus manos consideradas impuras a causa de la enfermedad. Y he aquí que inmediatamente se siente curada. Jesús le dice: «Hija, tu fe te ha salvado. Vete en paz» (Mc 5,34).

Mientras tanto, llevaron a aquel padre la noticia que su hija había muerto. Jesús le dice: «¡No temas, basta que creas!» (v. 36). Luego fue a su casa y, viendo que todos lloraban y gritaban, dijo: «La niña no está muerta, sino que duerme» (v. 39). Luego entra donde está la niña, le toma la mano y le dice: «Talitá kum», “¡Niña, levántate!”. La muchacha se levanta y se pone a caminar (cfr vv. 41-42). Aquel gesto de Jesús nos muestra que Él no solo sana toda enfermedad, sino que también despierta de la muerte. Para Dios, que es Vida eterna, la muerte del cuerpo es como un sueño. La muerte verdadera es aquella del alma: ¡de esta debemos tener miedo!

Un último detalle: Jesús, luego de haber resucitado a la niña, dice a los padres que le den de comer (cfr v. 43). Esta es otra señal muy concreta de la cercanía de Jesús a nuestra humanidad. Podemos también entenderlo en sentido más profundo y preguntarnos: ¿cuándo nuestros muchachos se encuentran en crisis y tienen necesidad de nutrición espiritual, sabemos dársela? ¿Y cómo podemos hacerlo si nosotros mismos no nos nutrimos del Evangelio?

Queridos hermanos y hermanas, en la vida hay momentos de desilusión y de desánimo, y hay también la experiencia de la muerte. Aprendamos de aquella mujer, de aquel padre: vamos hacia Jesús: Él puede sanarnos, puede hacernos renacer. ¡Jesús es nuestra esperanza!

 

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Palabras del papa Francisco comenta el paralelo del evangelio según san Marcos (cf. Marcos 5,21-43)

 (Ángelus, 30 junio 2024)

El Evangelio de la liturgia de hoy nos relata dos milagros que parece que están entrelazados entre sí. Mientras que Jesús va a casa de Jairo, uno de los responsables de la sinagoga, porque su hija pequeña está gravemente enferma, por el camino una mujer con hemorroísa le toca la túnica y Él se detiene para sanarla. Mientras tanto, anuncian que la hija de Jairo ha muerto, pero Jesús no se detiene, llega a la casa, va a la habitación de la pequeña, la toma de la mano y la levanta, devolviéndola a la vida (Mc 5,21-43). Dos milagros, uno de curación y otro de resurrección.

Estas dos curaciones se relatan en un único episodio. Ambas suceden a través del contacto físico. De hecho, la mujer toca la túnica de Jesús y Jesús toma de la mano a la pequeña. ¿Por qué motivo es importante “tocar”? porque estas dos mujeres – una porque tiene pérdidas de sangre y la otra porque está muerta – se consideran impuras y por lo tanto con ellas no puede haber contacto físico. Y, en cambio, Jesús se deja tocar y no teme tocar. Jesús se deja tocar y no tiene miedo de tocar. Antes incluso de la curación física, Él desafía una concepción religiosa equivocada, según la cual Dios separa a los puros por un lado y a los impuros por otro. En cambio, Dios no hace esta separación, porque todos somos sus hijos, y la impureza no deriva de alimentos, enfermedades y ni siquiera de la muerte, sino que la impureza viene de un corazón impuro.

Aprendamos esto: frente a los sufrimientos del cuerpo y del espíritu, frente a las heridas del alma, frente a las situaciones que nos abaten e incluso frente al pecado, Dios no nos mantiene a distancia, Dios no se avergüenza de nosotros, Dios no nos juzga; al contrario, Él se acerca para dejarse tocar y para tocarnos y siempre nos levanta de la muerte. Siempre nos toma de la mano para decirnos: ¡Hija, hijo, levántate! (cf. Mc 5,41), ¡Camina, ve hacia delante! “Señor, soy un pecador” – “¡Sigue adelante, yo me hice pecado por ti, para salvarte!” – Pero tú, Señor, no eres un pecador” – “No, pero yo sufrí todas las consecuencias del pecado para salvarte”. ¡Es hermoso esto!

Fijemos en el corazón esta imagen que Jesús nos entrega: Dios es el que te toma de la mano y te levanta, el que se deja tocar por tu dolor y te toca para curarte y darte de nuevo la vida. Él no discrimina a nadie porque ama a todos.

