La dignidad en la pobreza

pixabay

*****

           Un día un pobre asiduo de una Iglesia cogió las monedas que los feligreses despistaban a pies de la Virgen, a cambio de encender unas velitas.

               Yo, que era el cura párroco, al día siguiente al enterarme, en cuanto vi al mendigo le espeté indignado:

               —Eres un canalla, ¿cómo te has atrevido a robar a Dios el dinero dado a su Madre? No tienes perdón…

               —Señor cura, verá usted, como el domingo usted mismo dijo que «Dios quiere el hombre viva…» Y mire, tengo una amiga pobre que está muy enferma y necesita medicinas…

               Vino la policía y se lo llevo.

             A los pocos días, otro pobre apareció por la parroquia preguntando por aquél.

             —Ana, ha muerto y mañana la entierran —me dijo—. Hace días que no le veo, padre. 

           Le informe que estaba en comisaria. Y le pregunté si Ana era algún pariente suyo.

               —Era su novia. La pobre estaba muy enferma…

                Enseguida comprendí como una punzada lo que había pasado.

           Y Dios me dijo en la conciencia: «En verdad, en verdad te digo, este pobre hombre el único que entiende mi palabra, la que tu predicas, y que ni tú comprendes”. 

…..

                       

           Es conocida la anécdota[1] de Molière —el más universal y humano de los clásicos franceses— con un mendigo a quien un día le dio un luis de limosna.

           El pordiosero, creyendo que tan espléndida caridad era hija de un error, corrió tras Molière para devolverle la moneda. El autor de «Tartufo» quedó muy sorprendido ante la probidad del menesteroso, aumentó la limosna en otro tanto y se alejó comentando:

            —¡Donde ha ido a anidar la virtud! 

*****

 

[1] VEGA, V., Diccionario ilustrado de anécdotas, Ed. Gustavo Gili, 3ª ed., Barcelona, 1965, p.846.

ACTUALIDAD CATÓLICA

 


Descubre más desde ACTUALIDAD CATOLICA

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.