La fe en Jesús resucitado

Este tercer domingo de Pascua, 14 de abril, el Evangelio trata de la aparición de Jesús a los  discípulos una vez resucitado y lo que les cuesta creerlo, porque la apariencia de Jesús resucitado no es como cuando vivía entre ellos, terrenalmente, de modo que le tomaban por un fantasma, y porque es tan hermosa la noticia de la resurrección que desborda lo imaginable y porque no entendían bien las Escrituras en cuanto a lo referente al Mesías. Todo lo cual es en realidad una falta de fe; pero Jesús se la va a proporcionar, abriéndoles los ojos y compartiendo su pan eucarístico.

Los dos discípulos de Emaús, decepcionados tras la muerte de Jesús, pierden la fe imperfecta que tenían puesta en Jesús como el rey liberador del pueblo de Israel, y abandonan Jerusalén, donde se encontraban los apóstoles, también en proceso de abandono y de retorno a su vida anterior. Estos dos discípulos, pues, se marcharon de Jerusalén, que representa a la Iglesia, la abandonan al ver frustrada la confianza que tenía en su Cabeza y fundador.

En este camino de retorno al pasado, a su vida anterior, van hablando de lo que ocurrió esos tres días anteriores respecto a Jesús, y lo comentan como algo distante de ellos, como si nos les implicara ya. Entonces les sale al encuentro el Señor, y les predica las Escrituras, explicándoselas, y ellos, sin ser conscientes plenamente, ni de inmediato lo que sienten y les pasa interiormente, será después que el calor ardiente de sus corazones ante aquellas palabras cuando comprenderán todo. Algo así como ocurre al despertar a la fe ante la predicación o enseñanza o lectura de la Palabra de Dios, que produce un no sé qué interior, un tirón, del que a veces, en principio, no se es consciente, pero que queda flotando en el alma, hasta que si se acoge irrumpe con fuerza la virtud de la fe.

Jesús les achacaba la necedad y la dureza de corazón para entender lo que decían las Escrituras respecto a Él. Algo que nos ocurre a nosotros, y muy especialmente a la gente de estos tiempos, cuya mentalidad racionalista, pragmática, relativista y mundana impide abrirse al misterio que propone y dispensa la fe.

Jesús al final les abre los ojos, al partir el pan, al repartir y darle a comer su cuerpo, al entrar en comunión con Él, es cuando definitivamente acceden por gracia a la fe y a verle y reconocerle como resucitado. Cuando uno descubre el amor de Dios, que se rompe y reparte generosamente, por pura misericordia para que los seres humanos tengan vida, es cuando se entra en comunión con su Cuerpo. Entonces, los dos discípulos, dichosos, sin poder contener la alegría, retornan a Jerusalén; entran -en comunión- en la Iglesia, donde están los apóstoles depositarios y custodios de la fe.  

Lectura del santo evangelio según san Lucas (24,35-48):

En aquel tiempo, contaban los discípulos lo que les había pasado por el camino y cómo habían reconocido a Jesús al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando se presenta Jesús en medio de ellos y les dice: «Paz a vosotros.»
Llenos de miedo por la sorpresa, creían ver un fantasma.
Él les dijo: «¿Por qué os alarmáis?, ¿por qué surgen dudas en vuestro interior? Mirad mis manos y mis pies: soy yo en persona. Palpadme y daos cuenta de que un fantasma no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo.»
Dicho esto, les mostró las manos y los pies.
Y como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo: «¿Tenéis ahí algo que comer?»
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo: «Esto es lo que os decía mientras estaba con vosotros: que todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse.»
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
Y añadió: «Así estaba escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día, y en su nombre se predicará la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Vosotros sois testigos de esto.»