Y entonces podemos preguntarnos: ¿Nosotros creemos que Dios es así? ¿Nos dejamos tocar por el Señor, por su Palabra, por su amor? ¿Entramos en relación con los hermanos ofreciéndoles una mano para levantarse o nos mantenemos a distancia y etiquetamos a las personas en base a nuestros gustos y a nuestras preferencias? Nosotros etiquetamos a las personas. Os hago una pregunta: Dios, el Señor Jesús, ¿etiqueta a las personas? Que cada uno responda. ¿Dios etiqueta a las personas? Y yo, ¿vivo constantemente etiquetando a las personas?

Hermanos y hermanas, miremos al corazón de Dios, para que la Iglesia y la sociedad no excluyan, no excluyan a nadie, para que no traten a nadie como “impuro”, para que cada uno, con su propia historia, sea acogido y amado sin etiquetas, sin prejuicios, para que sea amado sin adjetivos.

Recemos a la Virgen Santa: que Ella que es Madre de la ternura interceda por nosotros y por el mundo entero. 

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Catena Aurea

 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1

Después de las palabras, siguió la acción, que debía cerrar por completo la boca a los fariseos, puesto que el mismo Jefe de la sinagoga se había acercado a Jesús para pedirle un milagro. Grande era su tristeza, porque era hija única la difunta, tenía doce años y estaba en los primeros albores de la vida y por eso dice: «Mientras El les hablaba estas cosas: He aquí que se le aproximó uno de los principales».
 

San Agustín, de consensu evangelistarum, 2, 28

San Marcos y San Lucas refieren el mismo hecho, aunque no en el mismo orden, porque colocan este hecho después de su salida del país de los Gerasenos, cuando atravesó el lago después de haber arrojado a los demonios que se posesionaron del cuerpo de los cerdos. Según San Marcos, debió acontecer este hecho después que Jesús atravesó por segunda vez el lago, aunque no se sabe cuánto tiempo después. Debió indudablemente haber algún intervalo, porque de otra manera no tendría lugar en la narración de San Mateo la permanencia de Jesús en el convite de la casa de Mateo: a continuación de este hecho, sigue inmediatamente el de la hija del jefe de la sinagoga. Porque si el referido jefe se hubiera acercado a Jesús en el momento en que estaba haciendo las comparaciones de la pieza de paño nuevo y del vino nuevo, no hubiera habido interposición alguna entre sus acciones y palabras. Pero en la narración de San Marcos, existe un espacio donde se pudieron interponer otras cosas. San Lucas no contradice a San Mateo cuando dice: «He aquí que un hombre llamado Jairo» ( Lc 8,41) . No debe colocarse este hecho a continuación, sino después de lo que refiere San Mateo, sobre el convite de los publicanos, en los términos siguientes: Mientras El les decía estas cosas, he aquí, que un príncipe (es decir, Jairo, príncipe de la sinagoga) se acercó a El y le adoró diciéndole: «Señor, mi hija acaba de morir». Se debe tener presente (para evitar toda aparente contradicción), que los otros dos evangelistas no dicen que estuviera muerta, sino próxima a morir. Hasta afirman que vinieron después a anunciarle la muerte, a fin de no incomodar al Maestro. Es preciso admitir, que San Mateo, para mayor brevedad, se contentó con referir la petición, dirigida al Señor, de que hiciera lo que realmente ejecutó, es decir, de que resucitara a una difunta. Porque en este pasaje no debemos fijarnos en las palabras del padre sobre su hija, sino (y esto es lo esencial) en la voluntad. Estaba él tan desesperado de que pudiera resucitar, que no se imaginaba encontrar viva a la que dejó difunta. Dos evangelistas, pues, dan testimonio de lo que dijo Jairo mientras que San Mateo de lo que deseó y lo que pensó. Evidentemente, si uno de los primeros hubiera dicho que el mismo padre dijo que no se molestase a Jesús, porque su hija estaba ya muerta, semejantes palabras estarían en contradicción con las de San Mateo. Pero no se expresa en la narración que estuviera conforme con las noticias que le daban sus criados. De aquí la absoluta necesidad en que estamos de no dar a las palabras de cada uno más valor que el que les da su propia voluntad, a quien están subordinadas las palabras y de no inventar mentiras por haber dicho en otros términos lo que realmente quiso decir, aunque con palabras distintas.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1

O también: Lo que el príncipe dijo de la muerte de su hija, no es más que una exageración propia del que anuncia una desgracia. Porque es natural en todos los que piden algo presentar sus males como mayores y decir más de lo que realmente es, con el objeto de interesar más a aquellos a quienes suplican. De aquí aquellas palabras: «Pero ven, impón tu mano sobre ella y vivirá». Ve aquí su confianza. Exige dos cosas de Cristo: el que vaya a su casa y el que ponga su mano, precisamente lo que el Sirio Naaman exigió del profeta ( 2Re 5). Porque necesitan ver y apreciar las cosas de una manera sensible los que sólo tienen disposiciones vulgares.
 

Remigio

Admirable e igualmente digna de imitación es la humildad y la mansedumbre del Señor, porque en seguida que fue suplicado, siguió al que le suplicó: por eso se dice: «Y levantándose le seguía». De esta manera enseña lo mismo a los súbditos que a los superiores: a los súbditos les dejó el ejemplo de la obediencia y manifestó a los superiores la solicitud y la prontitud que deben tener en la enseñanza: de suerte que deben acudir en seguida a cualquier parte donde hubiere una persona muerta en su alma.
 

Sigue: Iban con El sus discípulos.

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1

San Marcos y San Lucas dicen, que llevó consigo tres de sus discípulos, esto es, a Pedro, Santiago y Juan. A Mateo no le llevó para estimular más su deseo y a causa de la imperfección de sus disposiciones. Honra con esta distinción a aquellos, a fin de que los otros se hagan iguales a ellos y en cuanto a San Mateo, le era suficiente el haber visto la curación de la mujer que padecía el flujo de sangre, de la cual se dice: He aquí que una mujer, que padecía un flujo de sangre, se acercó por detrás y tocó la orla del vestido del Señor.
 

San Jerónimo

Esta mujer, que padecía un flujo de sangre, no se acerca al Señor ni en su casa, ni en la ciudad (porque según la ley no podía habitar en las ciudades) sino en el camino por donde pasaba el Señor, de suerte que el Señor, cuando iba a curar a una, curó también a otra.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1

Por eso no se acerca en público al Señor, porque tenía vergüenza a causa de la enfermedad que padecía y por la que ella, apoyada en la ley, se tenía por muy impura; por eso se esconde y se oculta.
 

Remigio

Debemos en esta acción alabar la humildad de la mujer, que no se acerca de frente al Señor, sino por detrás, juzgándose indigna de tocar los pies del Señor. No toca todo el vestido, sino solamente su franja, porque el vestido del Señor tenía una franja conforme con el precepto de la ley. Llevaban los fariseos en sus vestidos unas franjas, que ellos estimaban mucho, en las que colocaban unas espinas; pero las de la franja del vestido del Señor no eran para herir, sino para curar y por eso decía la mujer en su interior: «Si tan sólo tocare su vestido, quedaré curada». Admirable es su fe, porque desesperando de los médicos, en los que había gastado su capital (como dice San Marcos) comprendió que había un médico celestial, puso en El toda su esperanza y mereció ser curada según las palabras: Mas volviéndose Jesús y viéndola, dijo: «Confía, hija, tu fe te ha salvado».
 

Rábano

¿Por qué mandó que tuviera confianza aquella mujer, que si no la hubiera tenido no hubiera buscado en El la salud? Exigió de ella fuerza y perseverancia en la fe, a fin de que llegara a tener una salud segura y verdadera.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2

O bien porque la mujer era tímida, le dijo: «Confía» y la llama hija, porque con la fe se hizo hija.
 

San Jerónimo

Y no dijo: porque tu fe te ha de sanar, sino te sanó porque en el acto mismo de creer fue curada.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,1

Aun no tenía ella un conocimiento exacto acerca de Cristo, pues creía que podía permanecer oculta a sus miradas. Pero no le permitió Cristo que se escondiese, no porque El ambicionase gloria alguna, sino por varios motivos: Primeramente, calma su temor para que no le remordiera la conciencia de haber arrebatado un don; en segundo lugar, la reprende de haber querido permanecer oculta; en tercer lugar, pone su fe a la vista de todos, para que a todos sirva de estímulo. Mostrando, en fin, que sabe todas las cosas, nos da una señal de su divinidad, no menor que la que nos dio con el derramamiento de su sangre: «Y esta mujer fue curada en aquel instante».
 

Glosa

Por aquella palabra: «desde aquella hora», debe entenderse no desde aquella en que Jesús se volvió hacia la mujer, sino desde el momento en que ella tocó la franja: como expresamente dicen otros evangelistas ( Mc 5,29; Lc 8,44) y hasta de las mismas palabras del Señor se colige claramente.
 