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PALABRAS PAPA FRANCISCO

(Regina Caeli, 18 de abril de 2021)

En este tercer domingo de Pascua, volvemos a Jerusalén, al Cenáculo, como guiados por los dos discípulos de Emaús, que habían escuchado con gran emoción las palabras de Jesús en el camino y luego lo reconocieron «al partir el pan» (Lc 24,35). Ahora, en el Cenáculo, Cristo resucitado se presenta en medio del grupo de discípulos y los saluda: «¡La paz con vosotros!» (v. 36). Pero estaban asustados y creían «ver un espíritu (fantasma)», así dice el Evangelio (v. 37). Entonces Jesús les muestra las llagas de su cuerpo y dice: «Mirad mis manos y mis pies —las llagas—; soy yo mismo. Palpadme» (v. 39). Y para convencerlos, les pide comida y la come ante su mirada atónita (cf. vv. 41-42).

Hay un detalle aquí en esta descripción. El Evangelio dice que los apóstoles “por la gran alegría no acababan de creerlo”. Tal era la alegría que tenían que no podían creer que fuera verdad. Y un segundo detalle: estaban atónitos, asombrados, asombrados porque el encuentro con Dios siempre te lleva al asombro: va más allá del entusiasmo, más allá de la alegría, es otra experiencia. Y estos estaban alegres, pero una alegría que les hacía pensar: pero no, ¡esto no puede ser verdad!…. Es el asombro de la presencia de Dios. No olvidéis este estado de ánimo, que es tan hermoso.

Este pasaje evangélico se caracteriza por tres verbos muy concretos, que en cierto sentido reflejan nuestra vida personal y comunitaria: mirar, tocar y comer. Tres acciones que pueden dar la alegría de un verdadero encuentro con Jesús vivo.

Mirar. “Mirad mis manos y mis pies” —dice Jesús. Mirar no es solo ver, es más, también implica intención, voluntad. Por eso es uno de los verbos del amor. La madre y el padre miran a su hijo, los enamorados se miran recíprocamente; el buen médico mira atentamente al paciente… Mirar es un primer paso contra la indiferencia, contra la tentación de volver la cara hacia otro lado ante las dificultades y sufrimientos ajenos. Mirar. Y yo, ¿veo o miro a Jesús?

El segundo verbo es tocar. Al invitar a los discípulos a palparle, para que constaten que no es un espíritu —¡palpadme! —, Jesús les indica a ellos y a nosotros que la relación con él y con nuestros hermanos no puede ser “a distancia”, no existe un cristianismo a distancia, no existe un cristianismo solo a nivel de la mirada. El amor pide mirar y también pide cercanía, pide el contacto, compartir la vida. El buen samaritano no solo miró al hombre que encontró medio muerto en el camino: se detuvo, se inclinó, curó sus heridas, lo tocó, lo subió a su montura y lo llevó a la posada. Y lo mismo ocurre con Jesús: amarlo significa entrar en una comunión de vida, una comunión con él.

Y pasamos al tercer verbo, comer, que expresa bien nuestra humanidad en su indigencia más natural, es decir, la necesidad de nutrirnos para vivir. Pero comer, cuando lo hacemos juntos, en familia o con amigos, también se convierte en expresión de amor, expresión de comunión, de fiesta… ¡Cuántas veces los Evangelios nos muestran a Jesús que vive esta dimensión convival! Incluso como Resucitado, con sus discípulos. Hasta el punto de que el banquete eucarístico se ha convertido en el signo emblemático de la comunidad cristiana. Comer juntos el cuerpo de Cristo: este es el centro de la vida cristiana.

Hermanos y hermanas, este pasaje del Evangelio nos dice que Jesús no es un “espíritu”, sino una Persona viva; que Jesús cuando se acerca a nosotros nos llena de alegría, hasta el punto de no creer, y nos deja asombrados, con ese asombro que solo da la presencia de Dios, porque Jesús es una Persona viva. Ser cristianos no es ante todo una doctrina o un ideal moral, es una relación viva con él, con el Señor Resucitado: lo miramos, lo tocamos, nos alimentamos de él y, transformados por su amor, miramos, tocamos y nutrimos a los demás como hermanos y hermanas. Que la Virgen María nos ayude a vivir esta experiencia de gracia.

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