San Hilario, in Matthaeum, 3

Debemos admirar en este acontecimiento el gran poder del Señor, puesto que, permaneciendo ese poder dentro de un cuerpo, comunica a las cosas inanimadas la virtud de sanar, hasta el extremo de comunicarse la operación divina por la franja de los vestidos. No estaba Dios limitado en el estrecho límite de un cuerpo y su unión con el cuerpo no tenía por objeto encerrar en él todo su poder, sino elevar la fragilidad de nuestra carne hasta la obra de la redención.

Se entiende en sentido místico, por el príncipe de la sinagoga a la ley, que suplica al Señor devuelva la vida al cadáver de este pueblo, a quien la misma ley había estado alimentando con la esperanza de la venida de Cristo.
 

Rábano

También representa a Moisés y se le llama Jairo, esto es, el que ilumina o es iluminado, porque él recibió las palabras de la vida eterna para trasmitírnoslas a nosotros y hacerlas brillar de esta manera en los demás, al mismo tiempo que él mismo es iluminado por el Espíritu Santo. La hija, pues, del príncipe de la sinagoga, esto es, la sinagoga, de edad de doce años, es decir, de la pubertad, está abatida por la gangrena de los errores, en el momento que está obligada a engendrar hijos para Dios. Por eso el Verbo de Dios corre hacia esta hija del príncipe para salvar a los hijos de Israel; la Iglesia santa formada por las naciones, que perdían sus fuerzas por los crímenes interiores que las corroían, consiguió salvarse por la fe que estaba preparada para otros. Es digno de notarse, que la hija del príncipe estaba en la edad de los doce años y la mujer curada del flujo de la sangre estuvo padeciendo esta enfermedad durante doce años. Así que, cuando aquella nació, principió ésta a padecer, casi al mismo tiempo en que la sinagoga nació de entre los patriarcas y las naciones extrañas comenzaron a afearse con el corrompido veneno de la idolatría. El flujo de sangre puede tomarse en dos sentidos: por la corrupción y mancha de la idolatría, o también por todas las maldades practicadas bajo el imperio del placer de la carne y de la sangre. De ahí que, cuando la sinagoga tuvo vigor, luchó la Iglesia y sus pecados fueron la causa de que pasara la salud a otras naciones ( Rom 11). La Iglesia se acerca al Señor, lo toca, cuando se aproxima a El por la fe.
 

Glosa

Creyó, dijo, tocó; porque con estas tres cosas, la fe, la palabra y la obra, se consigue la salud.
 

Rábano

Y se acercó por detrás, según aquellas palabras: «Si alguno me quiere servir, sígame» ( Jn 12,26). O bien, porque no viendo ella en la carne a la persona de Dios, llega a conocerlo después que fueron cumplidos los misterios de su Encarnación. Por eso toca la franja del vestido, figura del pueblo gentil, que no habiendo visto a Cristo en su carne, recibió sus palabras de la Encarnación. Porque el vestido representa el misterio de la Encarnación, en la que se cubrió la divinidad y las palabras que siguen a la Encarnación, representan la franja del vestido. Toca, no el vestido, sino la franja, porque no vio a Dios en la carne, sino que recibió por los Apóstoles la palabra de la Encarnación. ¡Dichoso el que toca con su fe, aun cuando no sea más que las extremidades del Verbo! No recupera la salud en la ciudad, sino en el camino por donde iba el Señor; por esta razón dijeron los Apóstoles: «porque por vuestra conducta os hacéis indignos de la vida eterna; por eso nos volvemos a los gentiles» ( Hch 13,46). Los gentiles comenzaron a gozar la salvación desde la llegada del Señor.

 

 

Glosa

A la curación de la mujer que padecía el flujo, sigue la resurrección de la niña difunta, según aquellas palabras: «Y habiendo llegado Jesús a la casa del príncipe».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2

Debemos considerar en este pasaje, lo mucho que se detiene Jesús hablando con la mujer curada, con el objeto de dar tiempo a que muriera la niña y resaltara más la señal de su resurrección. Lo mismo hizo con Lázaro, que permaneció muerto hasta el tercer día. Sigue: Y cuando vio a los flautistas y a la muchedumbre que se agolpaba, prueba evidente de la muerte.
 

San Ambrosio, in Lucam, 6,62

Según costumbre antigua solían asistir a los entierros hombres que iban tocando flautas a fin de mover al llanto.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2

Pero Cristo arrojó a todos los flautistas, e hizo entrar a los parientes de la niña, a fin de que no pudieran atribuir a causas diferentes la resurrección de la niña. Antes de la resurrección, los anima a que tengan esperanza con estas palabras: «Retiraos; porque no está muerta la niña, sino dormida».
 

Rábano

Como si dijera: Para vosotros está muerta, pero para Dios, que puede resucitarla, tanto en el cuerpo como en el espíritu, está dormida.
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2

Estas palabras, que levantaron una gran agitación en los que se hallaban presentes, demuestran lo fácil que es para Cristo el resucitar a los muertos: como sucedió con Lázaro : «Nuestro amigo Lázaro duerme» ( Jn 11,11). Nos enseñan, además, que no debemos tener miedo a la muerte. El mismo había de morir también y valiéndose de la muerte de otros hombres inspira confianza a sus discípulos y les enseña a sufrir con valor la muerte. Porque desde su venida, la muerte no es ya más que un sueño. Al oír los que se hallaban presentes este lenguaje del Señor se burlaban de El. Pero Jesús despreció esta burla, a fin de que la misma burla de los flautistas y los demás circunstantes fuera una prueba evidente de la realidad de la muerte. Muchas veces no creen los hombres en los milagros y se les convence con sus mismas contestaciones: como aconteció con Lázaro cuando dijo Jesús: «¿Dónde le pusisteis?» ( Jn 11,34), a lo que contestaron ellos: «Ven y ve cómo ya huele (porque ya han pasado cuatro días)» ( Jn 11,39). Ante esta confesión, no podían menos de creer que efectivamente estaba muerto y que resucitó a un muerto.
 

San Jerónimo

No eran dignos de presenciar el hecho misterioso de la resurrección aquellos que cubrían de oprobios y de injurias al que tales cosas hacía. Por eso se dice: «Y como hubiese echado fuera a las turbas, entró, tomó la mano de la niña y ésta resucitó».
 

San Juan Crisóstomo, homiliae in Matthaeum, hom. 31,2

El no le da una nueva vida, sino que le devuelve la misma que había perdido y la saca como de un sueño, para de este modo prepararla a que creyera (como si lo viera) en su resurrección. Y no sólo resucita a la niña, sino que, como dicen otros evangelistas, mandó que le dieran de comer, con el objeto de que vieran no era una ilusión lo que acababa de hacer. Y sigue: «Y se extendió su fama por todo el país».
 

Glosa

A fin de que no se tuviera por una ficción la grandeza y la novedad de este milagro y que su realidad se extendiera entre el público.
 

San Hilario

En sentido místico, entra el Señor en casa del príncipe (es decir, en la sinagoga), en el momento en que los cantores cantaban el himno del duelo según prevenía la ley.
 

San Jerónimo

Hasta hoy permanece en la casa del príncipe la niña difunta y los que parecen maestros, no son más que músicos de flauta que tocan composiciones fúnebres. La turba de los judíos no es la del pueblo que cree, sino la del pueblo que se agita; pero una vez que hubieren entrado todas las naciones, todo Israel conseguirá su salvación ( Rom 11).
 

San Hilario, in Matthaeum, 9

A fin de que podamos comprender que era limitado el número de los creyentes, fue arrojada toda la muchedumbre que burlándose con sus palabras y sus acciones se hizo indigna de asistir a la resurrección, a pesar de que el Señor deseó salvarla.
 

San Jerónimo

Y tomó la mano de la niña y ésta se levantó; porque no se levantará la sinagoga, que es un cadáver de los judíos, hasta que éstos no purifiquen primero sus manos, que están llenas de sangre ( Is 1).
 

San Hilario, in Matthaeum, 9

La fama que se extendió por todo aquel país, nos hace ver que Cristo fue elegido para dar la salud y publica de un modo claro sus dones y sus obras.
 

Rábano

En sentido moral, la niña difunta en su casa figura al alma muerta en sus pensamientos. Y dice el Salvador, que la niña no hace más que dormir; porque los que pecan en esta vida, aun pueden resucitar mediante la penitencia: los tocadores de flauta no hacen más que adular y ensalzar a la muerta.
 

San Gregorio Magno, Moralia, 18

Con el objeto de resucitar a la difunta, echa fuera a la muchedumbre. Porque no resucitará el alma que interiormente está muerta, si no arroja antes de lo más íntimo de su corazón la multitud de cuidados temporales.
 

Rábano

La niña es resucitada en su casa en presencia de unos cuantos testigos, el hombre joven fuera de la puerta y Lázaro delante de mucha gente; porque el que falta públicamente necesita dar una reparación pública y al que comete una falta ligera, se le puede borrar con una penitencia suave y oculta.

 

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